domingo, 5 de enero de 2014

Hoy, mañana

Se me rajaron las sábanas y ya no tienen vuelta. Tenían hoyos leves el año pasado que de un momento a otro se volvieron amplios y, cosa de tiempo, imposibles de sanar. Así que me compré otro juego, de otro color, nuevas, sin ningún rasguño. También compré una cortina para la ducha y un coso para pisar cuando uno sale de ducharse. Igual, pero un par de días atrás, un montón de ollas y sartenes. Y así. La casa agarra forma: armónica, linda a su manera y pasajera. Posiblemente saber que todo lo nuevo se va a gastar y terminar en la basura es lo que más me gusta. Más que la tabla para picar y los cuchillos nuevos. Y no se por qué, o quizás lo se y me da igual darle vueltas a ese tema.
Hay días en que tengo conciencia hasta cuando empieza la tarde. Después me desvanezco, todo se nubla y despierto al día siguiente en mi cama. Hago memoria y sólo tengo imágenes sueltas: caminando en el campo, cayéndome sobre una bicicleta, mirando el cielo de la ciudad y quejándome de la ausencia de constelaciones. Me duele el cuerpo y tengo heridas, pero me siento bien y le agarro cariño a la falta de memoria.

Otros días me mantengo conciente y siento el deseo de leer La montaña mágica. Agarro un libro y me tiro a caminar por la ciudad. Miro las motos en las tiendas buena onda y saco la cuenta de lo que me falta para tener una. Después pienso en el ascenso. En el camino a San Fabián, en las montañas que se sugieren hacia el horizonte y los ríos perdidos en que vamos a bañarnos.

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