viernes, 28 de noviembre de 2025

Comida de varios tiempos

Tiempo 1
Estuve levantando fierros. Alguna vez tuve la costumbre y a veces siento que estoy cerca de recuperarla. No había almorzado más que un poco de maní y se podía percibir, al menos en mi cosmografía interna. Tendía a desmayarme. En un relato paralelo, lejano a la realidad, mi cuerpo yace rendido en una máquina ajustada con un peso poco exigente: algunos niños brócoli me sacan fotografías al tiempo que se burlan sin llegar a pensar en darme una mano.
Hace un rato que espero tu respuesta.


Tiempo 2
Camino por la ciudad porque tenemos picaduras en el cuerpo. Una cosa ha llevado a la otra. En la mañana fue evidente esta marca en mi brazo y en un mensaje que yo pensaba coqueto me descubriste que también había una en tu hombro. Tu bello, hermoso hombro.
La tarde ha estado calurosa.
No le he atinado con las tenidas esta semana. Cuando hizo frío anduve desabrigado. Y lleno de ropa abordo el calor.
Me quito la chaqueta y camino por la ciudad, en busca de una pipeta, porque mi sospecha es que estas picaduras se han originado por pulgas traídas hasta nuestro lecho por el aventurero. El Magallanes de los gatos.


Tiempo 3
Si afuera hacía calor dentro de la librería la cosa se ha vuelto infernal. Tienen un aire acondicionado de gran volumen que nadie se anima a encender. No entiendo cómo se nos ha educado que llegamos a considerar el bienestar económico de nuestros empleadores por sobre la comodidad y frescura del pobre diablo que deambula entre las ofertas del mes en busca de algo que se ajuste a un presupuesto que sin ser escuálido no se puede permitir ciertos lujos, como la nueva novela de Paul Murray a unos ridículos treinta y dos mil pesos.
Buscaba, valga decirlo, una novela inglesa que se pudiera considerar clásica. Esto se enmarca en nuestras lecturas de preparación. Me preguntaste que llevé.


Tiempo 4
Esperando la micro te mandé un audio contándote que había comprado La guerra de los mundos luego de descartar una edición de treinta y cinco mil pesos de Robinson Crusoe, que de seguro estaba impresa con tinta de oro.
La verdad es que no me gusta mi voz. Tampoco el ritmo que adquieren algunos de mis audios. Las pausas. Incluso escribirlo es doloroso.
Tomo una de esas modernas micros eléctricas y me como terrible de taco.
Las vueltas lentejas me llevarán a ti.
He terminado de leer el de los niños. Pienso que tal vez algo faltó.


Tiempo 5
Voy cruzando la calle y te veo aparecer.
Han pasado unos camiones que hicieron temblar la tierra, pero yo floto a tu encuentro.
Todo lo que pasó antes parece un recuerdo lejano. La sombra de un sueño.
Ahí estás tú: ambrosía.
Nos contamos algunas historias y damos una vuelta por el súper. Esperamos tomando un café en nuestro pequeño búnker al paso.
El cielo se ha vuelto oscuro y alguien nos lleva a una mesa que ya conocemos. Comienza un desfile de platos. Algunas preparaciones innovadoras, llenas de sabor. Algo impresionante, pero qué te voy a decir, si antes de que picaran la piña yo ya había probado el mejor plato de todos.

domingo, 24 de marzo de 2024

Recuento de algunos sueños

 

Anoche tuve tres sueños. No tengo tanta claridad sobre el orden de estos.

En uno, el más relevante a mi parecer, yo era parte de una especie de secta cristiana. Mi posición era de total sumisión e inferioridad respecto al resto de la comunidad. Algo así como un gusano pero con cuerpo de humano. Mi cuerpo. Y vestía ropas harapientas. Un poco más que las que uso habitualmente. Deambulaba por el lugar. Un espacio amplio en medio del bosque, rodeado por altas paredes que emulaban una estructura medieval. En el centro había una catedral que a pesar de su tamaño normal era imponente. Las casas a su alrededor eran pocas. Todas muy pulcras. Yo seguramente vivía en una bodega con piso de tierra, pues, repito, estaba en la parte más insignificante de la escala social.

Entonces pasaba que entraba en la catedral. Se celebraba una ceremonia que reunió a una multitud. Muchas sino todas las personas de la comunidad habían asistido. Reconocía sus ropajes, las vestimentas tradicionales, tan distantes a la mugre que cubría mi persona. Me sentía aplastado. Algunos símbolos cristianos y colores fáciles de reconocer. Entonces uno de esos personajes me hacía un gesto y yo entendía que tenía que participar. Tenía una vela a mi alcance y sabía lo que debía hacer, pero no quería. Pronto la multitud dirigía su mirada juiciosa hacia mí y me sentía presionado a obrar, por lo que terminaba cediendo y llevaba la vela a mi barba, casi convencido de que era lo correcto. Lo que debía hacer. Entonces cuando esta se empezaba a quemar y se me hacía complicado atenuar las llamas, me empezaba a preocupar y mi alarma pronto se convertía en movimiento. Agitaba los brazos y empezaba a correr por el lugar. Alteraba el orden. Supongo que mi incineración era lo previsto y que cualquier resistencia que opusiera, por tanto, era al menos cuestionable. Las miradas juiciosas se repetían. Y se multiplicaban cuando tomaba un cáliz y desparramaba el vino sobre mi barba. Ahí algo decía. Gritaba, tal vez. Transmitía mi malestar con toda la violencia verbal que permitía mi limitado vocabulario. Y huía.

Salía de la catedral y me echaba a correr. Saltaba el muro y pronto me encontraba corriendo a toda velocidad por el bosque, con el miedo constante de ser alcanzado. Esta fue la mejor parte del sueño. Adrenalina pura. El sendero se volvía angosto. Los árboles espesos. Todo se sucedía a máxima velocidad. La distancia recorrida se contaba en kilómetros y el tiempo se estiraba y yo era incapaz de medirlo.

Pronto me encontraba en una ciudad y seguía corriendo. El espacio había cambiado. Una ciudad tercermundista y moderna. Los márgenes de Concepción, Santiago o Temuco. Calles sucias, olor a rancio. Una sensación de constante peligro. Había bajado mi ritmo. Caminaba mientras observaba. Buscaba un callejón. Un lugar donde estar. Un par de vagos reconocieron algo extraño en mí y comenzaron a seguirme. Supuse que me querían asaltar. En algún callejón roñoso los encaré. Noté que uno se había perdido en el camino, pero el otro, escuálido, me miraba con sorpresa. Lo miré con una expresión agresiva y ahí terminó el sueño.

En otro sueño iba al circo. Estaba acompañado de varias personas de realidades distintas. Gente que no se conoce entre sí pero que en el sueño compartían como si fueran amigos de toda la vida y me acompañaban en el inicio del show. Entonces, no sé cómo, de repente me encontraba en el escenario con una ilusionista que explicaba lo arduo que sería realizar un truco con una argolla y un gancho. Yo tenía el gancho en la mano. La argolla estaba en el suelo de tierra, cubierta con algunas piedras. La ilusionista era sospechosamente parecida a una mujer que conozco hace algunos años. Lo que yo entendía es que me utilizaba para ejemplificar el valor de lo que ella, tras mis intentos fallidos, terminaría haciendo. Pero resultó que en mi primer intento lograba enganchar la argolla y levantarla, para el asombro de la ilusionista y las risas del público. Yo incluido. Y de ahí a lo siguiente no había transición. En un tris me encontraba caminando por una feria de variedades y riéndome de la situación, acompañado de los que fueron y los que son.

Del otro no guardo ningún recuerdo.