Se
me rajaron las sábanas y ya no tienen vuelta. Tenían hoyos leves el año pasado
que de un momento a otro se volvieron amplios y, cosa de tiempo, imposibles de
sanar. Así que me compré otro juego, de otro color, nuevas, sin ningún rasguño.
También compré una cortina para la ducha y un coso para pisar cuando uno sale
de ducharse. Igual, pero un par de días atrás, un montón de ollas y sartenes. Y
así. La casa agarra forma: armónica, linda a su manera y pasajera. Posiblemente
saber que todo lo nuevo se va a gastar y terminar en la basura es lo que más me
gusta. Más que la tabla para picar y los cuchillos nuevos. Y no se por qué, o
quizás lo se y me da igual darle vueltas a ese tema.
Hay
días en que tengo conciencia hasta cuando empieza la tarde. Después me desvanezco,
todo se nubla y despierto al día siguiente en mi cama. Hago memoria y sólo
tengo imágenes sueltas: caminando en el campo, cayéndome sobre una bicicleta,
mirando el cielo de la ciudad y quejándome de la ausencia de constelaciones. Me
duele el cuerpo y tengo heridas, pero me siento bien y le agarro cariño a la
falta de memoria.
Otros
días me mantengo conciente y siento el deseo de leer La montaña mágica. Agarro
un libro y me tiro a caminar por la ciudad. Miro las motos en las tiendas buena
onda y saco la cuenta de lo que me falta para tener una. Después pienso en el
ascenso. En el camino a San Fabián, en las montañas que se sugieren hacia el
horizonte y los ríos perdidos en que vamos a bañarnos.
Este me gustó.
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