De
alguna forma nos hemos estado moviendo todo este tiempo en un espacio diminuto
y, cosa del azar, no hemos topado
en ninguna de las esquinas donde nos gusta detenernos a mirar las casas quemándose.
O los vidrios rompiéndose
escuché
una canción y la letra estaba en inglés, hablaba del fin del mundo, de la constante
que es el formato de la ciudad como única vía para perpetuar la inocencia
humana
puede
que la hayas escuchado antes. La canción tiene como dos años, puede que más.
Alguna vez ha de haber sonado en la radio.
Estos
últimos días he escuchado radio. Hay situaciones que escapan a mi control.
Escuché un tema de los Pet Shop Boys y varios de Radiohead.
Escuché
un tema de los Beatles
como
las veces que me acerco a tu espalda y siento como la respiración te vuelve más
humana que nunca. Los rumores cálidos del invierno bajo techo.
También
he escrito, y eso es más importante que todo lo escuchado. Y he leído. Entonces no se qué vale más,
porque
he dejado un montón de textos a la mitad y me están persiguiendo por la noche:
las palabras a medio terminar, los personajes varados en el tiempo, las manos
que gotean sangre y nunca paran, aun cuando la poza deja de serlo y una mancha
negra marca el espacio que habitó un cuerpo en descomposición.
Un
día nos vimos con una mujer que iba en bicicleta. Ella andaba de blanco y yo de
azul o algo así. La bicicleta no.
Después
ella avanzó, hizo un 360, un flip flap y me volvió a mirar, buscando tras su
espalda lo que iba quedando de mi,
pero
yo había cruzado sin mirar y me salvé por un pelo de caerme a un hoyo
uno
profundo, negro, fatal, glorioso
el
hoyo de sus ojos, el enmarcado en blanco invierno a 25 grados. Con las calles aún
húmedas. La ciudad se resiste a la moda. Le da lo mismo todo. No le importa
quedarse fuera de la fiesta, llueve y nubla cuando quiere.
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