A
mediados del siglo veinte un director dijo que adaptar una novela como Los
hermanos Karamazov al cine era una empresa cercana a lo imposible y que la
única forma de fracasar menos era produciendo una película que durara como
mínimo cinco o seis horas, de cualquier otro modo que se hiciera, el producto
resultante no sería más que una ofensa al texto original. Fue en 1950 o quizás
en 1960, si es que no en algún punto cercano a 1970 o 1940. Del nombre del
director tampoco tengo mucha certeza, aun sabiendo que es reconocido y
posiblemente uno de los puntos altos de la cinematografía de su época. Se eso,
tengo la sensación en la memoria, un par de escenas de sus películas, el
argumento de la más importante, pero no puedo recuperar el nombre, pues así
como la fecha exacta se me ha escapado y antes de errar prefiero callar.
Entonces aquí podría ser un buen punto para terminar la conferencia, pero no hay
necesidad de ser radical en un día como hoy, pues lo que nos convoca, más
allá de la actualización del contenido y de la sana conversación, es esta otra
novela de la que tanto se ha dicho y tan poco se ha concluido, y para trabajar
con ella es mejor bajar la velocidad y tomar cada palabra con el cuidado, la
dedicación, que se merecen.
No
quisimos quedarnos a toda la charla, preferimos salir cuando bajaron las luces
y caminar por el campus. Encontramos un claro junto a una especie de pileta que
parecía fuera de lugar pero que, puede que por lo mismo, nos hacía sentir más
cómodos e incluso seguros. Igualmente pensamos, antes de que comenzara a
parlotear sobre como su racionalidad sometía las emociones al abordar el texto,
que sentarnos a escuchar a un tipo que hablaba nuestra lengua nos haría sentir
más cerca de casa o al menos nos quitaría la ilusión constante de diferencia
que nos asolaba al constatar, día tras día, lo inaccesible que se nos volvía el
idioma de acá. Pero no pasó y aun cuando unos tipos, varios asientos por
delante de nosotros, hablaban español igual –e imaginamos que varios más de los
que estaban en el auditorio debían tener algún manejo del idioma y no se
encontraban ahí sólo por cumplir o plantar cara ante los académicos- seguíamos
sintiendo que no era nuestro ni el lugar ni el momento.
Del
fondo de la pileta asomaban unas monedas. Ella las tomó y me mostró,
empuñándolas, el botín, y sonreía y al sonreír se le veían un montón de
dientes. Las contó y fuimos a comprar un jugo. Seguimos caminando y pensamos
–también lo dijimos, lo discutimos y lo dijimos- que estudiar ahí de seguro era
más agradable que hacerlo en el edificio de nuestra universidad. Le sugerí que
viniéramos un fin de semana dentro del próximo mes, en bicicleta, para
aprovechar las últimas curvas del otoño, antes que la recta descendiente del
invierno cubriera todo de nieve. Aceptó la propuesta.
Ella
había postulado un artículo para el congreso pero no se lo aceptaron. De haber
quedado seleccionado posiblemente en este momento estaría exponiendo con el
tipo de Los hermanos Karamazov, y entonces ahí si hubiera estado más
interesante la cosa. En su artículo postulaba que esta novela era la Gran
novela de Dictadura, con mayúsculas incluidas. Aseguraba que, tras tantos años
de espera había aparecido la novela que cubría todas las necesidades que otros
textos trabajaron meramente y se ubicaba, sin preguntarle a nadie, en el sitial
selecto que por siempre, desde 1973 en adelante, estuvo helado y vacío. Hasta
que un día publicaron la novela y años más tarde se comenzó a leer y décadas
después se comenzó a estudiar y valorar. Para ella esta era la novela de la
dictadura y no había nadie que le quitara esto de la cabeza. Yo compartía la
visión, no así muchos académicos –entre los cuáles se pueden contar tres o
cuatro que comparten sillón en la organización del congreso- que preferían
verla como una novela fragmentaria, posmoderna y cuyos temas, aun cuando
cubrían la problemática de la dictadura, iban más allá. Qué chucha no puedes
decir que es posmoderna –alegaba ella-, es como que te escupieran un pollo con
sangre directo en el ojo después de haberte pateado en el suelo, ándate a la
mierda. Frases así, que terminé escuchando sólo yo, condenaban el juicio a su
visión y la negación del espacio, de los pocos minutos que esperaba, en tal
evento. Sus palabras evidenciaban frustración y cierto dolor por; uno: la
obsesión en continuar con la interpretación anquilosada, que se agarra con
fuerza a la conceptualización posmoderna como los cabritos se aferran a los
íconos de la muerte; dos: al no exponer no podría obtener una certificación que
le serviría un montón para justificar la beca, que dicho sea de paso estaba a
punto de perder por no demostrar la suficiente producción de material. Entonces
yo le pasaba el brazo por la espalda y llegaba a su hombro, lo cubría con mi
mano y acercaba su cuerpo al mío. Ella bajaba su cabeza y cerraba los ojos, se
apoyaba en mi pecho y murmuraba, soltaba groserías y terminaba apretándome los
brazos. Dijo:
El
fin de semana preparé legumbres. Fui al mercado en la mañana y compré todo lo
que la receta indicaba, que no era poco y, sorpresa para mi, no resultó tan
caro como podría esperarse. Hacía mucho que no cocinaba con tal dedicación, por
cosa de tiempo y tedio. Ese día, domingo, el sol tenía su espacio en la cocina:
corrí las cortinas y por el espacio delicado que ofrecía se colaba la luz,
rebotaba en el lavaplatos, en la losa aun húmeda y terminaba ocupando los espacios
necesarios de la habitación para volverla agradable, apta para ser habitada. Me
esmeré, tomé el tiempo que fuera necesario y cuando el plato estuvo listo lo
probé con la cuchara de palo que dejaste en mi casa. Estaba delicioso. Invité a
una vecina a comer y coincidió conmigo, dijo que no imaginaba que yo pudiera
cocinar algo tan bueno y no supe si tomármelo para bien o para mal. Comimos en
el patio y luego nos quedamos buena parte de la tarde reposando, mirando cómo
el viento mecía las ramas de los árboles que ocupaban las casas vecinas.
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