domingo, 15 de diciembre de 2013

Asimétrico

La memoria no acompaña a nadie por estos días. Él nunca recuerda nada práctico: pierde las tarjetas, los teléfonos, el dinero. Trata que sus pasos sean tan leves que nadie de vuelta la cabeza para mirar por donde pasa. Sobretodo cuando busca lo que ha perdido. El viento está fuerte, levanta el polvo de la vereda, acarrea arena desde la playa y cubre los elementos mínimos de la ciudad.
Claro, el hombre tiene mala memoria, se le pierden las cosas y vive en un estado constante de abandono. Pero entre tanto comportamiento ridículo guarda algo de honestidad hacia el tiempo, entiende de qué se habla cuando se habla de reversibilidad y, más por un gesto suicida de compromiso consigo mismo que por una cuestión moral, trata de ser justo. Ese es el motivo de su fracaso. Cuando le preguntan por qué tiene las piernas rotas emite un discurso diminuto y lleno de groserías sobre la inexistencia de la justicia en este mundo. Pocas palabras, varios gestos. Al final cierra la puerta y se vuelve a acostar.

Cuando conocí al autor de Los vidrios negros le pregunté por este fragmento que, para mí, era la piedra angular del último capítulo de la novela y conectaba fielmente con el espíritu de su último texto. Le conté que mi compañero había escrito un artículo sobre esto y que varias de sus ideas coincidían con las que yo mantenía sobre esta parte de su primera novela y el todo de la última. Expuse durante un largo rato de qué iba el escrito de mi amigo, en algún momento le dije que estaba en línea y no me di cuenta cómo pero terminé anotándole en una libreta la dirección donde podría descargarlo. Él se tomaba la barba con los dedos –delgados, llenos de manchas- y fingía estar interesado. Me dijo que sería bueno si nos sentásemos en alguna parte, que le dolía la espalda y se le estaban empezando a cansar las piernas. Lo invité a tomar algo y rechazó cortésmente cualquier trago, pidió un vaso con agua.
Habló poco. No le interesaba si la gente escribía sobre él o sus novelas. Se sentía bien de estar en Concepción, era una ciudad que le agradaba. Si tenía que morir en Chile, decía, estaría bien hacerlo por acá, porque nunca hace tanto calor ni tanto frío. Había mucho en él y yo quería obtener todo lo que pudiera de su destruida existencia: era una biblioteca en llamas, llena de tomos antiguos, de primeras ediciones y testamentos apócrifos. Pero era reservado. Llegar a ese punto, de encontrarnos y sentarnos a conversar, ya había sido un hito; ahora, conseguir que me contara algo más -aparte de cómo se siente cuando los días son soleados a las tres y lluviosos a las cinco- se veía complejo, parecía una misión para la que no estaba preparado porque, enfrentémoslo, el viejo era una máquina y yo un cabro que por más títulos no tenía ni un cuarto de la sangre que él. Así que hablamos del clima, de las diferencias entre la lluvia de Concepción y la de Valdivia, del calor amateur de San Pedro y el horno infernal que es Chillán. Me contó que en un momento de la vida tuvo familia en Pinto, unas tías en segundo grado, quizá tercero, pero posiblemente ya estuvieran muertas y sus hijos, esto era más seguro aun, habrían vendido el terreno. Deslizó el deseo que mantenía por tener su propia tierra y armar una cabaña piolita. Luego dio a entender que en un momento tuvo su casa. Su casa y todo lo que hay dentro de una casa. Yo pensé en muebles y espejos, en cortinas y un refrigerador. No profundizamos en el tema.
Me gusta escuchar la conversación que tuvimos. En una sola ocasión habló de su novela y fue para negar todo lo que la rodeara y, casi violento, pedirme que no tocáramos el tema. Puse la grabadora sobre la mesa y me hizo una señal para que procediera. Estuvimos casi dos horas esa tarde. A los tres días hablamos por tres horas en un restorán de comida peruana. Casi ni tocó su plato. Luego nos juntamos a la semana, por última vez. Hablamos un poco más de hora y media. Le conté que ya debía volver. Insistí en lo honrado que me sentía de haber compartido con él estos momentos y le anticipé qué pensaba hacer con todo lo hablado: habría más de seis horas de conversación –donde no más de siete minutos hablaba de su obra- que perfectamente podrían armar un texto. No quiso saber nada del asunto. Tomándome del brazo me indicó que si alguna vez veía un libro de tales características él mismo iría con una escopeta hasta mi casa y antes de volarme la cabeza se la volaría a mi gato y a un par de vecinas, por gusto y simetría. Riéndose dijo que no era broma, que lo mejor para mi, mi supuesto gato y mis vecinas, era guardar esas grabaciones.

En ese tiempo era un cabro y no entendí casi nada de lo que pasó. Ahora, con el peso de la perspectiva, siento una pena tremenda cuando escucho su voz, contándome anécdotas que posiblemente eran puras mentiras, y el sonido de los cubiertos atacando los platos en las mesas contiguas, la música de fondo, las voces casi fantasmales de las meseras y mi tarada risa juvenil. Trato de llegar a alguna conclusión de qué fue lo que pasó con Los vidrios negros. Le preguntó a mi amigo de qué se trata la novela, como si nunca la hubiera leído. Piensa que no se nada sobre ella y cuéntame de qué se trata. Mi amigo esboza un par de ideas, describe a los personajes principales y se explaya en el tema central, en el contenido, trasluciendo la historia y dejando escapar juicios y apreciaciones sobre el valor del texto, tanto a nivel personal como a nivel literario. Culmina y asegura que de eso se trata Los vidrios negros. Yo pienso que se trata de algo similar. Los críticos coinciden en muchos aspectos, y cada uno, según su rollo, le agrega otras variables que nunca se alejan mucho del punto central. Es casi trágico pensar la posibilidad de que nadie entiende la novela, que cuesta un montón llegar a un punto de humildad donde uno acepte su incapacidad para abarcar este texto. Es trágico por nosotros, los lectores, y más por él, su autor, que tras su rostro golpeado, su pelo cano y sus pasos cortos, soporta el secreto más transparente e inasible de todos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario