Blanco
había pasado los últimos cuatro años escribiendo una novela y yo nunca lo noté.
Me enteré hace unos días, cuando apareció un tipo de Chilexpress en la puerta y
me entregó una encomienda que remitía B. Me sorprendí. La novela se llamaba Los
vidrios negros y la firmaba B, al revisar la solapa los datos biográficos
coincidían con los suyos y eso alejaba cualquier duda ante la falta de imagen
que hiciera más evidente todo. Durante la noche comencé a leerla. Busqué a Blanco
en el facebook pero no estaba. Le pregunté a las mujeres y nadie sabía mucho.
Pensé en insistir, pero pareció inútil e innecesario.
Cuando
al final me conseguí su correo le pregunté en qué momento había escrito
semejante brutalidad. Me comentó que empezó en Agosto del 2008, un día que se había
despertado temprano sin ninguna razón aparente. Salió a pasear por el centro,
llegó hasta la diagonal y paró en un quiosco a comprarse un paquete de ramitas.
Se sentó en una banca de la plaza y se quedó mirando a la gente que corría a su
trabajo, comió sus ramitas y después se volvió a poner los guantes. A la hora
de almuerzo volvió a la casa. Yo estaba calentando unos tallarines que habían
quedado del día anterior –Blanco recuerda todo lo que pasó ese día
perfectamente, según él podría, si estuviera dentro de sus capacidades,
reproducir fielmente el sabor de los tallarines recalentados-. Mientras
comíamos me contó que madrugó, que estuvo en el centro y casi vomitó, pero que
ya se sentía bien. Me dijo que había visto a un tipo limpiando las ventanas de
su departamento, sacando la mitad del cuerpo por otra ventana y estirando los
brazos, tratando de alcanzar en toda su extensión las ventanas colindantes.
Blanco dijo que vio eso y pensó que el tipo se iba a caer, que no faltaría
el cabrito que mirara con la esperanza que al tipo se le
reventaran los sesos -pero nunca cayó-. Lo perturbó la imagen y estuvo toda la
mañana pensando en qué había ahí que lo movía de tal forma. Por la noche Blanco
siguió pensando en eso y yo lo tuve en consideración levemente. Con los días el
pensamiento de B empezó a tomar forma y para cuando se podían contar varias
semanas desde el suceso la novela había partido y yo ya había olvidado por
completo el tema.
Le
pregunté a las mujeres si sabían que Blanco había escrito una novela, ninguna
sabía y una pensaba que B se había muerto. En alguna fiesta escuchó que lo
había atropellado un camión en el norte. Hablamos un rato y después reconsideró
el asunto. Aceptó la posibilidad del error y apuntó a la poca relevancia de B
en su vida como para haberse preocupado más sobre si vivía o no.
Buscando,
hurgando, encontré un par de críticas a la novela. En un diario electrónico la
catalogaban como experimental, interesante y atrevida. Un blog firmado por
María Navaja le dedicaba un texto larguísimo en que comentaba que el mayor
logro de Blanco era construir una novela del porte de un edificio pero que se
escondía tan bien que al final, aun ante lo evidente que era a la vista de
cualquiera, pasaba desapercibida. Al final de su columna insistía en la idea y
cerraba el texto diciendo que posiblemente Los vidrios negros era, y sería, el
secreto mejor guardado de la literatura chilena. Una última crítica, de un
diario conocido, identificaba la novela como un proyecto ambicioso, inabarcable
para el autor, fallido e inoportuno.
A
los meses de terminar la lectura, con los ojos aun tibios, recibí un correo de
B. Me contaba que se había ido a Iquique. Estuvo unos días, por un congreso. En
el terminal decidió quedarse una semana más. Visitó la playa y se compró
zapatillas. Hacía mucho que no practicaba ninguna clase de deporte y, según
decía, el aire marino le trajo renovados ánimos, por lo que se encomendó y dejó
que saliera lo mejor posible todo. Se quedó más tiempo, meses, y conoció a
Estrella, quien lo ayudó a terminar y publicar la novela. Estrella le preparaba
jugo natural y se lo llevaba las veces que Blanco se sentaba frente al
computador y permanecía estático por horas. Lo calmaba cuando se ponía
histérico y empezaba a gritar que necesitaba volver a Concepción. Aguantó un
montón y una parte de todo esto se debe a ella, apuntó Blanco en relación a Los
vidrios negros. Otra a ti, me dijo, en su correo, terminando con la invitación
a visitarlo un día en el norte. Me preguntó si aun hablaba con las mujeres y si
extrañaba a Z. Adjuntó una foto de él y Estrella, sentados en la playa. Ella
escondida tras las gafas, con el pelo revuelto y las manos junto a las piernas.
Él muy sonriente, con la barba frondosa y la cara más delgada. Una polera negra
y pantalones cortos. Ambos descalzos, sobre la arena. Durante el día miré
varias veces la foto. En la noche volví a la novela de Blanco y busqué, palabra
por palabra, durante meses, si había alguna mención a Z.
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