domingo, 24 de noviembre de 2013

El interior de Los vidrios negros


Blanco había pasado los últimos cuatro años escribiendo una novela y yo nunca lo noté. Me enteré hace unos días, cuando apareció un tipo de Chilexpress en la puerta y me entregó una encomienda que remitía B. Me sorprendí. La novela se llamaba Los vidrios negros y la firmaba B, al revisar la solapa los datos biográficos coincidían con los suyos y eso alejaba cualquier duda ante la falta de imagen que hiciera más evidente todo. Durante la noche comencé a leerla. Busqué a Blanco en el facebook pero no estaba. Le pregunté a las mujeres y nadie sabía mucho. Pensé en insistir, pero pareció inútil e innecesario.
Cuando al final me conseguí su correo le pregunté en qué momento había escrito semejante brutalidad. Me comentó que empezó en Agosto del 2008, un día que se había despertado temprano sin ninguna razón aparente. Salió a pasear por el centro, llegó hasta la diagonal y paró en un quiosco a comprarse un paquete de ramitas. Se sentó en una banca de la plaza y se quedó mirando a la gente que corría a su trabajo, comió sus ramitas y después se volvió a poner los guantes. A la hora de almuerzo volvió a la casa. Yo estaba calentando unos tallarines que habían quedado del día anterior –Blanco recuerda todo lo que pasó ese día perfectamente, según él podría, si estuviera dentro de sus capacidades, reproducir fielmente el sabor de los tallarines recalentados-. Mientras comíamos me contó que madrugó, que estuvo en el centro y casi vomitó, pero que ya se sentía bien. Me dijo que había visto a un tipo limpiando las ventanas de su departamento, sacando la mitad del cuerpo por otra ventana y estirando los brazos, tratando de alcanzar en toda su extensión las ventanas colindantes. Blanco dijo que vio eso y pensó que el tipo se iba a caer, que no faltaría el cabrito que mirara con la esperanza que al tipo se le reventaran los sesos -pero nunca cayó-. Lo perturbó la imagen y estuvo toda la mañana pensando en qué había ahí que lo movía de tal forma. Por la noche Blanco siguió pensando en eso y yo lo tuve en consideración levemente. Con los días el pensamiento de B empezó a tomar forma y para cuando se podían contar varias semanas desde el suceso la novela había partido y yo ya había olvidado por completo el tema.

Le pregunté a las mujeres si sabían que Blanco había escrito una novela, ninguna sabía y una pensaba que B se había muerto. En alguna fiesta escuchó que lo había atropellado un camión en el norte. Hablamos un rato y después reconsideró el asunto. Aceptó la posibilidad del error y apuntó a la poca relevancia de B en su vida como para haberse preocupado más sobre si vivía o no.

Buscando, hurgando, encontré un par de críticas a la novela. En un diario electrónico la catalogaban como experimental, interesante y atrevida. Un blog firmado por María Navaja le dedicaba un texto larguísimo en que comentaba que el mayor logro de Blanco era construir una novela del porte de un edificio pero que se escondía tan bien que al final, aun ante lo evidente que era a la vista de cualquiera, pasaba desapercibida. Al final de su columna insistía en la idea y cerraba el texto diciendo que posiblemente Los vidrios negros era, y sería, el secreto mejor guardado de la literatura chilena. Una última crítica, de un diario conocido, identificaba la novela como un proyecto ambicioso, inabarcable para el autor, fallido e inoportuno.
A los meses de terminar la lectura, con los ojos aun tibios, recibí un correo de B. Me contaba que se había ido a Iquique. Estuvo unos días, por un congreso. En el terminal decidió quedarse una semana más. Visitó la playa y se compró zapatillas. Hacía mucho que no practicaba ninguna clase de deporte y, según decía, el aire marino le trajo renovados ánimos, por lo que se encomendó y dejó que saliera lo mejor posible todo. Se quedó más tiempo, meses, y conoció a Estrella, quien lo ayudó a terminar y publicar la novela. Estrella le preparaba jugo natural y se lo llevaba las veces que Blanco se sentaba frente al computador y permanecía estático por horas. Lo calmaba cuando se ponía histérico y empezaba a gritar que necesitaba volver a Concepción. Aguantó un montón y una parte de todo esto se debe a ella, apuntó Blanco en relación a Los vidrios negros. Otra a ti, me dijo, en su correo, terminando con la invitación a visitarlo un día en el norte. Me preguntó si aun hablaba con las mujeres y si extrañaba a Z. Adjuntó una foto de él y Estrella, sentados en la playa. Ella escondida tras las gafas, con el pelo revuelto y las manos junto a las piernas. Él muy sonriente, con la barba frondosa y la cara más delgada. Una polera negra y pantalones cortos. Ambos descalzos, sobre la arena. Durante el día miré varias veces la foto. En la noche volví a la novela de Blanco y busqué, palabra por palabra, durante meses, si había alguna mención a Z.

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