Cada
persona, por más insignificante que se considere o vea, es parte de
la humanidad. Somos los elementos constitutivos y de nuestros
pensamientos y acciones depende el rumbo que toma a lo largo del
tiempo, nos hacemos responsables de lo que ocurrió y ocupamos
nuestra energía en darle movimiento al presente. Para que exista ese
movimiento debemos ser funcionales, teniendo en consideración que
nuestro desarrollo como individuos involucrados en este sistema es lo
único que lo puede llevar a buen destino. Pero justo acá es donde
caemos. No entendemos, de manera grosera, en qué consiste ser
funcionales. Al dejar de hacernos responsables por nuestras vidas
cedemos la autoridad a una fuerza invisible, en apariencia superior,
que nos impone su doctrina, su reflexión sobre cómo ha de progresar
la humanidad. Cuento conocido. Desde el momento en que tomamos sin
cuestionarnos el pensamiento de otro y lo volvemos propio, perdemos
algo esencial. Al hacerlo se genera automáticamente una nueva
persona, que primero ocupa un espacio reducido -se sienta en un
sillín incómodo cerca de la puerta-, pero conforme avanzan los años
se pasea, conoce todo el lugar y cambia, sin ninguna vergüenza, gran
parte de este. Esta otra persona es la que impide el progreso humano.
Ser dos en uno mismo: al difuminar nuestra esencia parecemos
funcionales, pero no somos más que un lastre. En consecuencia, una
forma de progresar como humanidad es adoptar un comportamiento
honesto, y a eso debemos aspirar. No hablo de honestidad como forma
del bien, sino como representación de lo esencial y real. Si en un
punto nos comportáramos de esta forma todos, como la unidad que
somos, daríamos un salto gigantesco hacia adelante.
No hay comentarios:
Publicar un comentario