lunes, 22 de octubre de 2018

La mentira

1
Dar pasos lentos se volvió habitual en nuestro hogar. Lentos, dubitativos, evidencia de lo que ignorábamos. En algunas ocasiones me acercaba a la ventana, descorría la cortina y por largo rato miraba el edificio que construían allá afuera, fijando la vista en el movimiento de los obreros y la forma en que transportaban materiales o se dedicaban con esmero a botar el tiempo, como si quisieran remedarme. A veces me sentaba al borde de la cama e imaginaba que cambiaba de lugar la cómoda, que movía el closet para dar espacio a un escritorio, al que le pegaba el sol las tardes en que me suponía escribiendo la gran novela de la dictadura. Otras veces disimulaba mis movimientos, dedicándome a escucharla, percibiendo sus breves desplazamientos por el pasillo, dos metros adelante y uno hacia atrás, primero el convencimiento y luego retractarse hasta encontrar en la quietud el tiempo necesario para imaginarse haciendo algo, gastar un gramo de voluntad y engañarse hasta olvidar. Los músculos agarrotados: tres pasos adelante, las manos sobre el rostro y un paso pequeño al costado.
Hacía un año atrás éramos otros, nos movíamos con seguridad, rebosábamos energía. Habíamos juntado todas nuestras posesiones y seleccionando aquello que era valioso y apartando lo inútil, cambiamos de techo esperando dormir en la misma habitación cuantas noches tuviéramos por delante. Ciegos, inexpertos, pensábamos que el tiempo estaba de nuestro lado. Veleidoso, hizo pasar los momentos dulces a la velocidad que un astro recorre el universo, y accionó extraños mecanismos sobre los agraces, que por momentos parecieron estáticos, imposibles de superar. Desgastamos algunas palabras de tal forma que perdieron su significado y dejamos de pronunciarlas, tantas que encontramos, sin querer, el silencio, quien trajo consigo estos movimientos erráticos, estos pasos propios de quien no sabe hacia donde se dirige.

2
La mentira, germen de esta historia, fue idea de mi amigo Noel, quien, confidente y testigo de mis cuitas, sugirió que tal vez los sentimientos de Mara no se habían desvanecido, sino que dormían a la espera del acontecimiento que los reactivara. Satisfacer un deseo es extinguirlo, decía mi amigo, y pareciera que ustedes ya consumieron todos los que les correspondían como pareja. Mara espera el brote de uno nuevo y si no viene de ti lo hará de cualquier otro lado, pues aquí nos encontramos con una de esas aristas vitales, con aquello a lo que no se puede renunciar. Desear está tan ligado a la existencia como respirar.

*
¿Mucho trabajo?, preguntó Mara, que llevaba varios minutos apoyada en el marco de la puerta, mirando cómo mi cabeza se estiraba hacia unos documentos apilados de los que solo distinguía manchones grises. No, le respondí, pero estoy algo desconcentrado. Aparté la vista, estirando mi espalda, que agradeció volver a su posición habitual. Arriba el mismo techo del último año. Otro testigo, pensé, esperando algunos segundos antes de girar y darme cuenta que Mara ya se había ido, de seguro apremiada por el frío que aquellas noches reinaba en Concepción. Desde la distancia su voz, sugiriendo que no me acostara tan tarde, acabó con todas las intenciones que tenía de terminar mis deberes, sumergiéndome en otras consideraciones, esas que no quería abordar pues eran tan complejas que me intimidaban. Pero, ya enfrentadas, no pude dar marcha atrás y, débil frente a la sombra de mis problemas, miré sus ojos oscuros, distinguiendo en ellos un laberinto de humo que recorrí hasta que amaneció.
*

El hombre que miente muestra, en una gran cantidad de casos, la debilidad de su espíritu, que no soporta estar construido con ciertos materiales, moverse en determinados espacios, y trata de pasar por ciertas sus inútiles fantasías. Se desgasta en esta actuación y, a la vez, renuncia a sus obligaciones, entregado a prácticas onanistas que así como consumen al propio hombre también pueden alcanzar a su comunidad y, en el peor de los casos, a la humanidad entera. Aceptar, entonces, las sugerencias de Noel, incluso considerando el objetivo perseguido, era asumir un riesgo cuya extensión no alcancé a dimensionar por completo antes de reunir una docena de palabras y, tras ubicarlas, una y otra vez, en diferentes posiciones hasta encontrar el orden adecuado, ofrecerlas a Mara disfrazadas de verdad.

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