1
Dar
pasos lentos se volvió habitual en nuestro hogar. Lentos,
dubitativos, evidencia de lo que ignorábamos. En algunas ocasiones
me acercaba a la ventana, descorría la cortina y por largo rato
miraba el edificio que construían allá afuera, fijando la vista en
el movimiento de los obreros y la forma en que transportaban
materiales o se dedicaban con esmero a botar el tiempo, como si
quisieran remedarme. A veces me sentaba al borde de la cama e
imaginaba que cambiaba de lugar la cómoda, que movía el closet para
dar espacio a un escritorio, al que le pegaba el sol las tardes en
que me suponía escribiendo la gran novela de la dictadura. Otras
veces disimulaba mis movimientos, dedicándome a escucharla,
percibiendo sus breves desplazamientos por el pasillo, dos metros
adelante y uno hacia atrás, primero el convencimiento y luego
retractarse hasta encontrar en la quietud el tiempo necesario para
imaginarse haciendo algo, gastar un gramo de voluntad y engañarse
hasta olvidar. Los músculos agarrotados: tres pasos adelante, las
manos sobre el rostro y un paso pequeño al costado.
Hacía
un año atrás éramos otros, nos movíamos con seguridad,
rebosábamos energía. Habíamos juntado todas nuestras posesiones y
seleccionando aquello que era valioso y apartando lo inútil,
cambiamos de techo esperando dormir en la misma habitación cuantas
noches tuviéramos por delante. Ciegos, inexpertos, pensábamos que
el tiempo estaba de nuestro lado. Veleidoso, hizo pasar los momentos
dulces a la velocidad que un astro recorre el universo, y accionó
extraños mecanismos sobre los agraces, que por momentos parecieron
estáticos, imposibles de superar. Desgastamos algunas palabras de
tal forma que perdieron su significado y dejamos de pronunciarlas,
tantas que encontramos, sin querer, el silencio, quien trajo consigo
estos movimientos erráticos, estos pasos propios de quien no sabe
hacia donde se dirige.
2
La
mentira, germen de esta historia, fue idea de mi amigo Noel, quien,
confidente y testigo de mis cuitas, sugirió que tal vez los
sentimientos de Mara no se habían desvanecido, sino que dormían a
la espera del acontecimiento que los reactivara. Satisfacer un deseo
es extinguirlo, decía mi amigo, y pareciera que ustedes ya
consumieron todos los que les correspondían como pareja. Mara espera
el brote de uno nuevo y si no viene de ti lo hará de cualquier otro
lado, pues aquí nos encontramos con una de esas aristas vitales, con
aquello a lo que no se puede renunciar. Desear está tan ligado a la
existencia como respirar.
*
¿Mucho
trabajo?, preguntó Mara, que llevaba varios minutos apoyada en el
marco de la puerta, mirando cómo mi cabeza se estiraba hacia unos
documentos apilados de los que solo distinguía manchones grises. No,
le respondí, pero estoy algo desconcentrado. Aparté la vista,
estirando mi espalda, que agradeció volver a su posición habitual.
Arriba el mismo techo del último año. Otro testigo, pensé,
esperando algunos segundos antes de girar y darme cuenta que Mara ya
se había ido, de seguro apremiada por el frío que aquellas noches
reinaba en Concepción. Desde la distancia su voz, sugiriendo que no
me acostara tan tarde, acabó con todas las intenciones que tenía de
terminar mis deberes, sumergiéndome en otras consideraciones, esas
que no quería abordar pues eran tan complejas que me intimidaban.
Pero, ya enfrentadas, no pude dar marcha atrás y, débil frente a la
sombra de mis problemas, miré sus ojos oscuros, distinguiendo en
ellos un laberinto de humo que recorrí hasta que amaneció.
*
El
hombre que miente muestra, en una gran cantidad de casos, la
debilidad de su espíritu, que no soporta estar construido con
ciertos materiales, moverse en determinados espacios, y trata de
pasar por ciertas sus inútiles fantasías. Se desgasta en esta
actuación y, a la vez, renuncia a sus obligaciones, entregado a
prácticas onanistas que así como consumen al propio hombre también
pueden alcanzar a su comunidad y, en el peor de los casos, a la
humanidad entera. Aceptar, entonces, las sugerencias de Noel, incluso
considerando el objetivo perseguido, era asumir un riesgo cuya
extensión no alcancé a dimensionar por completo antes de reunir una
docena de palabras y, tras ubicarlas, una y otra vez, en diferentes
posiciones hasta encontrar el orden adecuado, ofrecerlas a Mara
disfrazadas de verdad.
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