Estiré
mi brazo por atrás de la cabeza, tratando de tensar los músculos y
desperezarme. El ángel que aguardaba en la otra esquina de la mesa
tomó la bombilla para, sin mirarme, sumergirla en la mezcla de agua
con jabón que preparó cuando recién nos conocimos. Vi sus
movimientos lentos, delicados, alucinando como un náufrago al
entender los patrones que se formaban en el recipiente, dando cada
vez pestañazos más largos y profundos. Levanté la vista. Tenía el
cabello largo, un cuello delicado. Si se dejara la chasquilla, pensé
entonces, se vería hermosa. Sin botar una gota levantó la bombilla,
que estuvo justo entre ambos, hasta llevarla muy cerca de sus labios.
Puse el codo en la mesa y apoyé mi cabeza, pesadísima a esas horas,
con la mano empuñada, sosteniendo porfiadamente una idea sobre el
futuro, tan desdibujado para algunos. Sopló por un lado de la
bombilla y por el otro salieron las pompas de jabón, tres, cuatro,
que surcaron toda la superficie de la mesa hasta casi tocarme. Cerré
los ojos una, dos veces, y, exhausto, vi cómo se acercaba la última
pompa, y a través de ella la misma imagen anterior, pero por
completo distorsionada, pintada en acuarelas hermosas que nadie
podría replicar.
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