miércoles, 13 de diciembre de 2017

La vida humana




Estiré mi brazo por atrás de la cabeza, tratando de tensar los músculos y desperezarme. El ángel que aguardaba en la otra esquina de la mesa tomó la bombilla para, sin mirarme, sumergirla en la mezcla de agua con jabón que preparó cuando recién nos conocimos. Vi sus movimientos lentos, delicados, alucinando como un náufrago al entender los patrones que se formaban en el recipiente, dando cada vez pestañazos más largos y profundos. Levanté la vista. Tenía el cabello largo, un cuello delicado. Si se dejara la chasquilla, pensé entonces, se vería hermosa. Sin botar una gota levantó la bombilla, que estuvo justo entre ambos, hasta llevarla muy cerca de sus labios. Puse el codo en la mesa y apoyé mi cabeza, pesadísima a esas horas, con la mano empuñada, sosteniendo porfiadamente una idea sobre el futuro, tan desdibujado para algunos. Sopló por un lado de la bombilla y por el otro salieron las pompas de jabón, tres, cuatro, que surcaron toda la superficie de la mesa hasta casi tocarme. Cerré los ojos una, dos veces, y, exhausto, vi cómo se acercaba la última pompa, y a través de ella la misma imagen anterior, pero por completo distorsionada, pintada en acuarelas hermosas que nadie podría replicar.

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