Después de caminar
kilómetros por las peores cuadras de Concepción, rodeados por la noche más
nocturna, llegamos a mi casa y nos quitamos las zapatillas. Te tiraste al sofá
mientras yo fui al baño. Te quitaste la chaqueta mientras serví un poco de agua
para ambos. Cerraste los ojos cuando prendí el computador y te conté que había
descargado unos discos de George Harrison en flac. Me encanta, dijiste, y le
subí el volumen.
Me preguntaste en qué
creía y te conté parte de mi historial espiritual, desde lo impuesto hasta lo
que elegí, intentando ser lo más claro. Es curioso, generalmente uno termina
rebelándose ante la formación religiosa, valorando lo que está fuera de la
norma o derechamente opuesto. Supongo que es más llamativo o que asumimos de
forma inconsciente que para avanzar tienes que vencer, borrar, eliminar,
ciertos pasajes de tu propia vida. De tu pasado. Es decir, borrarlo para tu
estado de consciencia presente, claro. Como si fuera una reafirmación de quien
eres y cuánto vales, dijiste, y te mencioné un par de ideas que unían nuestro
pensamiento y otras en las que diferíamos bastante, lo que nunca, nunca, ha
jugado en nuestra contra.
En cambio siempre volvemos
a los Beatles.
Como a las formas de la noche.
Lo fácil que es iluminar una pieza y lo entretenido que es buscar bajo la
alfombra. Correr las cortinas, abrir la ventana para que no quedemos pasados a
humo y sentir cómo la brisa matutina empieza a levantar. Cómo asoman nuevos
colores y nos sentimos cansados, otras personas empiezan a moverse, en una
esquina de la ciudad un hombre joven sale a correr, una madre despierta a sus
hijos, un anciano vuelve a acomodar su cabecera, intentando sin resultado
volver a dormir. Y pestañeamos. Te levantas, apagas la luz y abres el resto de
las cortinas. Quisiste decir algo pero no fue necesario. Ven, vuelve, siéntate
aquí al lado, escuchemos lo que resta del disco. Cuando termine, dormiremos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario