viernes, 8 de julio de 2016

Lechugas con tierra

Las bancas estaban ocupadas, en su totalidad, incluso personas se quedaron cerca esperando un espacio, aunque claro, de pie, y yo quería sentarme. Había viajado toda la mañana parado, tras ceder el puesto a una mujer que se veía bastante complicada tratando de mantener el equilibrio con una bolsa de pan en la mano, su bolso en la otra y el chofer que no bajaba la velocidad salvo en las curvas más pronunciadas. Ya en el terminal compré un pasaje y quise sentarme en algún lado a leer mientras llegaba la hora del viaje, pero, insisto, estaban todas las bancas ocupadas, así que caminé un poco más allá, donde casi ningún bus se estaciona, y me senté, ya sobre las baldosas mismas, al nivel del suelo. Dejé la mochila a un lado tras sacar el libro y miré a mi alrededor. A la izquierda el montón de gente, a la derecha una niña revisando su celular y una pareja besándose, posiblemente porque era la despedida. Porque anticipaban la distancia física y trataban de entregar algo al otro, o incluso, de sacar algo del otro, poder guardar durante ese tiempo una esencia, un trozo de su pareja, un resto que atesorar mientras no hubiera más que frases a través de una pantalla o la voz que rebota en un auricular. Al fondo lo que quedaba del día y un aviso sutil de que para el futuro lo mejor sería conseguir un paraguas o en su defecto una buena casaca. Un perro daba vueltas por ahí, sin ganas de ladrar a nada, satisfecho con lo que era, y por momentos se acercaba a los grupos de personas que terminaban rechazándolo, tal vez por flaco, por chico, quizás porque no parecía del todo amistoso, aun cuando lo que yo vi en sus ojos, cuando estuvo a mi lado, no fue más que transparencia, una humildad poderosa, ajena a esta época. Sigilosamente se movió hacia mí y casi sin notarlo me encontré con este invitado amarillento que asomaba su hocico a la altura de mis hombros, girando su cuello y haciendo como que leía. Sostuve el libro, me encontraba empantanado en una lectura que se volvía difícil y terminaba instando a cuestionar mi capacidad de abordar ciertos textos, por lo que fue un alivio notar lo cerca que se hallaba el perro, fue un escape al laberinto que personificaba la novela. Lo miré y le hice una mueca, achiné los ojos y él repitió el gesto, levantando la barbilla y oliendo mi chaqueta que evidenciaba un par de noches innecesariamente largas. Giré el libro y lo invité a leer, a lo que respondió mirando las letras impresas en esas hojas de papel que se jura ecológico, y fue entonces cuando escuché la risa de una mujer, más allá de donde estábamos, que nos miraba con placer y pensaba que por ahí la vida tiene un poco más de simpatía que la que ofrece a diario en un trabajo monótono, en una relación mediocre o en la ausencia de pasión. Me reí también, y al recordar este evento, ya en el bus, me sentí bien. Hay un montón de motivos por los que podría sentirme mal, que prefiero ni mencionar, porque las palabras son muy fuertes y mejor no llamar la desgracia, pero, más allá de esto, fui dichoso, como cuando uno pela una naranja y comparte los gajos con el que está al lado, y fue por un momento específico, pero que puedo estirar a disposición, haciendo que, por una vez, las palabras jueguen a favor mío. Un gesto basta, el movimiento de un brazo, las ramas de un álamo meciéndose, la tos de un hombre viejo. Uno basta, un extracto en apariencia insignificante de la cotidianidad, para comenzar una historia.

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