Con
mi mujer nos casamos hace unos cincuenta años, muy jóvenes, sin
saber bien qué hacíamos, pero amándonos, lo que pensamos podía
ser motivo más que suficiente, el motor para mantener una relación
de por vida. Y nos seguimos amando durante muchos años, tuvimos
hijos, nietos, nos vimos envejecer y aun cuando nuestros cuerpos
parecían otros, una burla del tiempo, infidelidad al pasado,
seguimos viéndonos con ojos tibios. Ella es una mujer excepcional,
supo lidiar con una época compleja y sacó adelante una familia
maravillosa. Yo también hice mi parte, claro, no puedo darle todo el
crédito, porque las noches de horas extras, los dolores de cabeza
planificando la economía del mes con lo poco que había y esta
artritis tan frustrante no se olvidan. Hicimos un buen trabajo, y ya
se acabó, no hay más que podamos entregar a nuestros hijos o
nietos, ellos ya tienen todo lo necesario para construir su propia
historia. Eso pienso, ya no hay más que hacer entre nosotros, o el
uno hacia el otro, nuestro tiempo ya cumplió su ciclo, y esta era
que vivimos, dorada, nos permite otra oportunidad, comenzar
nuevamente extendiendo lo que sería el último suspiro en toda una
nueva vida. Bueno, al principio la decisión fue unilateral. No le
dije que entraría a la comunidad, pero cuando se enteró quiso
probarlo también, sentirse joven, enamorarse, dilatar el tiempo que
le restaba. Primeramente se molestó, no entendía cómo un hombre
mayor pudiera tener relaciones con una menor de edad, pero luego,
adentrándose en la dinámica, no tuvo cómo reprocharlo. Una de las
últimas veces que hablamos, antes de que me mudara, me dijo que
pensaba hacer lo mismo, pero tenía ciertas dudas, mayormente por el
ejemplo que daba a su desendencia. Mira, le dije yo, hagas lo que
hagas puede que te arrepientas, pero de tu elección dependerá el
tiempo que tengas para lamentarte.
Unas
tardes antes de la mudanza me visitó mi hija. Quiso saber sobre
Aries, mi pareja. Papá, me preguntó, es cierto lo que se dice, es
cierto que tiene quince años. Sí, le respondo, aclarándole que no
estoy para los reproches de nadie, que no me vengan con clases de
moral, menos alguien de su generación, que fue la que degeneró
todo. Si inician algo háganse responsables, acepten las
consecuencias. Me dijo que hablaba como un loco, que cómo me había
perdido tanto. Le dije que se preocupara de sus hijos -dos de ellos
se habían mudado- y me dejara tranquilo, ya tenía todo el derecho
de hacer lo que quisiera con mi vida y nada de lo que pasaba estaba
fuera de la ley. Qué mundo de mierda, dijo, esto va a colapsar,
papá, y lo peor será que no podrás hacer nada, no podrás tender
una mano a quien esté junto a ti, no podrás abrazar a tus hijos
cuando todos necesitemos a alguien más, porque lo único que habrá
a tu alrededor será información, una simulación, un montón de
datos amarrándote. ¿Y eso no es real acaso?
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