domingo, 14 de febrero de 2016

Cáncer

Con mi mujer nos casamos hace unos cincuenta años, muy jóvenes, sin saber bien qué hacíamos, pero amándonos, lo que pensamos podía ser motivo más que suficiente, el motor para mantener una relación de por vida. Y nos seguimos amando durante muchos años, tuvimos hijos, nietos, nos vimos envejecer y aun cuando nuestros cuerpos parecían otros, una burla del tiempo, infidelidad al pasado, seguimos viéndonos con ojos tibios. Ella es una mujer excepcional, supo lidiar con una época compleja y sacó adelante una familia maravillosa. Yo también hice mi parte, claro, no puedo darle todo el crédito, porque las noches de horas extras, los dolores de cabeza planificando la economía del mes con lo poco que había y esta artritis tan frustrante no se olvidan. Hicimos un buen trabajo, y ya se acabó, no hay más que podamos entregar a nuestros hijos o nietos, ellos ya tienen todo lo necesario para construir su propia historia. Eso pienso, ya no hay más que hacer entre nosotros, o el uno hacia el otro, nuestro tiempo ya cumplió su ciclo, y esta era que vivimos, dorada, nos permite otra oportunidad, comenzar nuevamente extendiendo lo que sería el último suspiro en toda una nueva vida. Bueno, al principio la decisión fue unilateral. No le dije que entraría a la comunidad, pero cuando se enteró quiso probarlo también, sentirse joven, enamorarse, dilatar el tiempo que le restaba. Primeramente se molestó, no entendía cómo un hombre mayor pudiera tener relaciones con una menor de edad, pero luego, adentrándose en la dinámica, no tuvo cómo reprocharlo. Una de las últimas veces que hablamos, antes de que me mudara, me dijo que pensaba hacer lo mismo, pero tenía ciertas dudas, mayormente por el ejemplo que daba a su desendencia. Mira, le dije yo, hagas lo que hagas puede que te arrepientas, pero de tu elección dependerá el tiempo que tengas para lamentarte.
Unas tardes antes de la mudanza me visitó mi hija. Quiso saber sobre Aries, mi pareja. Papá, me preguntó, es cierto lo que se dice, es cierto que tiene quince años. Sí, le respondo, aclarándole que no estoy para los reproches de nadie, que no me vengan con clases de moral, menos alguien de su generación, que fue la que degeneró todo. Si inician algo háganse responsables, acepten las consecuencias. Me dijo que hablaba como un loco, que cómo me había perdido tanto. Le dije que se preocupara de sus hijos -dos de ellos se habían mudado- y me dejara tranquilo, ya tenía todo el derecho de hacer lo que quisiera con mi vida y nada de lo que pasaba estaba fuera de la ley. Qué mundo de mierda, dijo, esto va a colapsar, papá, y lo peor será que no podrás hacer nada, no podrás tender una mano a quien esté junto a ti, no podrás abrazar a tus hijos cuando todos necesitemos a alguien más, porque lo único que habrá a tu alrededor será información, una simulación, un montón de datos amarrándote. ¿Y eso no es real acaso?

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