martes, 5 de enero de 2016

Géminis

A él no lo veo desde hace varios años, de vez en cuando me escribe un correo, me manda videos de su familia o me cuenta cómo va todo, aprovechando de preguntar por los que nos quedamos acá. De vez en cuando, una vez cada par de meses, aunque no estoy del todo seguro si es él quien los escribe o alguna de sus secretarias. Quizás por eso me limito al responderle. Y bueno, por eso también, por estos débiles lazos que mantenemos actualmente es que no puedo decir tanto sobre él. De su infancia, cuando compartíamos los días y varias aficiones, podría escribir un montón, y quizás ahí se darían cuenta que no todo es como lo han pintado esos libros ordinarios o las películas que se hicieron, porque hay hechos que se mantuvieron medianamente fieles, solo unos pocos, y muchos otros más que se exageraron hasta el ridículo. Súmale a eso un par de mentiras, millones de dólares, y ya está, ahí tienes al villano que casi la mitad de la población que no está en la comunidad desprecia. Siempre le gustó la informática, pero eso no es mucho decir, no para esta generación. En la película más famosa que hicieron, Perfil, se esforzaron en describir su infancia como aislada, dibujándolo de tal forma que pareciera que a cada momento que pasaba de sus años iniciales se acumulaba en él una rabia contra la humanidad, contra los que se relacionaban con tanta facilidad que lo dejaban en ridículo. Esa película es buena, pero infiel. Mi escena favorita es cuando Géminis, de unos ocho años, se encierra con candado en su pieza por dos días para completar la programación de un software y yo tengo que dormir con mis padres, quienes en el punto cúlmine de esta parte derriban la puerta y comienzan a gritarle que por qué les hacía esto, en qué estaba pensando. Lo toman de los hombros y lo zamarrean. La pieza está oscura y él no se da cuenta de qué pasa, lleva horas mirando la pantalla del computador y no quiere apartar la vista, prefiere eso a cualquier cosa. Bueno, eso nunca pasó. Cuando éramos cabros mi hermano nunca se encerró a programar, mi papá nunca derribó la puerta ni le dijo que por favor volviera a la realidad. Y mi hermano nunca pensó cuál realidad, por lo menos no en ese momento. Y mira, esto no es una defensa en honor al vínculo fraternal, sino un rescate de la verdad. Géminis tuvo una infancia a grandes rasgos común: íbamos a la escuela, teníamos amigos con los que nos juntábamos en las horas de descanso. Igual a veces salíamos en bicicleta con cabros del vecindario. Sí, él no era de hablar mucho, por ahí yo cargaba con esa parte, pero nunca fue un antisocial, no fue jamás el criminal de las relaciones humanas que la gente cree que es. Él no quiso destruir nuestra sociedad. Elaboró un proyecto muy ambicioso que fue creciendo a un ritmo demoledor, y las implicancias que tuvo en el tiempo no son a causa suya, pues cada cual es responsable de cómo utiliza sus armas. Hay un punto en que se vuelve más reticente a expresar lo que piensa o siente, pero eso nos sucedió a todos pasado los once o doce años, es una cuestión biológica. Y Géminis es una especie de pensamientos más amplios, así que lo que pasaba en su cabeza es algo que está, tal vez, un poco más allá de nuestra comprensión, por lo menos en ese momento. Sí, muchos se alejaron pasados los años, pero yo siempre lo apoyé, lo acompañé, traté de ser el recipiente de sus confesiones, aun cuando no entendía ni un cuarto de lo que me decía sobre informática, programación o sus planes de estudio. Menos de un cuarto, un octavo con mucha mucha suerte. Pasó el tiempo y me costó comprender muchas cosas. A veces pienso en eso y me dan ganas de vivir en un sueño, de que pasen los años que necesito para remediar algunas heridas en una dimensión diferente, pero que no corran más de cinco minutos en la vida real. La vida real. Perdón. ¿Cuál era la pregunta?

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