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él no lo veo desde hace varios años, de vez en cuando me escribe un
correo, me manda videos de su familia o me cuenta cómo va todo,
aprovechando de preguntar por los que nos quedamos acá. De vez en
cuando, una vez cada par de meses, aunque no estoy del todo seguro si
es él quien los escribe o alguna de sus secretarias. Quizás por eso
me limito al responderle. Y bueno, por eso también, por estos
débiles lazos que mantenemos actualmente es que no puedo decir tanto
sobre él. De su infancia, cuando compartíamos los días y varias
aficiones, podría escribir un montón, y quizás ahí se darían
cuenta que no todo es como lo han pintado esos libros ordinarios o
las películas que se hicieron, porque hay hechos que se mantuvieron
medianamente fieles, solo unos pocos, y muchos otros más que se
exageraron hasta el ridículo. Súmale a eso un par de mentiras,
millones de dólares, y ya está, ahí tienes al villano que casi la
mitad de la población que no está en la comunidad desprecia.
Siempre le gustó la informática, pero eso no es mucho decir, no
para esta generación. En la película más famosa que hicieron,
Perfil, se esforzaron en describir su infancia como aislada,
dibujándolo de tal forma que pareciera que a cada momento que pasaba
de sus años iniciales se acumulaba en él una rabia contra la
humanidad, contra los que se relacionaban con tanta facilidad que lo
dejaban en ridículo. Esa película es buena, pero infiel. Mi escena
favorita es cuando Géminis, de unos ocho años, se encierra con
candado en su pieza por dos días para completar la programación de
un software y yo tengo que dormir con mis padres, quienes en el punto
cúlmine de esta parte derriban la puerta y comienzan a gritarle que
por qué les hacía esto, en qué estaba pensando. Lo toman de los
hombros y lo zamarrean. La pieza está oscura y él no se da cuenta
de qué pasa, lleva horas mirando la pantalla del computador y no
quiere apartar la vista, prefiere eso a cualquier cosa. Bueno, eso
nunca pasó. Cuando éramos cabros mi hermano nunca se encerró a
programar, mi papá nunca derribó la puerta ni le dijo que por favor
volviera a la realidad. Y mi hermano nunca pensó cuál realidad, por
lo menos no en ese momento. Y mira, esto no es una defensa en honor
al vínculo fraternal, sino un rescate de la verdad. Géminis tuvo
una infancia a grandes rasgos común: íbamos a la escuela, teníamos
amigos con los que nos juntábamos en las horas de descanso. Igual a
veces salíamos en bicicleta con cabros del vecindario. Sí, él no
era de hablar mucho, por ahí yo cargaba con esa parte, pero nunca
fue un antisocial, no fue jamás el criminal de las relaciones
humanas que la gente cree que es. Él no quiso destruir nuestra
sociedad. Elaboró un proyecto muy ambicioso que fue creciendo a un
ritmo demoledor, y las implicancias que tuvo en el tiempo no son a
causa suya, pues cada cual es responsable de cómo utiliza sus armas.
Hay un punto en que se vuelve más reticente a expresar lo que piensa
o siente, pero eso nos sucedió a todos pasado los once o doce años,
es una cuestión biológica. Y Géminis es una especie de
pensamientos más amplios, así que lo que pasaba en su cabeza es
algo que está, tal vez, un poco más allá de nuestra comprensión,
por lo menos en ese momento. Sí, muchos se alejaron pasados los
años, pero yo siempre lo apoyé, lo acompañé, traté de ser el
recipiente de sus confesiones, aun cuando no entendía ni un cuarto
de lo que me decía sobre informática, programación o sus planes de
estudio. Menos de un cuarto, un octavo con mucha mucha suerte. Pasó el tiempo y me costó comprender muchas cosas. A veces pienso en eso y me dan ganas de vivir en un sueño, de que pasen los años que necesito para remediar algunas heridas en una dimensión diferente, pero que no corran más de cinco minutos en la vida real. La vida real. Perdón. ¿Cuál era la pregunta?
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