domingo, 13 de diciembre de 2015

Tauro

Los primeros años apenas y nos dimos cuenta de que algo pasaba, que había menos gente en el pueblo, porque pensábamos que si la población era mayormente viejos era pues los más cabros se iban a la ciudad a estudiar, se iban a la capital o a algún centro urbano donde tuvieran más oportunidades. Nunca nos pareció extraño todo esto que estaba pasando, justo frente a nuestras narices, porque tampoco nos informábamos mucho. No teníamos televisor en la casa y con suerte poníamos la radio en fechas particulares, como cuando habían elecciones, pero siempre con algo de disgusto por ese ritmo que tienen ciertos periodistas para hablar, el que nos parecía chistoso por ratos, pero a la larga muy desagradable. La vieja un día se dio cuenta que algo pasaba. A la hora de almuerzo me dijo que había estado en la plaza, la que encontró inusualmente vacía. Los mismos viejos de siempre, esos chichas malos de la cabeza que están pidiendo plata, pero muy poca gente en general, en la plaza y en los alrededores. Incluso habían algunos almacenes cerrados, algo raro para estas fechas Quizás pasó algo, le dije yo, y prendimos la radio pero además de los habituales casos de delincuencia no se comentaba nada más que pudiera explicar la apreciación de la vieja. Tras un rato apagué el aparato y salí al patio. Le dije que quizás pasó algo pero no era realmente importante, y así lo creía. Me senté en el banquillo junto al palto y escuché como las ramas se iban unas contra otras a la vez que el viento las hacía bailar, el sonido que era como el de un río y me cerraba de a poco los ojos. Mi conciencia se perdía y soñaba. Y en el sueño yo vivía durante semanas, aunque solo hubieran pasado veinte minutos de siesta.
Una tarde de fin de semana la vieja regaba el patio mientras yo intentaba arreglar una pana de la camioneta, trabajo que usualmente hacía el mecánico pero que esta vez me tocó porque, al visitarlo, un cabro que trabajaba con él me dijo que ya no estaba ahí. El mecánico se había mudado y cuando yo le pregunté al cabro dónde, para buscarlo, levantó los hombros y se hizo el tonto. La vieja me dijo que fuera al otro mecánico, al que atendía tres cuadras más allá de la plaza, pero yo insistí en que era un sinvergüenza al que no le daría mi poca plata. Revisaría la camioneta yo mismo el fin de semana y si ya, en el peor de los casos, no pudiera sacarle ese ruido extraño que hace al pasar a tercera, se la llevaría de pésima gana al otro, al impostor, al charlatán. La vieja me dijo: mira, Tauro, vas a perder dos días en eso y quizás hasta quede peor la camioneta. Enfrentemos la situación: tú no sabes absolutamente nada de mecánica. Y, para que andamos con cosas, ella tenía razón, pero yo ya estaba muy viejo y porfiado y ya no había vuelta que darle. No dije nada y ella se mató de la risa. La vecina, que guardaba unas maletas en su auto le preguntó por qué tanta risa, y la vieja le dijo que yo era un mañoso, pero que cosas así alegraban la vida. Le preguntó si se iban de paseo y la vecina se acercó para conversar un rato. Dijo: mire, para qué andamos con cosas, ya no hay un nos en esta casa, la familia se desarmó hace meses. Primero se mudó mi marido. Yo ni sabía que estaba metido en esa cosa, pero ya ve cómo está todo, no se puede confiar en nadie. Se mudó y nos dejó solas. ¿Y qué le iba a decir yo a mi hija? No, es que todo el mundo lo está haciendo, es que todos se van a vivir al otro lado porque es más fácil, pero aun así nosotras tenemos que quedarnos aquí, con la cuenta corriente vacía, en un pueblo que se está cayendo a pedazos, de cara contra el destino. Pobre niña. Ella me pregunta dónde está todo el mundo, si acaso se fueron, si se están muriendo. El otro día un compañero del colegio le dijo que había una epidemia global, que la gente estaba cayendo como moscas, y que nadie estaba a salvo. ¿Cómo le iba a aclarar yo el asunto? Ya no se, este mundo está patas arriba. Mire, para que le ando con cosas, yo uso el dispositivo, me ha servido harto para superar a este infeliz que nos abandonó, pero no me voy a mudar por un tema de responsabilidades, no la podría dejar sola. Tengo que sacar adelante esto.
A la vecina no la volvimos a ver. La casa quedó en venta, pero no se supo de nadie que la comprara hasta que muchos años más tarde la echaron abajo, como a la mayoría de las casas de esa cuadra, para construir contenedores.
*
La vieja compró unos conejos en la feria y los comimos en la noche, preparados con cebolla. Entonces habían pasado varios meses desde que la vecina se había ido y ya era claro que la población se estaba reduciendo, que todos salían del pueblo, pero no entendíamos muy bien por qué. Tauro, me dijo, en la feria me enteré de todo, hice que me explicaran bien el asunto. Con una luz tenue y trozando el conejo, que estaba blando y sabroso, escuché todo lo que ella sabía y traté de hacerme una idea de por qué habíamos llegado a este punto. Me sentí abrumado y por la noche tuve varias pesadillas. No le conté ninguna a la vieja. Durante los días siguientes, de hecho, volvieron a repetirse algunos motivos de esos sueños horribles y por momentos sentí que me estaba volviendo loco. Es que de verdad, me dije una tarde mientras cortaba leña, esto es una locura. Me costaba entenderlo.

El pueblo llegó a su punto crítico un par de años luego de la partida de la vecina. Para entonces ya teníamos asumida esta nueva realidad, lo veíamos como algo que estaba pasando, pero en lo que no nos interesaba entrar. Nos gustaba la vida como era: despertar temprano, tomar desayuno, sacar fuerzas de flaqueza para afrontar el día, caminar las vías despejadas del pueblo y llenarte el pecho de aire, asirte de una fuerza que te movía a esperar otros días, la continuidad de todas las historias que construíamos con solo mirar a una esquina o cruzar un saludo. Y aunque quedáramos solos con la vieja, seguiríamos dando la pelea. Nos dolió que tanta gente se hubiera ido, y claro que nos dolió cuando supimos que nuestro hijo se había mudado y que nunca seríamos abuelos. Pero había que ser fuertes. Como el resto de las personas que habitaban el pueblo, anacrónicos también, rebeldes que sustentan su resistencia al no enterarse de nada, al no tener ningún interés en la contingencia, como lo decían en los noticiarios. Varias veces vino la televisión a visitar el pueblo fantasma, que ya sonaba como sede para los nuevos contenedores que asegurarían por casi dos décadas el sistema de mudanza, al menos en este país. Entrevistaron a uno de los últimos vecinos, quien les comentó sobre su labor diaria, sobre ir al cerro y juntar a los animales, contar historias junto al fogón, preparar queso para las seis o siete personas que le comprábamos. La periodista le preguntó su opinión sobre la posibilidad de que se derrumbara gran parte del pueblo para edificar contenedores y el hombre no entendió a qué se refería, pero le dijo que sería una lástima que se arrasara con todo esto, porque había mucha historia que no se debía perder, tradiciones que no deberíamos olvidar. Ya lo ven, dijo la periodista mirando hacia la cámara, estamos viviendo una época de cambios importantes en el mundo, lo que hasta ayer era una innovación, un adelanto de la tecnología, lo que hasta ayer era el futuro hoy es el presente, un presente que tenemos que enfrentar y que conlleva muchos sacrificios. ¿Cómo podemos enfrentar este fuerte cambio de paradigma? Solo el tiempo nos dará las respuestas necesarias. Desde el pueblo, informando para meganoticias, se despide Libra, dijo ella, con ese ritmo ridículo que tienen algunos periodistas para hablar.

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