Los
primeros años apenas y nos dimos cuenta de que algo pasaba, que
había menos gente en el pueblo, porque pensábamos que si la
población era mayormente viejos era pues los más cabros se iban a
la ciudad a estudiar, se iban a la capital o a algún centro urbano
donde tuvieran más oportunidades. Nunca nos pareció extraño todo
esto que estaba pasando, justo frente a nuestras narices, porque
tampoco nos informábamos mucho. No teníamos televisor en la casa y
con suerte poníamos la radio en fechas particulares, como cuando
habían elecciones, pero siempre con algo de disgusto por ese ritmo
que tienen ciertos periodistas para hablar, el que nos parecía
chistoso por ratos, pero a la larga muy desagradable. La vieja un día
se dio cuenta que algo pasaba. A la hora de almuerzo me dijo que
había estado en la plaza, la que encontró inusualmente vacía. Los
mismos viejos de siempre, esos chichas malos de la cabeza que están
pidiendo plata, pero muy poca gente en general, en la plaza y en los
alrededores. Incluso habían algunos almacenes cerrados, algo raro
para estas fechas Quizás pasó algo, le dije yo, y prendimos la
radio pero además de los habituales casos de delincuencia no se
comentaba nada más que pudiera explicar la apreciación de la vieja.
Tras un rato apagué el aparato y salí al patio. Le dije que quizás
pasó algo pero no era realmente importante, y así lo creía. Me
senté en el banquillo junto al palto y escuché como las ramas se
iban unas contra otras a la vez que el viento las hacía bailar, el
sonido que era como el de un río y me cerraba de a poco los ojos. Mi
conciencia se perdía y soñaba. Y en el sueño yo vivía durante
semanas, aunque solo hubieran pasado veinte minutos de siesta.
Una
tarde de fin de semana la vieja regaba el patio mientras yo intentaba
arreglar una pana de la camioneta, trabajo que usualmente hacía el
mecánico pero que esta vez me tocó porque, al visitarlo, un cabro
que trabajaba con él me dijo que ya no estaba ahí. El mecánico se
había mudado y cuando yo le pregunté al cabro dónde, para
buscarlo, levantó los hombros y se hizo el tonto. La vieja me dijo
que fuera al otro mecánico, al que atendía tres cuadras más allá
de la plaza, pero yo insistí en que era un sinvergüenza al que no
le daría mi poca plata. Revisaría la camioneta yo mismo el fin de
semana y si ya, en el peor de los casos, no pudiera sacarle ese ruido
extraño que hace al pasar a tercera, se la llevaría de pésima gana
al otro, al impostor, al charlatán. La vieja me dijo: mira, Tauro,
vas a perder dos días en eso y quizás hasta quede peor la
camioneta. Enfrentemos la situación: tú no sabes absolutamente nada
de mecánica. Y, para que andamos con cosas, ella tenía razón, pero
yo ya estaba muy viejo y porfiado y ya no había vuelta que darle. No
dije nada y ella se mató de la risa. La vecina, que guardaba unas
maletas en su auto le preguntó por qué tanta risa, y la vieja le
dijo que yo era un mañoso, pero que cosas así alegraban la vida. Le
preguntó si se iban de paseo y la vecina se acercó para conversar
un rato. Dijo: mire, para qué andamos con cosas, ya no hay un nos en
esta casa, la familia se desarmó hace meses. Primero se mudó mi
marido. Yo ni sabía que estaba metido en esa cosa, pero ya ve cómo
está todo, no se puede confiar en nadie. Se mudó y nos dejó solas.
¿Y qué le iba a decir yo a mi hija? No, es que todo el mundo lo
está haciendo, es que todos se van a vivir al otro lado porque es
más fácil, pero aun así nosotras tenemos que quedarnos aquí, con
la cuenta corriente vacía, en un pueblo que se está cayendo a
pedazos, de cara contra el destino. Pobre niña. Ella me pregunta
dónde está todo el mundo, si acaso se fueron, si se están
muriendo. El otro día un compañero del colegio le dijo que había
una epidemia global, que la gente estaba cayendo como moscas, y que
nadie estaba a salvo. ¿Cómo le iba a aclarar yo el asunto? Ya no
se, este mundo está patas arriba. Mire, para que le ando con cosas,
yo uso el dispositivo, me ha servido harto para superar a este
infeliz que nos abandonó, pero no me voy a mudar por un tema de
responsabilidades, no la podría dejar sola. Tengo que sacar adelante
esto.
A
la vecina no la volvimos a ver. La casa quedó en venta, pero no se
supo de nadie que la comprara hasta que muchos años más tarde la
echaron abajo, como a la mayoría de las casas de esa cuadra, para
construir contenedores.
*
La
vieja compró unos conejos en la feria y los comimos en la noche,
preparados con cebolla. Entonces habían pasado varios meses desde
que la vecina se había ido y ya era claro que la población se
estaba reduciendo, que todos salían del pueblo, pero no entendíamos
muy bien por qué. Tauro, me dijo, en la feria me enteré de todo,
hice que me explicaran bien el asunto. Con una luz tenue y trozando
el conejo, que estaba blando y sabroso, escuché todo lo que ella
sabía y traté de hacerme una idea de por qué habíamos llegado a
este punto. Me sentí abrumado y por la noche tuve varias pesadillas.
No le conté ninguna a la vieja. Durante los días siguientes, de
hecho, volvieron a repetirse algunos motivos de esos sueños
horribles y por momentos sentí que me estaba volviendo loco. Es que
de verdad, me dije una tarde mientras cortaba leña, esto es una
locura. Me costaba entenderlo.
El
pueblo llegó a su punto crítico un par de años luego de la partida
de la vecina. Para entonces ya teníamos asumida esta nueva realidad,
lo veíamos como algo que estaba pasando, pero en lo que no nos
interesaba entrar. Nos gustaba la vida como era: despertar temprano,
tomar desayuno, sacar fuerzas de flaqueza para afrontar el día,
caminar las vías despejadas del pueblo y llenarte el pecho de aire,
asirte de una fuerza que te movía a esperar otros días, la
continuidad de todas las historias que construíamos con solo mirar a
una esquina o cruzar un saludo. Y aunque quedáramos solos con la
vieja, seguiríamos dando la pelea. Nos dolió que tanta gente se
hubiera ido, y claro que nos dolió cuando supimos que nuestro hijo
se había mudado y que nunca seríamos abuelos. Pero había que ser
fuertes. Como el resto de las personas que habitaban el pueblo,
anacrónicos también, rebeldes que sustentan su resistencia al no
enterarse de nada, al no tener ningún interés en la contingencia,
como lo decían en los noticiarios. Varias veces vino la televisión
a visitar el pueblo fantasma, que ya sonaba como sede para los nuevos
contenedores que asegurarían por casi dos décadas el sistema de
mudanza, al menos en este país. Entrevistaron a uno de los últimos
vecinos, quien les comentó sobre su labor diaria, sobre ir al cerro
y juntar a los animales, contar historias junto al fogón, preparar
queso para las seis o siete personas que le comprábamos. La
periodista le preguntó su opinión sobre la posibilidad de que se
derrumbara gran parte del pueblo para edificar contenedores y el
hombre no entendió a qué se refería, pero le dijo que sería una
lástima que se arrasara con todo esto, porque había mucha historia
que no se debía perder, tradiciones que no deberíamos olvidar. Ya
lo ven, dijo la periodista mirando hacia la cámara, estamos viviendo
una época de cambios importantes en el mundo, lo que hasta ayer era
una innovación, un adelanto de la tecnología, lo que hasta ayer era
el futuro hoy es el presente, un presente que tenemos que enfrentar y
que conlleva muchos sacrificios. ¿Cómo podemos enfrentar este
fuerte cambio de paradigma? Solo el tiempo nos dará las respuestas
necesarias. Desde el pueblo, informando para meganoticias, se despide
Libra, dijo ella, con ese ritmo ridículo que tienen algunos
periodistas para hablar.
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