jueves, 15 de junio de 2017

Cazador de pumas

Asumiendo ingenuamente que algo producido por nuestras manos en coordinación con la mente puede perdurar un poco más que nosotros mismos, es justo creer que nos esmeramos buscando la combinación correcta de colores, el posicionamiento y proporción adecuado de los objetos y la delimitación clara de nuestras intenciones comunicativas en un pliego para que el producto definitivo perdure. Y con él nosotros. Porque más allá de lo que expresamos a viva voz, es complejo despedirse, asumir la finitud de todo. Entender la llegada del punto final, inexorable, traído por el furioso carro del tiempo, que nunca se cansa de avanzar. Por eso es que peleamos contra él, como perros que ladran a una rueda en movimiento, creyendo que esta se detendrá. Tratamos de arrancarle un trozo de caucho al tiempo en nuestra ilusión de posible eternidad. Escribimos cuentos, novelas, poemas. Pintamos cuadros, esculpimos la piedra.
Pero erramos en nuestra aspiración, porque el efecto de estas acciones no puede ser medido si lo ponderamos al futuro. El punto del tiempo en que debemos situar nuestra vista es el presente, y a lo sumo atrevernos a especular sobre la inmediatez de lo venidero. Pues el carácter pasajero de la experiencia nos somete a estas consideraciones. Si atrapamos, o intentamos hacerlo, un momento específico –así también un objeto, animal, persona o cualquier elemento que lo constituya- será este el que cargue con el peso y sentido más importante del gesto.
Si dibujo a la mujer que regenta la enfermería del colegio seremos ambos los más afectados por esta acción. Una parte de su ser completo se irá conmigo –así como una mía será adoptada por ella-. Y una cantidad enorme de la fuerza en este procedimiento será distribuida de forma inmediata.

Por ese lado se movían las ideas de Humber respecto a su arte.

No hay comentarios:

Publicar un comentario