“Asumiendo
ingenuamente que algo producido por nuestras manos en coordinación con la mente
puede perdurar un poco más que nosotros mismos, es justo creer que nos
esmeramos buscando la combinación correcta de colores, el posicionamiento y
proporción adecuado de los objetos y la delimitación clara de nuestras
intenciones comunicativas en un pliego para que el producto definitivo perdure.
Y con él nosotros. Porque más allá de lo que expresamos a viva voz, es complejo
despedirse, asumir la finitud de todo. Entender la llegada del punto final,
inexorable, traído por el furioso carro del tiempo, que nunca se cansa de
avanzar. Por eso es que peleamos contra él, como perros que ladran a una rueda
en movimiento, creyendo que esta se detendrá. Tratamos de arrancarle un trozo
de caucho al tiempo en nuestra ilusión de posible eternidad. Escribimos
cuentos, novelas, poemas. Pintamos cuadros, esculpimos la piedra.
Pero erramos en
nuestra aspiración, porque el efecto de estas acciones no puede ser medido si
lo ponderamos al futuro. El punto del tiempo en que debemos situar nuestra
vista es el presente, y a lo sumo atrevernos a especular sobre la inmediatez de
lo venidero. Pues el carácter pasajero de la experiencia nos somete a estas
consideraciones. Si atrapamos, o intentamos hacerlo, un momento específico –así
también un objeto, animal, persona o cualquier elemento que lo constituya- será
este el que cargue con el peso y sentido más importante del gesto.
Si dibujo a la
mujer que regenta la enfermería del colegio seremos ambos los más afectados por
esta acción. Una parte de su ser completo se irá conmigo –así como una mía será
adoptada por ella-. Y una cantidad enorme de la fuerza en este procedimiento
será distribuida de forma inmediata.”
Por ese lado se
movían las ideas de Humber respecto a su arte.
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