Ayer
me dijeron que hoy el tiempo se echaba a perder y yo pensé que era
una pena terminar las vacaciones de esa forma, aun cuando no tuviera
mayores planes. Quizás, pensaba ayer, podría salir a correr un
rato, pero si no acompañan las nubes, caprichosas, mejor me quedo
viendo alguna película o leyendo los pendientes: tengo un cuento de
Faulkner que me envió V el viernes y un artículo sobre el rol del
bibliotecario en torno al valor de la lectura, que me sugirió C.
Tengo que terminar de leer las historias también. Y quizás ahí
terminan mis más próximas deudas. Si me entusiasmo, pensaba,
escribo un poco. Y estudio. Eso ayer, mientras comíamos esa extraña
mezcla de arroz mojado, verduras y pollo que preparó mi hermano,
cuando ya estaba oscuro y, algo distraído, miraba el corte que tengo
en la mano, tratando de averiguar cuando me lo hice. Le dije a mi
mamá, mientras levantábamos la mesa, que me había hecho bien este
tiempo fuera de la rutina, que ya no me sentía agobiado y que tenía
disposición para hacer muchas cosas que antes me parecían lejanas.
Más tarde subimos un escritorio gigante por las escaleras con P.
Terminé muy cansado y me dormí casi al instante. No soñé nada, o
no recuerdo haber soñado nada. Podría haber aparecido alguno de
esos planes en mi sueño, pero no fue así, hubo en cambio un gran
manto púrpura que cubrió todas las horas que pasaron hasta que se
empezó a mecer la cortina por efecto del viento y me desperté,
cayendo en cuenta que había dejado abierta la ventana y que ya era
un nuevo día, el último, y que no llovía. Entonces di un par de
vueltas en la cama, estiré mis músculos y me levanté, me puse
pantalones, zapatillas, y abrí la puerta que da a la calle, que me
ofreció, tras un impacto de luz breve, una alfombra de nubes que se
golpeaban, que se situaban unas por sobre otras y formaban figuras
que daban la impresión de solidez. Todo muy gris y amable.
Amenazante y seductor. Y ahí estaba yo, mirándolas de pie. Y bien
atrás estaba la monotonía, el tedio y la mediocridad.
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