miércoles, 16 de septiembre de 2015

Wolfman

Por las mañanas me siento movido por una energía difícil de explicar, como si fuera un tipo de planta que se nutre de la luz del sol, que se alimenta del calor que genera el movimiento, de las conversaciones que se oyen al pasar y las personas que cruzan el mismo camino pero en diferentes sentidos. Me dura un buen rato. Hablo harto, me animo a hacer cosas. Pero siempre termina llegando un punto del tiempo que, a mi juicio, muy prontamente me debilita y empiezo a ser algo inútil, me canso y poca fuerza tengo para dar la pelea. Esta tarde, por ejemplo, devastado por un cansancio que atribuí a las pocas horas dormidas ultimamente, sumado al rutinario paso del tiempo en la biblioteca, le dije a mi colega, con la cabeza apoyada en el mesón, que lo que más quería en el mundo era estar en mi casa, acostado, viendo una película, quizás comiendo galletas. Después, unos minutos después, le pedí como gran favor que me trajera un café y que me regalara uno de los chilenitos que había comprado. Sí, era un estropajo humano, como a veces pasa, pero, si la pensaba, no tenía muchas razones para estar así. Claro, verlo ahora, desde la comodidad del reposo y la perspectiva, es muy simple y hasta parece soberbio hacer este juicio, como también lo puede parecer decirle a otras personas, sin conocer mayores detalles, qué deben hacer o cómo deben sentirse, pero no por eso, no por la apariencia o la posibilidad de una mala apreciación se deben abandonar todas las palabras. Hay que darle empujoncitos concientes a las ruedas, una que otra patada con rabia, para que empiecen a mover la carreta cuando las piedras son más prominentes. Esta tarde me tomé el café, me comí el chilenito y le di de probar un poco a la señora que viene a vendernos alfajores cada cierto tiempo. Estuve cansado un rato hasta que encontré unas esquinas donde había algo de calidez. Me gusta habitar esos espacios. Fue agradable reírse tomando fotos, conversar con la gente, tirar un par de tallas. Fue muy agradable tocarme las marcas de las esquirlas que dejaste este último tiempo. Que me trajeras las llaves e ir contigo donde pegaba el viento. Hacerte garbanzos y que me prepararas pan con palta. Que te quedara un resto de palta en la mejilla y te sintieras contenta por eso, cuando tomábamos las horas a la fuerza, las apilábamos en nuestro rincón esperando que fueran suficientes para todo lo que deseábamos.

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