Después
de varias semanas llenas de movimientos inesperados, de calles oscuras y
giros luminosos, semanas en que vi el mar, conversamos los
edificios y me perdí en los pinos, se me terminaron por fundir los
pulmones y el doctor, muy precavido, me mandó para la casa con
licencia. En perspectiva era un bálsamo hacerlo: podría descansar,
leer y estar acostado casi todo el día. Pero luego, puesto en
práctica, se volvió bastante aburrido y repetitivo, pues ahí,
encerrado, me vi muy limitado y terminé extrañando ciertas
interacciones. Empecé a mandarle mensajes a las personas que les
tengo estima, cariño, a los que me caen bien o a los que echo de
menos. A varios les mandé el mismo mensaje en que les pedía que
oraran por mi salud y les advertía que si me pasaba algo recordaban
que el tesoro estaba enterrado en aaaaaghhhhsnwrwsxsrt (esa parte era
como si me hubiera muerto y mi cuerpo en calidad de bolsa caía sobre
el teclado). Era una talla entretenida y sirvió para reírnos de
otras cosas, con algunas personas. Que al final también sirvió para
hacer algo más tolerante el reposo. Yo me quería perder en los
pinos, quería viajar a Lebu o molestar por el teléfono de la
biblioteca, pero no podía y, reducido, animaba el movimiento de
estas olas virtuales que tan poco mojan. Igual sabía que era un
descanso inevitable, no por el tema de la salud, sino por la
necesidad de tomar unos pasos hacia el lado para ver los hechos desde
un rincón en el que no pegara tan fuerte el viento. En la tarde
estaba viendo unos partidos y de repente cerraba los ojos y escuchaba
apenas a los relatores y pensaba en como los jugadores que se fueron
de la católica le van a hacer goles a la católica y de la nada
empezaba a pensar en otras cosas, sentía que me ahogaba y las
imágenes del mar, de caminar cuadras y cuadras sin tener donde ir,
se me mezclaban y pasaban de un ser puro caos a mostrar patrones que
antes me eran invisibles. Soñaba, deliraba, y me sentía contento
con lo que me había convertido.
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