La
verdad, le dije, no tengo con qué despertarme, estoy regulándome
ciento por ciento con mi reloj biológico y por eso a veces llego tan
tarde a algunos lugares y otras tan temprano. Me preguntó si tampoco
tenía espejo y para no darle la razón hice como que me reía, lo
que al final fue para peor porque me terminó delatando más
facilmente. Yo hacía tiempo que no soñaba nada que fuera digno de
mencionar, por lo que me entretenía escuchando los sueños de los
otros, quienes acostumbrados a que yo les contara los míos
terminaron reaccionando a esta ausencia de la mejor forma. Algunos
eran sueños muy simples, a los que se les podía sacar el rollo sin
pensarlo mucho. Me causaba curiosidad, eso sí, la interpretación
que tenían ellos mismos de lo que soñaban, la que difería mucho,
algunas veces, de la que yo hacía. Les preguntaba si de verdad eso
era lo que creían y me decían que sí. Me preguntaban ellos qué
creía yo y les decía lo que pensaba. Así perdí varios amigos. Con
el tiempo, cuando hablamos de esto, me decían que debí ser más
criterioso, que si podía ordenar las frases decentemente en un papel
también tenía que hacerlo al hablar: organizar lo que decía, cómo
lo decía y a quien lo decía. Así se rige el mundo. Yo me ponía
radical y les recordaba lo callampa que era el mundo y lo callampa
que seguiría siendo si manteníamos los mismos patrones de conducta
que terminábamos despreciando en políticos y figuras públicas,
pero que apenas y reconocíamos como propios. Bajo tu mismo
pensamiento de como se rige el mundo, les decía, de las normas que
debemos seguir para encajar o para surgir, es que a tres cuadras de
tu casa están violando a una cabrita que no puede entender por qué
le pasa eso solo a ella. Ahí me decían: ya te pusiste idiota. Y la
conversación se acababa. La verdad es que sí, era bastante idiota
esos días, aunque, a pesar de los extremos en que movía mis ideas,
confiaba plenamente en que algo positivo había en esa búsqueda de
transparencia. Por eso no hay espejo en tu casa, me preguntó. No,
nada que ver, le dije. Una vez estuve decidido a comprarme un espejo,
porque me quería cortar el pelo. Me había conseguido unas tijeras
rebuenas y tenía decidida la fecha en que lo haría, aunque no qué
tan corto lo dejaría. Anduve dando unas vueltas por el centro y en
un momento pasé por fuera de una tienda de chinos, que en vitrina
tenían un espejo a unos dos mil pesos, por ponerle un precio
accesible. Me sentí tentado, pero al final no lo compré. Eran como
las diez de la mañana y, si tenía suerte, ese día volvería tipo
once de la noche a la casa, por lo que comprarlo en ese mismo momento
me hubiera obligado a andar trayéndolo por todos lados y
arriesgándome a que se rompiera y me cargara con siete años de mala
suerte. Te imaginas, siete años de mala suerte, no podría
soportarlo. Siete años más sin que la católica salga campeón. No
hay cuerpo que aguante tanto sufrimiento. Así que no lo compré y me
convencí de que en un momento de la tarde encontraría otra tienda
de chinos y podría comprar uno similar. Obviamente eso nunca pasó.
Terminé muy borracho ese día y al siguiente anduve enfermo en el
trabajo, pero nadie se dio cuenta. Después se me quitaron las ganas
de cortarme el pelo. Bueno, me dijo con cara de amabilidad, entiendo
el punto de todo esto.
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