jueves, 14 de mayo de 2015

Eloïse Decazes

La verdad, le dije, no tengo con qué despertarme, estoy regulándome ciento por ciento con mi reloj biológico y por eso a veces llego tan tarde a algunos lugares y otras tan temprano. Me preguntó si tampoco tenía espejo y para no darle la razón hice como que me reía, lo que al final fue para peor porque me terminó delatando más facilmente. Yo hacía tiempo que no soñaba nada que fuera digno de mencionar, por lo que me entretenía escuchando los sueños de los otros, quienes acostumbrados a que yo les contara los míos terminaron reaccionando a esta ausencia de la mejor forma. Algunos eran sueños muy simples, a los que se les podía sacar el rollo sin pensarlo mucho. Me causaba curiosidad, eso sí, la interpretación que tenían ellos mismos de lo que soñaban, la que difería mucho, algunas veces, de la que yo hacía. Les preguntaba si de verdad eso era lo que creían y me decían que sí. Me preguntaban ellos qué creía yo y les decía lo que pensaba. Así perdí varios amigos. Con el tiempo, cuando hablamos de esto, me decían que debí ser más criterioso, que si podía ordenar las frases decentemente en un papel también tenía que hacerlo al hablar: organizar lo que decía, cómo lo decía y a quien lo decía. Así se rige el mundo. Yo me ponía radical y les recordaba lo callampa que era el mundo y lo callampa que seguiría siendo si manteníamos los mismos patrones de conducta que terminábamos despreciando en políticos y figuras públicas, pero que apenas y reconocíamos como propios. Bajo tu mismo pensamiento de como se rige el mundo, les decía, de las normas que debemos seguir para encajar o para surgir, es que a tres cuadras de tu casa están violando a una cabrita que no puede entender por qué le pasa eso solo a ella. Ahí me decían: ya te pusiste idiota. Y la conversación se acababa. La verdad es que sí, era bastante idiota esos días, aunque, a pesar de los extremos en que movía mis ideas, confiaba plenamente en que algo positivo había en esa búsqueda de transparencia. Por eso no hay espejo en tu casa, me preguntó. No, nada que ver, le dije. Una vez estuve decidido a comprarme un espejo, porque me quería cortar el pelo. Me había conseguido unas tijeras rebuenas y tenía decidida la fecha en que lo haría, aunque no qué tan corto lo dejaría. Anduve dando unas vueltas por el centro y en un momento pasé por fuera de una tienda de chinos, que en vitrina tenían un espejo a unos dos mil pesos, por ponerle un precio accesible. Me sentí tentado, pero al final no lo compré. Eran como las diez de la mañana y, si tenía suerte, ese día volvería tipo once de la noche a la casa, por lo que comprarlo en ese mismo momento me hubiera obligado a andar trayéndolo por todos lados y arriesgándome a que se rompiera y me cargara con siete años de mala suerte. Te imaginas, siete años de mala suerte, no podría soportarlo. Siete años más sin que la católica salga campeón. No hay cuerpo que aguante tanto sufrimiento. Así que no lo compré y me convencí de que en un momento de la tarde encontraría otra tienda de chinos y podría comprar uno similar. Obviamente eso nunca pasó. Terminé muy borracho ese día y al siguiente anduve enfermo en el trabajo, pero nadie se dio cuenta. Después se me quitaron las ganas de cortarme el pelo. Bueno, me dijo con cara de amabilidad, entiendo el punto de todo esto.

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