Según yo Costas era un volumen de relatos débil,
lejos de lo que había podido leer en Los vidrios negros y Blanco invierno. La
prosa mantenía la esencia compleja e intrincada que me había motivado en un
principio, pero no se podía desarrollar a gusto por las limitaciones que
suponía la extensión de los relatos. Muchos de ellos, de varias páginas,
estaban compuestos de uno o dos momentos que B se dedicaba a narrar mediante
descripciones minuciosas que cuando comenzaban a llenarte, a incitarte para
continuar, acababan bruscamente. Eso en líneas generales. Se podía decir que
estaba bien escrito, pero claro, eso no era suficiente. Uno de los relatos, La
desgracia en el monte, era perturbador, el momento más bajo de esa lectura.
Compuesto de frases breves, de numerosos párrafos y un par de personajes
pobremente estructurados, abandonaba todo el pensamiento desarrollado por B en
el resto de su obra y te obligaba a preguntarte si eso realmente fue escrito
por él o, peor aun, qué le pasó. Qué lo atormentaba en ese momento que llegó a
perder de tal manera su claridad. Yo por lo menos me lo pregunté, y sentí una
pena muy profunda una vez que terminé la lectura de Costas. Estaba
decepcionado, claro, pero el vínculo emocional que había generado con el autor
me hacía sentir más tristeza que rabia. Lo imaginaba en su taller,
cabeceándose, siendo incapaz de poder escribir, y conciente de estas
limitaciones. Lo vi llorando y yo también lloré, he de decirlo.
Según N el libro era una mierda total. Los cuentos
no se tratan de nada, me dijo. B se enreda y no sabe cómo salir. El final de su
trayectoria literaria coincide con el final de su existencia: posiblemente
murió amargado, hundido en la feca y sabiendo que no pudo hacer nada con su
vida. Eso me dice este texto. Es un grito desesperado, un manotazo de ahogado.
La incapacidad de aceptarse mediocre. Todo eso me dijo N, y cuando lo hizo no
pude sentirlo de otra manera que como un ataque personal. Le grité que lo que
decía al final eran puras conjeturas, que era la visión de una cabra que no
sabe nada de literatura, que qué se creía para hablar así de B, un hombre que
había logrado mucho más en su vida que cualquier otro que ella o yo
conociéramos. Entonces me gritó de vuelta y giramos en torno a la rutina que se
nos hacía habitual por esos días. Al final de esa conversación le dije, como si
tuviera importancia, que B no estaba muerto -lo que en realidad solo era una
suposición que hice pasar por verdad-. Que era un viejo, que posiblemente ya no
escribiera y en una de esas hasta estaba ciego, pero aun vivía. Y ella me dijo:
eso no importa.
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