Primera
parte.
El
otro día estuve escribiendo por casi cuatro horas seguidas, parando solo por
instantes para tomar agua o sacar la cabeza por la ventana. Eso fue un lunes,
tal vez, desde las nueve hasta un poco después de la medianoche. Terminada la
escritura me fui a la pieza, ordené la cama y traté de dormir. Lo bueno que
tiene esa casa es que durante la noche no se escucha prácticamente ningún
ruido, ya que como el patio es tan grande casi no son audibles los pocos autos
que pasan por fuera y si hay algo que pueda irrumpir tanto silencio son el par
de viejos borrachos que hablan fuerte porque ni ellos mismos se escuchan, pero
son los menos. Entonces, ante la ausencia del estímulo grande los pequeños se
vuelven perceptibles y tan llamativos que pareciera que se está construyendo
una historia antigua de la que recién nos damos cuenta. Descansar es simple
ahí. Esa noche, para cerrar esta parte, me dormí luego de un rato. Antes sentí
un dolor tremendo en la cabeza y en los brazos, como si me estuvieran amasando
el cerebro y trataran de sacármelo. Eso lo sentí muy vivamente y pensé que
incluso podía ser que finalmente me estuviera volviendo loco. Pero al final terminé
cayendo al sueño pese a todas las molestias, a un sueño profundo en el que era
protagonista pero no podía controlar lo que sucedía. Vivía una historia que
alcanzaba a cerrarse antes de despertar, totalmente repuesto y dispuesto al
viaje.
Durante
los días que pasaron entre este primer acontecimiento y la escritura de este
texto conversé sobre las características de mi experiencia –y los juicios y
cuestionamientos que surgían hacia ella- con algunas personas. G, que tiene una
perspectiva hacia la vida que a medida que pasan los años encuentra más y más
similitudes con la mía, me contó que él también había sentido muchas veces la
cabeza así de cansada, pero no al punto de pensar que se volvía loco o le
amasaban el cerebro. Mientras hablábamos de esto, a la mitad de una historia
sobre la adultez y las relaciones por teléfono que en cierta forma se inclinaba
a introducir el punto al que llegaríamos como conclusión esa noche, recordamos
la vez en que N me prestó un libro, muchos veranos atrás, y yo, como entonces
vivía en el campo, lo dejé en el patio y lo olvidé por algunos días, hasta que
se levantó un viento agresivo que hizo sonar la casa toda la noche y que a la
mañana siguiente devolvió lo que quedaba del libro en forma de docenas de
páginas rajadas que se repartían por todo el lugar. N –maniático como es con el
cuidado de sus cosas- se quejó durante meses con G, acusándome de
irresponsable. Pasaron años para que me volviera a prestar un libro. Nos
preguntamos entonces dónde estaría N, qué cosas podría estar haciendo con su
vida. Nos preguntamos qué hacían las personas con su vida, mientras en una mesa
cercana le cantaban el cumpleaños feliz a una mujer de pelo crespo. G dijo que
estaba bien sentir ese tipo de padecimiento físico cuando se está invirtiendo
en hacer algo que realmente te parezca interesante. Dijo que el mundo estaba
falto de pasión, la gente no tenía propósitos más allá de los convencionales,
que parecen programas de gobierno para que el hombre se conforme –por mencionar
uno: edificación de una relación amorosa, construcción de una familia sostenida
por la solidez laboral-. Yo encontré algo de razón en lo que me decía y le
conté que había pensado unos días atrás que llevar una existencia sin propósito
–la ausencia de pasión hacia algo- era negar una parte significativa del amor.
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