miércoles, 4 de marzo de 2015

Gat power

Primera parte.

El otro día estuve escribiendo por casi cuatro horas seguidas, parando solo por instantes para tomar agua o sacar la cabeza por la ventana. Eso fue un lunes, tal vez, desde las nueve hasta un poco después de la medianoche. Terminada la escritura me fui a la pieza, ordené la cama y traté de dormir. Lo bueno que tiene esa casa es que durante la noche no se escucha prácticamente ningún ruido, ya que como el patio es tan grande casi no son audibles los pocos autos que pasan por fuera y si hay algo que pueda irrumpir tanto silencio son el par de viejos borrachos que hablan fuerte porque ni ellos mismos se escuchan, pero son los menos. Entonces, ante la ausencia del estímulo grande los pequeños se vuelven perceptibles y tan llamativos que pareciera que se está construyendo una historia antigua de la que recién nos damos cuenta. Descansar es simple ahí. Esa noche, para cerrar esta parte, me dormí luego de un rato. Antes sentí un dolor tremendo en la cabeza y en los brazos, como si me estuvieran amasando el cerebro y trataran de sacármelo. Eso lo sentí muy vivamente y pensé que incluso podía ser que finalmente me estuviera volviendo loco. Pero al final terminé cayendo al sueño pese a todas las molestias, a un sueño profundo en el que era protagonista pero no podía controlar lo que sucedía. Vivía una historia que alcanzaba a cerrarse antes de despertar, totalmente repuesto y dispuesto al viaje.

Durante los días que pasaron entre este primer acontecimiento y la escritura de este texto conversé sobre las características de mi experiencia –y los juicios y cuestionamientos que surgían hacia ella- con algunas personas. G, que tiene una perspectiva hacia la vida que a medida que pasan los años encuentra más y más similitudes con la mía, me contó que él también había sentido muchas veces la cabeza así de cansada, pero no al punto de pensar que se volvía loco o le amasaban el cerebro. Mientras hablábamos de esto, a la mitad de una historia sobre la adultez y las relaciones por teléfono que en cierta forma se inclinaba a introducir el punto al que llegaríamos como conclusión esa noche, recordamos la vez en que N me prestó un libro, muchos veranos atrás, y yo, como entonces vivía en el campo, lo dejé en el patio y lo olvidé por algunos días, hasta que se levantó un viento agresivo que hizo sonar la casa toda la noche y que a la mañana siguiente devolvió lo que quedaba del libro en forma de docenas de páginas rajadas que se repartían por todo el lugar. N –maniático como es con el cuidado de sus cosas- se quejó durante meses con G, acusándome de irresponsable. Pasaron años para que me volviera a prestar un libro. Nos preguntamos entonces dónde estaría N, qué cosas podría estar haciendo con su vida. Nos preguntamos qué hacían las personas con su vida, mientras en una mesa cercana le cantaban el cumpleaños feliz a una mujer de pelo crespo. G dijo que estaba bien sentir ese tipo de padecimiento físico cuando se está invirtiendo en hacer algo que realmente te parezca interesante. Dijo que el mundo estaba falto de pasión, la gente no tenía propósitos más allá de los convencionales, que parecen programas de gobierno para que el hombre se conforme –por mencionar uno: edificación de una relación amorosa, construcción de una familia sostenida por la solidez laboral-. Yo encontré algo de razón en lo que me decía y le conté que había pensado unos días atrás que llevar una existencia sin propósito –la ausencia de pasión hacia algo- era negar una parte significativa del amor.

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