jueves, 19 de febrero de 2015

Sabatista del diablo

Algunas partes de Conce se están quemando desde algunos días, a ratos más intensamente, y eso ha alterado en algo cómo se ve la tarde. Ayer, por ejemplo, el sol se podía ver muy rojo y velado por el manto de humo que se tomó el cielo, lo que le daba un aspecto que hacía parecer el atardecer como una de las últimas cosas que apreciaríamos. Había algo lindo y terrible ahí. La gente le sacaba fotos con sus teléfonos, se paraba en las esquinas o se subía a alguna banca para alcanzar a enfocar más allá del tope de los edificios, y a mi me daban ganas de tomar una foto igual, pero como no tengo cámara seguía caminando e intercambiaba impresiones entre lo que veía arriba y lo que veía de los otros al lado. Durante la tarde igual empezaron a caer fragilmente los restos de la periferia quemada sobre el centro, las cenizas y todo lo que se quemó –desde lo más insignificante hasta lo que nunca supimos que era relevante- bajaba mecido por las intermitencias del viento y te caía en la cabeza, en los hombros y en el suelo. Se conversa harto sobre esto, le dije después. Está la idea de que todo es intencional. Ante eso uno se pregunta qué hay más allá.
Por la noche la caída de ceniza continuó. Aparte de eso es necesario decir que los extremos del día están muy helados. Amanece helado y en la noche se levanta un viento que te duelen las piernas. Es muy pronto, creo yo, para sentenciar el verano, aunque acá nunca hace mucho calor en realidad. Quienes viven acá están más preparados, saben qué se viene a esta altura, por eso cruzan la noche con bufandas, chaquetas y similares. La mujer que estaba delante nuestro, por ejemplo, usaba una pañoleta en el cuello que tenía un estampado que seguía un patrón que no alcancé a reconocer bien, y usaba también una chaqueta larga que con suerte dejaba ver el final de sus dedos delgados. Esta cabra, como casi todos los que estábamos ahí esa noche, tenía ceniza en los hombros y algo también en la cabeza, la que cada cierto tiempo se sacudía sin mucho éxito. Tenía pinta de ave. Y yo pensaba en esa canción que escuché en la tarde, A menudo un pájaro, de W M, por momentos fugaces en realidad, porque me pasaron pocas cosas por la cabeza en esos días. Nadie, volviendo al tema de la ceniza que debería ser lo importante –más allá de cualquier cosa que pueda decir sobre mis impresiones-, nadie parecía prestarle atención a la lluvia de ceniza, primero porque era leve y había que ser muy nanai para dedicarle un pensamiento y mucho más para escribirle un texto entero, y segundo porque todos parecían enormemente felices. Yo estaba contento, igual que todos, porque la situación era graciosa y porque sabía que esa alegría era compartida con los que quiero y que me acompañaban. En esa reciprocidad, en la felicidad compartida, había algo esencial y bueno que era innegable.

Antes de dormir pensé en el efecto del tiempo, en cómo los cerros quemados van a cambiar, volverán a crecer y dentro de esos años que se tomen en regresar uno también sufrirá modificaciones. Olvidaré algunas situaciones vividas, personas, emociones particulares, y en su lugar aparecerán unas nuevas. Parte de eso debería configurar la persona que seré entonces: lo quemado, lo que sigue ardiendo, los espacios en que están creciendo las plantas y esos donde los árboles ya tienen nombre. Es inevitable. Aunque perciba el tiempo como un suspiro o no sea capaz de diferenciar una estación de otra, este sigue pasando y sin remedio llega el momento en que, de frente al amor, se toma conciencia de que han pasado años, décadas, siglos, y que no hay inmunidad frente a ello. Los cambios imperceptibles que se suceden todos los días se vuelven evidentes. Eso me llama mucho la atención.

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