Algunas partes de Conce se
están quemando desde algunos días, a ratos más intensamente, y eso ha alterado
en algo cómo se ve la tarde. Ayer, por ejemplo, el sol se podía ver muy rojo y
velado por el manto de humo que se tomó el cielo, lo que le daba un aspecto que
hacía parecer el atardecer como una de las últimas cosas que apreciaríamos.
Había algo lindo y terrible ahí. La gente le sacaba fotos con sus teléfonos, se
paraba en las esquinas o se subía a alguna banca para alcanzar a enfocar más
allá del tope de los edificios, y a mi me daban ganas de tomar una foto igual,
pero como no tengo cámara seguía caminando e intercambiaba impresiones entre lo
que veía arriba y lo que veía de los otros al lado. Durante la tarde igual
empezaron a caer fragilmente los restos de la periferia quemada sobre el centro,
las cenizas y todo lo que se quemó –desde lo más insignificante hasta lo que
nunca supimos que era relevante- bajaba mecido por las intermitencias del
viento y te caía en la cabeza, en los hombros y en el suelo. Se conversa harto
sobre esto, le dije después. Está la idea de que todo es intencional. Ante eso
uno se pregunta qué hay más allá.
Por la noche la caída de
ceniza continuó. Aparte de eso es necesario decir que los extremos del día
están muy helados. Amanece helado y en la noche se levanta un viento que te
duelen las piernas. Es muy pronto, creo yo, para sentenciar el verano, aunque
acá nunca hace mucho calor en realidad. Quienes viven acá están más preparados,
saben qué se viene a esta altura, por eso cruzan la noche con bufandas,
chaquetas y similares. La mujer que estaba delante nuestro, por ejemplo, usaba
una pañoleta en el cuello que tenía un estampado que seguía un patrón que no
alcancé a reconocer bien, y usaba también una chaqueta larga que con suerte dejaba
ver el final de sus dedos delgados. Esta cabra, como casi todos los que
estábamos ahí esa noche, tenía ceniza en los hombros y algo también en la
cabeza, la que cada cierto tiempo se sacudía sin mucho éxito. Tenía pinta de
ave. Y yo pensaba en esa canción que escuché en la tarde, A menudo un pájaro,
de W M, por momentos fugaces en realidad, porque me pasaron pocas cosas por la
cabeza en esos días. Nadie, volviendo al tema de la ceniza que debería ser lo
importante –más allá de cualquier cosa que pueda decir sobre mis impresiones-,
nadie parecía prestarle atención a la lluvia de ceniza, primero porque era leve
y había que ser muy nanai para dedicarle un pensamiento y mucho más para
escribirle un texto entero, y segundo porque todos parecían enormemente
felices. Yo estaba contento, igual que todos, porque la situación era graciosa
y porque sabía que esa alegría era compartida con los que quiero y que me
acompañaban. En esa reciprocidad, en la felicidad compartida, había algo
esencial y bueno que era innegable.
Antes de dormir pensé en
el efecto del tiempo, en cómo los cerros quemados van a cambiar, volverán a
crecer y dentro de esos años que se tomen en regresar uno también sufrirá
modificaciones. Olvidaré algunas situaciones vividas, personas, emociones
particulares, y en su lugar aparecerán unas nuevas. Parte de eso debería
configurar la persona que seré entonces: lo quemado, lo que sigue ardiendo, los
espacios en que están creciendo las plantas y esos donde los árboles ya tienen
nombre. Es inevitable. Aunque perciba el tiempo como un suspiro o no sea capaz
de diferenciar una estación de otra, este sigue pasando y sin remedio llega el
momento en que, de frente al amor, se toma conciencia de que han pasado años,
décadas, siglos, y que no hay inmunidad frente a ello. Los cambios
imperceptibles que se suceden todos los días se vuelven evidentes. Eso me llama
mucho la atención.
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