Z me preguntó quién había
tomado la foto que estaba entre los libros botados bajo el escritorio y como yo
no entendí a qué foto se refería le pedí que me la mostrara. Ella se acercó,
estiró el brazo y me la alcanzó, primero mostrándomela –la puerta con el número
escrito en carbón, el marco oxidado de la ventana y el visillo que se alcanzaba
a ver tras el vidrio- y luego dejándola en mis manos. Ah, esta foto, le dije.
Esta me la encontré en otro lugar, en la casa que vivía antes que nos
conociéramos. Miré la foto y le di la vuelta solo para mostrarle el detalle de
la fecha, preguntándole si veía los números inscritos en la parte anterior, si
se daba cuenta del año en que fue tomada. Tiene una estética como de esos años,
me dijo. Para entonces, le comenté, yo ni siquiera tenía una cámara
fotográfica. Creo que había una en mi casa, pero nunca tenía rollo. Le
compraban uno para las vacaciones, uno o dos, y lo mandaban a revelar cuando
febrero empezaba a acabarse, de modo que ya en marzo, al tiempo que estábamos
entrando al colegio, estuvieran listas y las pudiéramos ver después de almuerzo
en el sillón. De eso muchos años, Z.
Entonces, preguntó algo inquieta, quién tomó esa foto. Qué lugar es ese.
Nos quedamos un rato discutiendo sin llegar a ningún acuerdo y cuando el día
empezó a desvanecer nos olvidamos del asunto.
mucho título.
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