Yo
nunca pensé o siquiera imaginé que las arañas tenían patas en la cabeza, pero cuando 1 me lo dijo
-aun de la forma en que fue: pasajera, tratando de explicar una reacción
instintiva- empecé a sentir ciertas dudas que me intranquilizaron, por lo menos
hasta que me detuve a averiguar sobre el tema. Resultaba que en realidad las
arañas no tenían patas en la cabeza, las tenían en ese tórax mutante que se
gastan. Poco me costó averiguar eso, más, sí, dónde tenían la cabeza. Pensé en
arañas toda la tarde y cuando llegué a la casa me quedé mirando las paredes a
ver si aparecía alguna, así como para haberme acercado y mirarla, que nos
viéramos frente a frente y yo saliera, de forma práctica, de mis cavilaciones.
Bastó un par de minutos en el sillón, vista al frente a la muralla, para que me
diera cuenta que mi búsqueda no tenía nada que ver con eso y que cualquier
respuesta no me era posible en aquel momento. En consecuencia apagué la luz,
prendí el computador y vi una película, como para que al menos me pesaran los
ojos y durmiera.
La
película no era mala, pero tampoco tenía nada consistentemente llamativo, salvo
una parte de la idea en que se basaba, que al final se desarrollaba tan
levemente, repitiendo y dándole vuelta tantas veces a un mensaje simple -sin
desarrollarlo a las muchas posibilidades que ofrecía- que llegaba a dar rabia.
No me dormí, por lo menos no mientras duró o cuando terminó la película. Sí lo
hice más tarde, con la ventana abierta y la camisa desabotonada, y cuando me
desperté no supe qué día era. Abrí la cortina y empecé a tantear el suelo
buscando el celular, porque tampoco tenía idea qué hora era y si es que tenía
que hacer algo, estar en alguna parte, cumplir un compromiso. Le conté eso a 2
y me dijo que tal vez tuve una especie de derrame cerebral, que perfectamente
me podía estar volviendo loco, justo como todos pensaban que iba a pasar en
algún momento, lo que causó que le diera unos palmazos en la cabeza en pos de
continuar una talla. Le conté que 3 me había dicho que yo no tenía
sentimientos, que era indiferente al dolor humano y que podría llegar a matar a
alguien sin sentir nada. Nos reímos. 3 gritó, desde la parte de atrás de la
micro, que lo sentía, que ya se había dado cuenta que yo sí tenía sentimientos,
porque claro, yo llevaba varios días diciéndole a todo el mundo que se me
acusaba de no tenerlos, lo que me había afectado hasta acercarme peligrosamente
a un cuadro depresivo.
*
He
escrito un montón ultimamente. Tengo dos plazos autoimpuestos para terminar la
novela, uno realista y otro muy optimista, y para cumplir con este último, que
es uno de los deseos más grandes que tengo ahora, me doy ánimos a cada rato.
Pienso todos los dias en la novela, pero hay varios en que no logro escribir ni
media línea. Me he propuesto varias veces llevar una libreta con apuntes, en
vez de las decenas de papeles sueltos que hay repartidos por la casa, y todos
los que se perdieron entre cambio y cambio; pero no me siento lo
suficientemente convencido como para llevar la mentada libreta. Me propongo
muchas cosas, siento otras y tengo el deseo de hacer todo eso y concluir la
novela.
Escribí
un texto, a finales del año pasado, que trataba sobre mi relación con el fútbol
durante ese perdíodo específico de tiempo. Hablaba primero de la católica, lo
que significaba seguir a mi equipo y la lección de fidelidad que habían sido
las últimas campañas; luego de la selección y cómo había perdido tanto interés
en ella desde que se fue Bielsa, y en cómo yo entendía su fracaso basándome en
que el pensamiento de ganar a toda costa era una basura. Ejemplificaba a un
país, pero para mi era digno de desprecio. Conversé mucho tiempo después sobre
eso mismo con 4, sobre la necesidad ridícula de ganar, de tener éxito a
cualquier precio. Concordamos en que cegarse ante la búsqueda del triunfo te negaba
la apreciación de las formas y métodos que se deben ejecutar para alcanzarlo.
Yo le dije que un libro de M decía que, justamente, el camino era lo
importante, no la meta. 4 me habló de otros autores que desarrollaban un
pensamiento similar.
*
Quise
escribir, en vez de esto que leíste, sobre el calor de los días, pero vi una
araña en la cortina. Tenía ocho patas y ninguna en la cabeza. Caminaba hacia
adelante, se movía hacia adelante.
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