jueves, 1 de enero de 2015

Gat Stevens, sabatista del diablo

El 31 caminábamos hacia el paradero con A y le pregunté dónde estaba esa fecha el año anterior. A me dijo que ahí mismo, haciendo la misma ruta. Y que su día había sido casi idéntico, lo que le causaba mucha pena y algo de miedo. Si el otro año estamos en la misma, le dije, entonces nos pegamos un balazo en la cabeza. Avanzamos unos metros y me preguntó dónde estuve yo el año anterior. Me puse a pensar y la verdad no me acordaba. Sabía donde pasé la noche, lo que pasó después y toda la parafernalia, pero no recordaba nada del día en sí. De hecho, si lo considero, decir que recuerdo qué pasó en la noche de año nuevo es exagerar, porque en realidad recuerdo personas y lugares, pero poco más de eso. No se, le dije.

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Para el día de los inocentes estuvimos discutiendo qué talla buena podríamos hacer en la biblio. Yo di un par de propuestas, pero mis compañeros, muy precavidos, me dijeron que eran pésimas ideas y que si llegaba a hacerlo podrían hasta despedirme. Aparte, dijo uno, ya te echaste encima a los locos de Santiago. Una talla mala sería el empujoncito que falta para que te corten el cogote. De aquí hasta acá, dijo haciendo un gesto con la mano. Algo de razón tendría, pero como todos queríamos reírnos un rato llegamos al acuerdo, entonces, de poner un aviso en internet asegurando que al día siguiente nos visitaría Jodorowsky. Hicimos un afiche y todo el mambo, lo publicamos y en cosa de minutos nos llegaron mensajes y llamadas pidiendo inscribirse para poder charlar con él, con Jodorowsky, al que, algunos, llamaron el maestro. De primeras me reí harto. Incluso después que publicamos que en realidad todo era una broma en ocasión del día seguían insistiendo en la actividad. Llegaron varias personas ese día. Al siguiente, cuando supuestamente estaría el maestro, vinieron un par más. El martes no vino nadie y el miércoles sí. Vino el director de un diario y nos preguntó cómo había estado la visita del maestro. Al director yo lo conocía, siempre visitaba la biblio con sus hijas e incluso le escribimos, con otros compañeros, una columna sobre literatura infanto-juvenil que publicó con ciertas correcciones -que me desmotivaron un montón- en la edición de un domingo. Le dije que en realidad era una talla, que nunca vino. Y dijo: qué pésima talla. Para ese momento yo había pasado del buen humor a una desánimo generalizado a causa del alto número de seguidores, fanáticos y fieles de la figura de Jodorowsky, que se comportaban como imbéciles. Posiblemente porque la mayoría eran imbéciles. Le dije al director que creía que la talla había sido buena, que en la credibilidad que tuvo y el impacto, que cayeran tantos pichones, radicaba su gracia. Él me contó que a raíz de esta visita había estado conversando con el director de un diario del norte. Discutían la siguiente situación: En Tocopilla iban a llamar una calle con el nombre del maestro -por haber vivido parte de su infancia ahí y usado el pueblo para filmar su última película-, pero finalmente decidieron nombrarla Alexis Sánchez. El director de diaro de acá decía que hubiera sido prudente preguntarle a Jodorowsky qué opinaba al respecto, pero finalmente no lo hizo, vaya a saber uno por qué. Al irse se dio la vuelta y dijo: en realidad fue una buena broma.

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A principios de año comencé a armar una lista con los textos que iba leyendo. Le sumaba comentarios sobre el mismo y añadía una contextualización a lo que fue el proceso de lectura. Ese ejercicio duró unos dos meses, con suerte un poco más. En un documento de cinco páginas está la reseña de nueve lecturas. No hay ensayos, ni teatro o poesía; hay siete novelas, un volumen de cuentos y un texto que mezcla entrevistas y reseña periodística. Hay tres autores chilenos, dos argentinos, un peruano, un español, un japonés y un sudafricano. En total los nueve textos suman mil setecientas sesenta y seis páginas.
Me gustaría hacer esta estadística con todos los textos que leí durante el año, pero es imposible. Aunque esforzara la memoria al máximo terminaría pasando por alto más de un par de lecturas. Y escribir una bitácora habiendo pasado tanto tiempo no me motiva lo suficiente, a pesar de que podría resultar interesante la perspectiva.
Durante el año armé, con múltiples personas, listas y rankings en diferentes categorías: las mejores salidas, los mejores escritores, los futbolistas más feos. Etcétera. Rankings que se difuminan en el resto de palabras que arman la conversación que sigue mientras caminamos o nos subimos a alguna micro, mientras esperamos que traigan algo a la mesa, nos encaramamos en un muro durante la noche profunda o viajamos en un auto blanco de madrugada, borrachos de alegría, a cientos de kilómetros del futuro. Fisicamente, en los pensamientos. Uno más no le hace daño a nadie y puede que aclare algunas cosas.
Este mismo texto es, hasta aquí, varias listas.
De aquí en adelante, valga decirlo, es una sola lista que desarrolla dos variables de la manera más clara.

Lo visto.

Sí: Cómo entrenar a tu dragón, la segunda; Silicon Valley: Black books; Nymphomaniac; Frank; Los niños lobo; Pin-pon summer; Vertigo; Nebraska; Labor day; Her; La migliore offerta; The worlds end; The master; Men, women and children. Boyhood por sobre todas las anteriores.

No: El planeta de los simios dos mil catorce; Interestelar; Los amores imaginarios; Melancholia.

Lo leído.

Sí: El comienzo de la primavera (Pron); Réquiem por un campesino (Sender); El sur (Villalobos); La montaña mágica (Mann); El libro de las ilusiones (Auster); Verano (Coetzee); Niños (Ferrada); Buenos días tristeza (Sagan); Algunos adioses (Mouat); Mi madre (Ford);

No: Las cartas de la ayahuasca (Ginsberg); Racimo (Zuñiga); Mis documentos (Zambra); Mapocho (Fernández); Hablar solos (Neuman); Borgestein (Bizzio).

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