viernes, 21 de noviembre de 2014

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El título de este texto es el que he querido ponerle a la novela desde el lunes, que al final es el mismo que tenía desde hace unos ocho meses, pero sin vocales y con las siete palabras pegadas. La escritura de esta ha sido un tema de placer los últimos dos a tres meses, pues ha habido un montón de progreso y cada uno ha significado una dosis de satisfacción. Ayer no avancé ni un párrafo pero igual me sentí bien. En la mañana hice deporte, a la hora de doce jugué play station, comí espárragos y leí con la ventana abierta. En la tarde fui al campo y me quedé mucho rato mirando la cordillera, que aun cuando está a más de cien kilómetros de distancia se ve colosal. Y combina el cielo con unos colores que sobrecogen, en especial cuando se está empezando a ir el sol y asoman las primeras estrellas. Estuve mucho rato pensando en el pasto, en eso de que fuera tan irregular para crecer pero que la gente se esmerara en que estuviera parejo, como si la idea de que un prado regular es bello no tuviera cuestionamiento. Cuando volvíamos del estadio íbamos viendo los jardines de las casas y decíamos: este tiene el pasto cortado, este no, este sí, este no. Hasta que llegamos a la casa y yo dije esta no, pero él me recriminó asegurando que hacía no muchos días lo habían cortado, aun cuando hasta donde yo veía estaba más largo que corto, de un largo que lo hacía parecer vivo y ajeno a la ciudad. Como el pasto del campo, que las mismas vacas terminan cortando, de tal manera que surgen formaciones naturales en que dialogan trozos de pastos larguísimos que parecen esmerados en alcanzar un lugar en que el sol de con más fuerza y otros muy cortos, débiles, que se aferran al suelo como si realmente ahí estuviera la seguridad. Hay un patrón que es imposible de descifrar a simple vista, pero su belleza no radica en eso, sino en el hecho de que ha sido permitido su crecimiento con naturalidad, no hay poda como tampoco ningún tipo de trabajo para buscar el ajuste a la norma, al corto preciso de un jardín –la fachada de una casa- amigable, hermoso a la vista, incuestionable. A todo el mundo le gusta el aire del campo, menos a algunas viejas que son comprometidamente unas viejas de mierda, las siluetas del horizonte y el sonido de los ríos, pero casi nadie se atreve a asir esa idea, porque, supongamos que es así, es más simple trabajar lo que se alcanza a ver un poco más allá de la vereda, tras la cerca, aunque no haya nada de concreto ahí.

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