viernes, 5 de septiembre de 2014

Tengo dos secretos y sólo te conté uno


Estuve como cuatro días seguidos comiendo helado y, bueno, es invierno. De barquillos a casatas. Sin ningún motivo especial, mero producto de la casualidad y uno que otro comentario azaroso que una vez pasadas las horas adquirió sentido al ver las conversaciones como la narración de una historia completa que se viene escribiendo en los días, con un montón de personajes y un par de pensamientos como ejes de la narración. El primer día me comí un barquillo de chocolate y menta. Hubo tres personas más con quien compartir la sesión de helados y cada uno apostó por diferentes sabores mientras conversábamos sobre alguno de los temas que saltaban como salmones. El segundo día uno de chocolate y cookies and cream. Hubo una persona para compartir. Pidió lúcuma, tal vez. No lo recuerdo. Nos sentamos junto a un vidrio gigante y miramos algunas cosas a la par que le contaba sobre las ideas que había tenido tras pasar varios días con mi abuelo. De vuelta venían historias de su madre y el medio armado de una telaraña sobre las impresiones de una cantante. El tercer día me comí uno de chocolate suizo con vainilla. Había una persona en frente y no tengo ninguna certeza sobre qué sabores pidió. Estaba lloviendo y nosotros a la intemperie, protegidos por un reducido techo, viendo pasar a la gente y sacando cuentas que no calzaban en ninguna lógica pero daban espacio a proyectar terrenos lejanos, a sentir olores ajenos a los que día a día alcanzamos a punta de empeño. Contamos un par de historias, después caminamos en sentidos opuestos. El cuarto día fui con mora crema. Había dos personas más y, echados en un sillón, tiramos un par de tallas, sin despreocuparnos del fuego –que habíamos prendido hace un rato y terminó originando esta necesidad de comer helado-. Todos comimos el mismo sabor, nos reímos un rato y discutimos porque uno dijo que ahora habían casatas de trululú y los otros dos no lo creyeron. Revisamos unas páginas de internet y un par de imágenes afirmaban esto del trululú, ante la incredulidad de los otros que, aun a pesar de todo, seguían con dudas. Las imágenes, dijo uno, son pura falsedad en internet. Si Ana Frank tuviera facebook, dijo, y pusiera la única imagen que hay de ella como foto de perfil, todos creerían que es feliz. La idea dio para un par de chistes más, hasta que los vasos antes colmados quedaron desiertos. El quinto día no hubo helado. Fui al centro a buscar la casata de trululú, pero no la encontré. No se si era porque nunca existió o porque estaba agotada. Tampoco quise preguntar. Al volver, de pura casualidad, vi un video en youtube donde se comentaba Paranoia Agent y entre las cosas que se decía se destacaba el hecho de que la serie no tenía un protagonista claro, pero en cambio había un par de ideas relacionadas a lo que el autor del video llamaba psicología humana que se repetían y desarrollaban a lo largo de los trece capítulos que duraba. Después hice sinapsis y en segundos estaba en la calle, buscando un teléfono público.

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