jueves, 31 de julio de 2014

Everybody gets a little lost sometimes



Va un año más o menos desde que empecé el texto de Blanco y no estoy ni cerca de terminarlo. Lo he estado mirando y creo que no llevo ni un tercio de lo que proyecto será el resultado final. No porque haya trabajado poco en él, porque le he dado, le he dado duro. Hay días en que de repente se hizo tarde y yo había escrito tres párrafos, terminando exhausto. Esos días salí a la calle a tomar aire, sin ninguna pretensión, mareado y adolorido. Otros día, claro, no escribí nada. Perdí el tiempo yendo a la pega o escribiendo artículos inútiles para revistas que a nadie le interesan –incluyéndome-. O haciendo otras actividades. Si lo pienso bien, hace un año exacto no tenía el mismo trabajo que hoy ni la misma carga académica. Hace un año tenía el pelo corto y comía carne. Creo que ni siquiera tenía barba. Tampoco sabía lo buena que era la mezcla de leche de choco con café. Y la mayoría de las canciones que he escuchado escribiendo este párrafo hace un año no las había oído nunca. Y bueno, otras cosas más. El paso del tiempo es evidente, pero no lo siento reflejado en el estado del texto de Blanco, mayormente porque lo tiendo a comparar con los otros de largo aliento que escribí antes. El de la casa amarilla –que nunca llegué a corregir completo porque el computador se fundió y perdí todas las copias- me tomó unos siete meses, un poco más un poco menos. El de Mónica trece o catorce meses llegar a un producto que creí definitivo y que para entonces me dejó tranquilo. El de Mónica no es un gran texto, tiene ilimitadas pifias y se mete a profundos pantanos amorosos que no logré controlar y que ahora me pesan, pero significó algo importante al ser el primero que sentí terminado en algún momento. Incluso imprimí una copia, una sola copia, y la regalé. Tuvo un montón de significado el texto de Mónica. El de Blanco, hasta ahora, no logra cuajar. Lo sigo viendo blando, no logro conseguir distinguir una forma clara en él. No se me ha escapado ni creo que lo haga, pero me está costando mucho trabajo lidiar con él y eso a veces me cansa un montón. Un día, en San Pedro, escribí dos páginas de un tirón. Me habré demorado tres horas, pero sentí como si fueran nueve, y cuando terminé la cabeza me ardía. Me fui temprano, no me importó mucho -para entonces ya estaba en campaña para que me despidieran-, y en el camino de vuelta repensaba cada línea escrita. Creo que he disfrutado menos escribiendo este que los otros en un nivel específico, pero a grandes rasgos me siento más conforme con las pocas formas que va logrando que con otras que he conseguido anteriormente. Puede que al final sea un mamarracho como todos los demás, es una posibilidad alta, pero no puede ser un impedimento ni niega el gusto de estar en este camino. Hay que asumir riesgos. Hay que restar dinero y sumarle horas al día, andar en bicicleta por el campo, ponerse papel de diario en los calcetines, mear en la oscuridad más profunda con los que esperan que sigas vivo muchos años más.

No hay comentarios:

Publicar un comentario