Va un año más o menos
desde que empecé el texto de Blanco y no estoy ni cerca de terminarlo. Lo he
estado mirando y creo que no llevo ni un tercio de lo que proyecto será el
resultado final. No porque haya trabajado poco en él, porque le he dado, le he
dado duro. Hay días en que de repente se hizo tarde y yo había escrito tres
párrafos, terminando exhausto. Esos días salí a la calle a tomar aire, sin
ninguna pretensión, mareado y adolorido. Otros día, claro, no escribí nada.
Perdí el tiempo yendo a la pega o escribiendo artículos inútiles para revistas
que a nadie le interesan –incluyéndome-. O haciendo otras actividades. Si lo
pienso bien, hace un año exacto no tenía el mismo trabajo que hoy ni la misma
carga académica. Hace un año tenía el pelo corto y comía carne. Creo que ni
siquiera tenía barba. Tampoco sabía lo buena que era la mezcla de leche de
choco con café. Y la mayoría de las canciones que he escuchado escribiendo este
párrafo hace un año no las había oído nunca. Y bueno, otras cosas más. El paso
del tiempo es evidente, pero no lo siento reflejado en el estado del texto de
Blanco, mayormente porque lo tiendo a comparar con los otros de largo aliento
que escribí antes. El de la casa amarilla –que nunca llegué a corregir completo
porque el computador se fundió y perdí todas las copias- me tomó unos siete
meses, un poco más un poco menos. El de Mónica trece o catorce meses llegar a
un producto que creí definitivo y que para entonces me dejó tranquilo. El de
Mónica no es un gran texto, tiene ilimitadas pifias y se mete a profundos
pantanos amorosos que no logré controlar y que ahora me pesan, pero significó
algo importante al ser el primero que sentí terminado en algún momento. Incluso
imprimí una copia, una sola copia, y la regalé. Tuvo un montón de significado
el texto de Mónica. El de Blanco, hasta ahora, no logra cuajar. Lo sigo viendo
blando, no logro conseguir distinguir una forma clara en él. No se me ha
escapado ni creo que lo haga, pero me está costando mucho trabajo lidiar con él
y eso a veces me cansa un montón. Un día, en San Pedro, escribí dos páginas de
un tirón. Me habré demorado tres horas, pero sentí como si fueran nueve, y
cuando terminé la cabeza me ardía. Me fui temprano, no me importó mucho -para
entonces ya estaba en campaña para que me despidieran-, y en el camino de
vuelta repensaba cada línea escrita. Creo que he disfrutado menos escribiendo
este que los otros en un nivel específico, pero a grandes rasgos me siento más
conforme con las pocas formas que va logrando que con otras que he conseguido
anteriormente. Puede que al final sea un mamarracho como todos los demás, es
una posibilidad alta, pero no puede ser un impedimento ni niega el gusto de
estar en este camino. Hay que asumir riesgos. Hay que restar dinero y sumarle
horas al día, andar en bicicleta por el campo, ponerse papel de diario en los
calcetines, mear en la oscuridad más profunda con los que esperan que sigas
vivo muchos años más.
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