El otro día, a la hora
del desayuno, mi mamá me contó toda la historia de Fatmagül y yo, que de
primeras no entendí mucho por la cantidad de personajes y los nombres de cada
uno, revolviendo el té le pregunté que cuándo daban otro capítulo, a lo que me responde
que el domingo. Ese domingo no estuve, pero al par de días conversamos sobre el
tema otra vez e incluso, una noche en que llegué justo a la hora en que
empezaba, la acompañé a ver la novela, echados en el sillón. Entonces yo le iba
haciendo preguntas para entender mejor la historia y ella me explicaba. Fue un
buen rato, nos divertimos e incluso me tiró un par de tallas. Los capítulos
siguientes no los vi y cada tanto comentaba de esta situación con la gente con
que me encontraba. La historia variaba en detalles dependiendo de la relación
que tuviera con quien me escuchaba; así cuando a uno le decía que ese primer
acercamiento a Fatmagül fue como a las once de la mañana, acompañando el té con
queso fresco, a otro le decía que en el pueblo el sol pegaba con ganas durante
la mañana. La gracia era amasar la anécdota hasta el momento en que ocurriera
algo que me motivara a escribirla y de paso formar pequeñas ligazones con cortes de lana con los otros, los que ven la novela, los que piensan que es una
tontera y los que gustan de conversar por el gusto de compartir un espacio, un
momento de la historia. Hasta el momento en que a pesar de lo fea que estuviera
la calle, con todas las bolsas de basura hechas jirones y la mugre azotándonos
la paciencia, sucediera algo que motivara a prender el computador, abrir el
word y darle a las teclas, tratando de hacer una combinación agradable de
palabras y que dijera, al mismo tiempo, que hay espacios antiguos que siempre
serán presente. Y que están bien, animan el movimiento de las olas. Lo que fue
la tercera aproximación a Fatmagül. Comí un poco de arroz que quedaba del
almuerzo, posiblemente. No había pasado los días anteriores en la casa, así que
nunca supe cuán añeja estaba la comida, ni siquiera probándola y tomándome el
tiempo de saborear en busca de una fecha, al menos aproximada. Pude haberle
preguntado a mi mamá, pero no hubo mucho espacio para conversar al respecto
porque al par de frases dijo que iba a empezar la novela, así que nos sentamos
a verla. El capítulo fue buenísimo. Ya podía reconocer a los personajes
principales y cuando aparecía uno nuevo no se hacía problemas en explicarme.
Esa señora está medio loca, dijo en una ocasión. Esos son los que se violaron a
Fatmagül, dijo en otra. Al final, con los ánimos muy altos y la expectación por
lo que sucedería en el siguiente capítulo –movidos con las escenas que
anticipaban lo que depararía- le dije que encontraba que la novela había estado
tremenda y ella coincidió, añadiendo que esperaba hace rato un episodio así:
movido, colmado de acción y tensión. Después que terminó nos tomamos un té.
Pensé en cómo habían pasado los años en ella, en las canas y la vejez. Pensé en
mis años igual, en la breve historia que he escrito. Le pregunté si se acordaba
de Z. Claro, me dijo. Compartimos un par de anécdotas, situándose ella en la
cuestión de qué sería de Z hoy en día, si estaba en el pueblo o había viajado
más allá, y yo en el pasado, rememorando los días de escuela, los paseos a la
alameda, las vueltas por la laguna. Me preguntó qué pasó con Z, por qué salía a
cuento así. Entonces fui capaz de decirle que Z estuvo embarazada, muchos años
atrás, cuando todavía éramos pololos. Que nadie supo, porque perdió al que
hubiera sido mi hijo. Era primera vez que le decía de esto a alguien. Mi madre
reaccionó como debía reaccionar. Entonces me invadió el silencio y pensé en
Fatmagül, que tiene una expresión de dolor muy particular en su rostro, que la
hace idéntica a Z.
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