martes, 30 de septiembre de 2014

Clawdia Chauchat


El otro día, a la hora del desayuno, mi mamá me contó toda la historia de Fatmagül y yo, que de primeras no entendí mucho por la cantidad de personajes y los nombres de cada uno, revolviendo el té le pregunté que cuándo daban otro capítulo, a lo que me responde que el domingo. Ese domingo no estuve, pero al par de días conversamos sobre el tema otra vez e incluso, una noche en que llegué justo a la hora en que empezaba, la acompañé a ver la novela, echados en el sillón. Entonces yo le iba haciendo preguntas para entender mejor la historia y ella me explicaba. Fue un buen rato, nos divertimos e incluso me tiró un par de tallas. Los capítulos siguientes no los vi y cada tanto comentaba de esta situación con la gente con que me encontraba. La historia variaba en detalles dependiendo de la relación que tuviera con quien me escuchaba; así cuando a uno le decía que ese primer acercamiento a Fatmagül fue como a las once de la mañana, acompañando el té con queso fresco, a otro le decía que en el pueblo el sol pegaba con ganas durante la mañana. La gracia era amasar la anécdota hasta el momento en que ocurriera algo que me motivara a escribirla y de paso formar pequeñas ligazones con cortes de lana con los otros, los que ven la novela, los que piensan que es una tontera y los que gustan de conversar por el gusto de compartir un espacio, un momento de la historia. Hasta el momento en que a pesar de lo fea que estuviera la calle, con todas las bolsas de basura hechas jirones y la mugre azotándonos la paciencia, sucediera algo que motivara a prender el computador, abrir el word y darle a las teclas, tratando de hacer una combinación agradable de palabras y que dijera, al mismo tiempo, que hay espacios antiguos que siempre serán presente. Y que están bien, animan el movimiento de las olas. Lo que fue la tercera aproximación a Fatmagül. Comí un poco de arroz que quedaba del almuerzo, posiblemente. No había pasado los días anteriores en la casa, así que nunca supe cuán añeja estaba la comida, ni siquiera probándola y tomándome el tiempo de saborear en busca de una fecha, al menos aproximada. Pude haberle preguntado a mi mamá, pero no hubo mucho espacio para conversar al respecto porque al par de frases dijo que iba a empezar la novela, así que nos sentamos a verla. El capítulo fue buenísimo. Ya podía reconocer a los personajes principales y cuando aparecía uno nuevo no se hacía problemas en explicarme. Esa señora está medio loca, dijo en una ocasión. Esos son los que se violaron a Fatmagül, dijo en otra. Al final, con los ánimos muy altos y la expectación por lo que sucedería en el siguiente capítulo –movidos con las escenas que anticipaban lo que depararía- le dije que encontraba que la novela había estado tremenda y ella coincidió, añadiendo que esperaba hace rato un episodio así: movido, colmado de acción y tensión. Después que terminó nos tomamos un té. Pensé en cómo habían pasado los años en ella, en las canas y la vejez. Pensé en mis años igual, en la breve historia que he escrito. Le pregunté si se acordaba de Z. Claro, me dijo. Compartimos un par de anécdotas, situándose ella en la cuestión de qué sería de Z hoy en día, si estaba en el pueblo o había viajado más allá, y yo en el pasado, rememorando los días de escuela, los paseos a la alameda, las vueltas por la laguna. Me preguntó qué pasó con Z, por qué salía a cuento así. Entonces fui capaz de decirle que Z estuvo embarazada, muchos años atrás, cuando todavía éramos pololos. Que nadie supo, porque perdió al que hubiera sido mi hijo. Era primera vez que le decía de esto a alguien. Mi madre reaccionó como debía reaccionar. Entonces me invadió el silencio y pensé en Fatmagül, que tiene una expresión de dolor muy particular en su rostro, que la hace idéntica a Z.

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