viernes, 11 de abril de 2014

La debilidad de los kilómetros

Ayer anduve receptivo. No dije casi nada. Posiblemente no dije nada. Aparte de saludar y aportar con puentes que juntaban una idea con otra de quien me estaba hablando, no dije nada. Escuché un montón, me fijé en lo que decían y cómo movían las manos, en el tono que adquirían sus voces y las pausas que tomaban. Me enteré de varias cosas nuevas y volví a escuchar historias que se me hacen familiares de tan repetidas que están. Todo en los bloques en que se divide el día y las personas que conforman cada bloque. Las que completan y las fugaces, las planeadas y las espontáneas. La sorpresa y la oscuridad.
Viajé en camión y escuché al tipo que lo conducía quejarse por la injusticia, que para él era la repartición de dinero entre los trabajadores. Hacía muchos años que no andaba en camión por Concepción.
Por la noche dormí un rato. Soñé con la figura de una mujer de piernas largas que asomaba en el marco de la puerta. Se apoyaba en las bisagras de pura casualidad y parece que decía algo. Yo no la escuchaba ni podía ver si en realidad estaba moviendo los labios, porque todo, al final, estaba muy oscuro; pero sí sentía que intentaba decirme algo. Ajeno a la realidad vivida –quizás el día en que mejor entendí lo que la gente me decía- no supe nunca qué trataba de contarme esta silueta, que al final se volvía la materia espesa que ocupa todo antes de despertar. Sin dormir, sabiendo que faltaba un montón para que amanezca, me levanté y puse el hervidor.
El te me gusta con miel, con cáscaras de limón o solo. El de anoche me lo tomé con miel.
Quise pensar en las cosas que había oído o en los sueños que vengo teniendo las últimas noches -que veo ya como partes de un rompecabezas que me es imposible armar-, pero prefería la contemplación del presente inmediato, sentado en el suelo de mi pieza. Yo frente a las humildes torres de libros que comprenden mi biblioteca. Tomé algunos. Tengo moby dick. Lo mantengo a la vista siempre. Como en el boxeo sostenemos un round de observación. Tomamos una distancia prudente y posamos fijos el uno al otro: la vista penetra la solapa, busca un punto desde el que lo pueda tomar por sorpresa. Esperamos, el momento adecuado. Porque se que un día te tomaré y no te volveré a soltar. Igual tengo uno de Kundera que veo cada cierto tiempo. Habla de la muerte y las mujeres. Tengo también todos los que debo leer para la u, pero esos juntan polvo y no muestran signos de vida.
Hay uno de tapa celeste con verde que tiene el dibujo de una mujer con un gorro de paja: ese lo tengo desde hace siete años. Lo compré en una feria del libro que se instaló en la plaza de Chillán en Agosto del dos mil siete y al par de días lo leí, ya en San Carlos. A los años lo traje a Conce y alguna vez lo miré de reojo. Anoche lo vi otra vez, me lo quedé mirando, le toqué los bordes, añejos ya, las hojas gastadas. Encontré que el tiempo lo había vuelto un libro súper lindo. Lo dejé sobre los otros y salí de la casa, seguro de que el nivel de excitación que había alcanzado viendo los libros me impediría dormir hasta el otro día. Me puse a caminar por los carrera, en dirección al río. Escuché un disco completo que había bajado hace unos días y empecé a pedir para que lloviera un rato.

Cuando empezó a aclarar ya venía de vuelta. Me convencí de que sería bueno regalar el libro en las próximas semanas. Luego dormí un poco y luego era hoy. Hoy comí arvejas, me puse un gorro y afronté la lluvia. Con los pies mojados y el pecho tibio.

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