Ayer
anduve receptivo. No dije casi nada. Posiblemente no dije nada. Aparte de
saludar y aportar con puentes que juntaban una idea con otra de quien me estaba
hablando, no dije nada. Escuché un montón, me fijé en lo que decían y cómo movían
las manos, en el tono que adquirían sus voces y las pausas que tomaban. Me
enteré de varias cosas nuevas y volví a escuchar historias que se me hacen
familiares de tan repetidas que están. Todo en los bloques en que se divide el
día y las personas que conforman cada bloque. Las que completan y las fugaces,
las planeadas y las espontáneas. La sorpresa y la oscuridad.
Viajé
en camión y escuché al tipo que lo conducía quejarse por la injusticia, que
para él era la repartición de dinero entre los trabajadores. Hacía muchos años
que no andaba en camión por Concepción.
Por
la noche dormí un rato. Soñé con la figura de una mujer de piernas largas que
asomaba en el marco de la puerta. Se apoyaba en las bisagras de pura casualidad
y parece que decía algo. Yo no la escuchaba ni podía ver si en realidad estaba
moviendo los labios, porque todo, al final, estaba muy oscuro; pero sí sentía
que intentaba decirme algo. Ajeno a la realidad vivida –quizás el día en que
mejor entendí lo que la gente me decía- no supe nunca qué trataba de contarme
esta silueta, que al final se volvía la materia espesa que ocupa todo antes de
despertar. Sin dormir, sabiendo que faltaba un montón para que amanezca, me
levanté y puse el hervidor.
El
te me gusta con miel, con cáscaras de limón o solo. El de anoche me lo tomé con
miel.
Quise
pensar en las cosas que había oído o en los sueños que vengo teniendo las últimas
noches -que veo ya como partes de un rompecabezas que me es imposible armar-,
pero prefería la contemplación del presente inmediato, sentado en el suelo de
mi pieza. Yo frente a las humildes torres de libros que comprenden mi biblioteca.
Tomé algunos. Tengo moby dick. Lo mantengo a la vista siempre. Como en el boxeo
sostenemos un round de observación. Tomamos una distancia prudente y posamos fijos
el uno al otro: la vista penetra la solapa, busca un punto desde el que lo
pueda tomar por sorpresa. Esperamos, el momento adecuado. Porque se que un día
te tomaré y no te volveré a soltar. Igual tengo uno de Kundera que veo cada
cierto tiempo. Habla de la muerte y las mujeres. Tengo también todos los que
debo leer para la u, pero esos juntan polvo y no muestran signos de vida.
Hay
uno de tapa celeste con verde que tiene el dibujo de una mujer con un gorro de
paja: ese lo tengo desde hace siete años. Lo compré en una feria del libro que
se instaló en la plaza de Chillán en Agosto del dos mil siete y al par de días
lo leí, ya en San Carlos. A los años lo traje a Conce y alguna vez lo miré de
reojo. Anoche lo vi otra vez, me lo quedé mirando, le toqué los bordes, añejos
ya, las hojas gastadas. Encontré que el tiempo lo había vuelto un libro súper
lindo. Lo dejé sobre los otros y salí de la casa, seguro de que el nivel de
excitación que había alcanzado viendo los libros me impediría dormir hasta el
otro día. Me puse a caminar por los carrera, en dirección al río. Escuché un
disco completo que había bajado hace unos días y empecé a pedir para que
lloviera un rato.
Cuando
empezó a aclarar ya venía de vuelta. Me convencí de que sería bueno regalar el
libro en las próximas semanas. Luego dormí un poco y luego era hoy. Hoy comí
arvejas, me puse un gorro y afronté la lluvia. Con los pies mojados y el pecho
tibio.
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