Estas últimas semanas me he
inclinado a moverme haciendo deo. Particularmente el tramo desde el
supermercado hasta el cerro. Esta disposición obedece a una convicción
particular, originada el día que el colectivero me cobró cincuenta pesos de más,
contra el sistema de taxis y colectivos. Supongo que por mi habilidad nata para
hacer deo perpetuaré esta conducta; por lo menos durante el tiempo que necesite
recorrer dicho tramo.
En lo que dura el viaje
trato de sacarle el rollo a la gente. De la docena de personas con que he
viajado es posible rescatar dos personajes interesantes. El primero fue un tipo
que iba a la farmacia. Le pregunté si vivía por acá y me dijo que no, pero que
años atrás venía a estos lados con frecuencia, a hacer clases particulares.
Hablamos del tema, de lo bien que pagaban y de lo porfiados para entender que
eran los cabros. Contaba que eso era cuando estaba estudiando –se veía mayor,
algo de calvicie le empezaba a carcomer la autoestima, pero de seguro no tendría
dos o tres años más que yo-, que había sido un buen ingreso para el duro tiempo
que le tocó. Ahora la vida anda bien, continuaba. No tengo que subir caminando,
aunque supe –dijo- lo que era subir hasta las últimas casas y llegar todo
sopeado a hacerle clases a un niño que se desvelaba por no tener el último
modelo en equipos de celulares inteligentes. Me preguntó dónde me dejaba y le
dije que fuera de la farmacia estaba bien. Antes de llegar me contó que ahora
trabajaba como inspector de farmacias: se hacía pasar por cliente y verificaba
que lo atendieran bien, le ofrecieran promociones y le cobraran los precios
correctos. Me mostré sorprendido y dije que pensaba que los clientes incógnitos
eran un mito, como para avivar la conversación. Aunque claro, yo sabía que no
era así. Tiró un par de chistes y nos despedimos.
El segundo personaje era
una mujer. Estaba en uno de los últimos años de odontología. Vestía como tal y
parecía venir de vuelta de la universidad. Me contó que en su familia todos
eran dentistas, desde su madre hasta el perro, lo que le había facilitado la
elección vocacional. Pero de eso, años más años menos, va mucho tiempo. Escuchábamos
September. Yo le dije que esa canción era súper buena y ella me encontró toda
la razón. Dijo algo así como: ¿cierto que sí?; y se mató de la risa. Tras
echarme un par de miradas aseguró que yo era la viva imagen de alguien más, un
personaje de alguna película del que no podía acordarse. No recuerdo muy bien
qué talla pensé, pero le terminé diciendo que siempre me encontraban parecido a
Francisco Coloane. Ella no sabía cómo era Coloane, pero lo había leído y le
gustaba el olor que desprendían sus historias, la sensación que le dejaba, de
estar en otra parte, horizontal con la naturaleza y relacionándose con las
personas de una manera tan honesta que calentaba el corazón. A pesar de sus
gafas enormes pudimos hermanar un par de ideas que compartimos sobre la lectura
de Coloane. Le pregunté si me podía dejar cerca de la bencinera y al
despedirnos me dijo chau con un hilo de voz que se desvanecía lento al final de
la palabra.
Nunca supe cuál era el nombre
de estas personas, obviamente. No tiene mucha importancia. De hecho, no tiene
ninguna importancia. El valor que ostentan va por otro lado. Por el lado de los
gestos y las palabras, de la forma de tomar el manubrio y enfrentar las curvas.
Hay un motivo que los vuelve interesantes y que anima el movimiento los días en
que el viento apenas se siente.
Impecable.
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