martes, 11 de marzo de 2014

El presente

Estas últimas semanas me he inclinado a moverme haciendo deo. Particularmente el tramo desde el supermercado hasta el cerro. Esta disposición obedece a una convicción particular, originada el día que el colectivero me cobró cincuenta pesos de más, contra el sistema de taxis y colectivos. Supongo que por mi habilidad nata para hacer deo perpetuaré esta conducta; por lo menos durante el tiempo que necesite recorrer dicho tramo.
En lo que dura el viaje trato de sacarle el rollo a la gente. De la docena de personas con que he viajado es posible rescatar dos personajes interesantes. El primero fue un tipo que iba a la farmacia. Le pregunté si vivía por acá y me dijo que no, pero que años atrás venía a estos lados con frecuencia, a hacer clases particulares. Hablamos del tema, de lo bien que pagaban y de lo porfiados para entender que eran los cabros. Contaba que eso era cuando estaba estudiando –se veía mayor, algo de calvicie le empezaba a carcomer la autoestima, pero de seguro no tendría dos o tres años más que yo-, que había sido un buen ingreso para el duro tiempo que le tocó. Ahora la vida anda bien, continuaba. No tengo que subir caminando, aunque supe –dijo- lo que era subir hasta las últimas casas y llegar todo sopeado a hacerle clases a un niño que se desvelaba por no tener el último modelo en equipos de celulares inteligentes. Me preguntó dónde me dejaba y le dije que fuera de la farmacia estaba bien. Antes de llegar me contó que ahora trabajaba como inspector de farmacias: se hacía pasar por cliente y verificaba que lo atendieran bien, le ofrecieran promociones y le cobraran los precios correctos. Me mostré sorprendido y dije que pensaba que los clientes incógnitos eran un mito, como para avivar la conversación. Aunque claro, yo sabía que no era así. Tiró un par de chistes y nos despedimos.
El segundo personaje era una mujer. Estaba en uno de los últimos años de odontología. Vestía como tal y parecía venir de vuelta de la universidad. Me contó que en su familia todos eran dentistas, desde su madre hasta el perro, lo que le había facilitado la elección vocacional. Pero de eso, años más años menos, va mucho tiempo. Escuchábamos September. Yo le dije que esa canción era súper buena y ella me encontró toda la razón. Dijo algo así como: ¿cierto que sí?; y se mató de la risa. Tras echarme un par de miradas aseguró que yo era la viva imagen de alguien más, un personaje de alguna película del que no podía acordarse. No recuerdo muy bien qué talla pensé, pero le terminé diciendo que siempre me encontraban parecido a Francisco Coloane. Ella no sabía cómo era Coloane, pero lo había leído y le gustaba el olor que desprendían sus historias, la sensación que le dejaba, de estar en otra parte, horizontal con la naturaleza y relacionándose con las personas de una manera tan honesta que calentaba el corazón. A pesar de sus gafas enormes pudimos hermanar un par de ideas que compartimos sobre la lectura de Coloane. Le pregunté si me podía dejar cerca de la bencinera y al despedirnos me dijo chau con un hilo de voz que se desvanecía lento al final de la palabra.
Nunca supe cuál era el nombre de estas personas, obviamente. No tiene mucha importancia. De hecho, no tiene ninguna importancia. El valor que ostentan va por otro lado. Por el lado de los gestos y las palabras, de la forma de tomar el manubrio y enfrentar las curvas. Hay un motivo que los vuelve interesantes y que anima el movimiento los días en que el viento apenas se siente.

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