Me
senté en el borde de la ventana y elegí un punto de los montones que se me
ofrecían en el cielo, para mirar, por mucho rato
fijé
la vista, acomodé la espalda de modo que las bisagras no me incomodaran tanto,
junté las manos en mi rodilla y miré
mucho
rato
el
camino de las nubes y las casi imperceptibles tonalidades de azul que se sucedían
en ese punto. Lo observé, lo quise.
Elegí
un punto del cielo y me quedé toda la tarde mirándolo, hasta que me pareció
totalmente ajeno y diferente
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