Ella
me preguntó por qué tenía tantas bolsas en la casa. Le dije que unos días atrás
me visitó x, compramos varias cosas y las tiendas, sobre todo las que atienden
hasta que la noche es tan oscura, te dan muchas bolsas, una dentro de otra y así.
Pero tienes muchas bolsas. Se detuvo un momento. Sintió una rabia tremenda pero
no quiso demostrarla, se ensimismó y agregó, como si el tema importante fuera
ese: ¿acaso no te importa el medioambiente?. Le dije que no me importaba, pues
pensaba que el hombre, generación tras generación era más malo y que lo mejor
era destruir el planeta y acabar con la especie antes de condenar a las
estrellas y cuanta belleza haya más allá de donde la vista alcanza. Me dijo que
estaba mal, que cómo había llegado a estos pensamientos tan horribles. Le di un
sorbo al té y la miré como quien no sabe nada. Ella creía que el hombre era
bueno, intrínsecamente bueno; y que la maldad que pudiera demostrar era
causada, en el total de los casos, por el entorno. Nacemos buenos y nos
volvemos malos, ¿es así? Me miró los dedos sosteniendo la taza. Es así, pero
hasta cierto punto. ¿En qué cambia? En que no todos se vuelven malos, dijo.
Cuando
se fue me acordé de una discusión de hace muchos años a raíz de una película.
No recuerdo qué película fue, pero sí que la vimos en la última función del teatro
y ese día había llovido toda la tarde. Al salir la lluvia se había detenido y
la ciudad estaba empapada, el agua corría por las orillas de la calle y teníamos
que dar saltos para evitar algunas pozas. Claro, para ese tiempo ella aun no
estaba. La discusión fue con x o con y o con z. Una de estas tres personas, la
de la noche de la película, me dijo que yo era una persona mala. Desarrolló al
menos cinco puntos que justificaban su idea, enumerándomelos para que pudiera
entender mejor lo que me intentaba decir. Se justificó de una forma espléndida.
Ofreció ejemplos, algunos muy recientes, y no dejó, en todo el tiempo que duró
su exposición, de mirarme a los ojos. Pensé bastante mi respuesta. Caminamos un
poco más y cuando estuvimos cerca de su casa (ahora lo recuerdo bien, era x) me
atreví a decirle que se equivocaba, no porque fallara en la observación de mi
conducta, sino por la suposición de un absoluto del mal. El hombre, le dije, no
es malo ni bueno, tiene matices. -Mi defensa palidecía-. Claro, me respondió,
pero tú ofreces un tono muy evidente. Negro como esta noche.
Luego
se puso a llover. Luego amaneció y después pasaron muchos años.
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ResponderEliminarMi descerebramiento agradece la fluidez. Me gustó este. Sería interesante si lo ampliaras. Podría ser un inicio de mil cosas.
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