El sábado, pasando mucho
frío mientras cruzaba el puente, alguien dijo que llovería en lo pronto, si no
esa misma noche al día siguiente. Yo lo creí, tanto por lo helado que estaba
como por la necesidad de dejar de dudar o creer más en la gente, tratar de
sacar algo bueno de tanto movimiento. Para darle sentido, puede ser, a un
camino que se empieza a estirar y me cuesta recorrer, tanto por lo que creo que
soy como por lo que creo que es todo lo que me rodea. Hay un punto en que me
cuesta reconocer a un montón de gente y me niego a creer que son una masa de
mugre que se pierde en la uniformidad, me gusta la idea de las historias
personales, de la configuración exquisita de una persona a través de la
recopilación de un pasado tremendo que lleva a un presente único. Más allá de
lo interesante que pueda ser.
El domingo, a la hora de
colación, hablamos sobre posibilidades en el futuro, levemente. 1 dijo que yo
podría ser político, idea que rechacé inmediatamente con el apoyo de 2, que se
dio el tiempo para dejar claro que de yo hacerme político ella me daría la
espalda al primer minuto. En ficción, luego de un par de tallas, acordamos en
que yo no tenía un algo que hacía falta para mover masas, que podía mover
individualmente a los votantes, pero a la hora de domesticar un grupo no tendría
chance alguna. Creí en eso. Varias cosas que dijeron me parecieron adecuadas.
Al final del día -como al
principio o a la mitad- no llovió. Hizo frío, pero parece que todos los días
hace frío en algún momento. Hasta cuando más pega el sol. Parece que el sol
tiene miedo de calentar la vida. Una pena. Así se terminan extinguiendo los
astros y se convierten en una mentira, en ficción.
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