Pasó mucho tiempo antes que pudiera afrontar la redacción de este
texto. Hubo momentos en que me sentí tan incapaz que prefería quemar el
progreso y pegarme en la cabeza con un martillo hasta que se ablandara un poco
y la memoria empezara a fallar, ojala selectivamente. Muchos momentos así.
Otros, los menos, eran de reflexión calmada. No terminaban en el patetismo de
la desnudez pública ni en el deseo infantil de la sangre. Llegaba a
conclusiones basado en una madurez que escasamente poseía, pero aceptaba el
juicio como real y me convencía de que era buena cosa pensar que con el tiempo
las ideas se desarrollarían y, reposadas, serían más fáciles de abordar. No
estoy seguro de si alguna vez me incliné por opción a esto último o fue el
mismo tiempo el que me acorraló y forzó a mantenerme en esa posición. El punto
cierto es que pasaron muchos meses y después años. Fue entonces cuando pude
empezar a escribir sobre ellas.
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