El
cielo tira pinta. No tiene matices. En su uniformidad está la pista para
encontrar lo bueno. Quiero estar ahí. Ser el viento para mecer las copas de los
árboles. Pero sin tanta poesía charcheta. La vista panorámica, la velocidad, la
transparencia. Pero sin tanto drama. La idea sería hacerlo simple. Abrir la
puerta hacia la calle, dejar el bolso en el suelo, sacarse las zapatillas y
volverse una ráfaga. Echar la talla durante el día y volver a la casa cuando
esté oscuro. Pero nunca es simple y está bien. Las distancias gigantes que se
forman entre un continente y otro están para caminarlas.
####
leyó este último párrafo y reconoció su prosa y pensamiento. ¿De cuándo era el
texto? Imposible recordarlo. Tal vez de unos siete u ocho años. No quiso darle
muchas vueltas al asunto. Más que eso le intrigaba la idea de encontrar su
texto en una revista tan al norte. Sin firma, sin identificación. En algún
punto de la existencia, creyó, el texto tomó el control y viajó. La idea se
apoderó de las letras. De las a, de las t, de la z. Y salieron a recorrer. Se
movieron durante años para llegar al punto de inicio –la cabeza de ####- con la
ilusión de que el tiempo y la distancia carecieran de curvas. Y así fue. Mil
kilómetros, un millón de horas después, la cosa era diferente y #### estaba
lejos de ser ####. Le había crecido el pelo, sus brazos estaban más fuertes. El
texto se sintió a gusto.
A
las semanas #### volvió a leerlo y se identificó. Quiso mecer las copas de los árboles,
pero lo único que había, hasta donde alcanzaba la vista, era desierto.
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