domingo, 22 de septiembre de 2013

La reja y el jardín


El cielo tira pinta. No tiene matices. En su uniformidad está la pista para encontrar lo bueno. Quiero estar ahí. Ser el viento para mecer las copas de los árboles. Pero sin tanta poesía charcheta. La vista panorámica, la velocidad, la transparencia. Pero sin tanto drama. La idea sería hacerlo simple. Abrir la puerta hacia la calle, dejar el bolso en el suelo, sacarse las zapatillas y volverse una ráfaga. Echar la talla durante el día y volver a la casa cuando esté oscuro. Pero nunca es simple y está bien. Las distancias gigantes que se forman entre un continente y otro están para caminarlas.

#### leyó este último párrafo y reconoció su prosa y pensamiento. ¿De cuándo era el texto? Imposible recordarlo. Tal vez de unos siete u ocho años. No quiso darle muchas vueltas al asunto. Más que eso le intrigaba la idea de encontrar su texto en una revista tan al norte. Sin firma, sin identificación. En algún punto de la existencia, creyó, el texto tomó el control y viajó. La idea se apoderó de las letras. De las a, de las t, de la z. Y salieron a recorrer. Se movieron durante años para llegar al punto de inicio –la cabeza de ####- con la ilusión de que el tiempo y la distancia carecieran de curvas. Y así fue. Mil kilómetros, un millón de horas después, la cosa era diferente y #### estaba lejos de ser ####. Le había crecido el pelo, sus brazos estaban más fuertes. El texto se sintió a gusto.
A las semanas #### volvió a leerlo y se identificó. Quiso mecer las copas de los árboles, pero lo único que había, hasta donde alcanzaba la vista, era desierto. 

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