Imprimí
las 30 hojas y las dejé sobre el velador. Ahora el sol es débil. Las mañanas
son heladas, las noches terribles. Pero pronto será primavera. Luego verano.
Para entonces espero que todo lo que esté escrito en las páginas se haya
vuelto un montón de manchas repartidas, sin patrón identificable, sobre las
hojas dobladas y desgastadas. Y que las ideas, los personajes, los momentos,
permanezcan sentados en un espacio de mi pensamiento, en espera del día en que
puedan explotar definitivamente. Cuando mis manos no sean más un muñón.
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