Me
fui de viaje al norte. Visité el desierto. No llevé la computadora, ni los cuadernos
de notas, ni la libreta donde, en un enredado mapa, estaba transcrita la historia.
Luego de un par de días empecé a dejar de sentir el dolor y la opresión -que mantuve en el sur- por haber abandonado el texto por completo. Me quedaba en la
piscina toda la tarde, bajaba a la ciudad en la noche y, sin la necesidad de
emborracharme, me perdía por las calles que, centrales, parecían seguras. Allí
te conocí.
Un
año después la novela había progresado un montón, pero había perdido el rumbo.
Me dejé la barba y encontré trabajo. Me compré unas camisas, un teléfono
celular. Contraté un plan que me permitía llamar a casi cualquier compañía
todos los minutos que quisiera, por un precio ridículo. Te llamaba todos los
días y cuando no, lo hacías tú. Hablábamos un par de minutos solamente. Me
describías los colores que se formaban en el desierto cuando la tarde caía, el
frío de la noche y las formas de la arena peleada con el viento. Por momentos
fue agradable.
La retomé a tiempo completo cuando me desligué de todo lo que se relacionara a
tu persona. Las primeras semanas fue complejo, pero luego, lleno de confianza,
empecé a podar, a borrar, a eliminar todo lo que oliera a tan aciago período.
Suprimí de un tirón unas 90 páginas de computador, que era –una vez que lo
pensé- la extensión de mi primera novela. Después unas 20 más. Ahí paré la
mano. La novela agarró ritmo -volví a escribir todos los días- y en un par de
meses la creí terminada. Era una pésima novela.
La
cuarta novela me tomó un año y medio. Nadie la leyó. La quinta tampoco. Escribí
un par de relatos que se editaron en una antología de narradores fracasados.
Después de la presentación del libro me fui a caminar con un par de tipos que
igual participaron, en busca de un bar. La oscuridad de la ciudad me trajo a la memoria
el norte. Pensé en el día en que me preguntaste cuánto me tomó escribir mis
textos. Te dije que en el primer cuento me demoré 4 días. Que la primera novela
13 meses y la segunda año y medio. Te dije que llevo 30 años escribiendo el mismo poema sin terminarlo, pero no escuchaste.
Qué hermoso y directo texto. Alude a mucho con muy poco. Imposible no reflejarse.
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