La
primera carta te la envié doce años después de separarnos. Mi cuerpo temblaba cuando
la dejé en el correo, no tanto porque hiciera frío y mis botas se hubieran
pasado con la lluvia como por la imagen que proyecté, en la que leías la carta
y luego la botabas a la basura. Dos días después se te olvidaba el asunto por
completo. Cualquier aspecto de mi persona había perdido total importancia para
ti, y lo podía entender, me llegaba a causar placer incluso, pero al mismo
tiempo me estremecía. Supongo que es un hito vital desaparecer de la vida de
otro de esa forma.
Imaginé
eso y otros escenarios posibles, algunos más terribles que otros, elaborados e
improbables, hasta el día en que llegó tu respuesta. Fue después de cuatro
meses. Una carta larga en que me contabas algo en parte qué había sido de tu
vida y describías los pequeños gestos que adoptó tu blanco rostro en el momento
en que tomaste el sobre y viste, escritos con caligrafía de demente, mi nombre,
mi apellido. Me desmotivó saber qué había causado tanto gozo en ti. En lo
profundo necesitaba que me asestaras el golpe definitivo que me animara a
arrojarme desde el puente sin remordimientos ni dudas, pero fuiste conciliadora
y abriste el camino para mi respuesta y para todas las cartas que vinieron.
La
mayor parte del tiempo quemaba tus cartas tras leerlas. Después esperaba que
pasara una semana, dos, hasta que había olvidado todo lo que decían, para
escribirte la respuesta. Supongo que hubo un hilo en nuestra correspondencia,
pero, me imagino, fue un hilo lleno de pequeñas imperfecciones que lo tenían al
borde de romperse, uno que visto desde lejos parecía solo una duda, un efecto óptico
que con un poco más de distancia desaparecía. En todo caso nunca me importó
mucho. Tú última carta la quemé igual, junto con algunas camisas que tenía del
tiempo en que estaba trabajando. Me quedé dormido haciéndolo. Cuando desperté,
la casa era leños quemándose, un muro de humo negro subía hasta perderse con las
copas de los pinos y un tipo me daba respiración boca a boca.
No
recuerdo qué decía tu última carta. Recuerdo lo que decía la primera, pero no
estoy seguro si en realidad lo que pienso lo escribiste o es una idea que me he
ido armando por gusto. Quizás todo no fue más que garabatos y manchas de tinta.
Puede que la casa nunca se haya quemado y puede que el tipo del correo,
amarrado a la burocracia que rige este país, aun no envíe la primera carta, la
que, temblando, deposité en un buzón la tarde en que llovió, hubo un viento del
demonio y las botas se rompieron. Me embarré los pies. A los días todavía tenía
mugre en los tobillos. Mugre en las piernas. Mugre en las venas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario