jueves, 14 de febrero de 2013

Sonrisa de animal. Viento tibio. Sonrisa de animal comiendo otro animal.


Nos encontramos de casualidad, caminando un día. Ella me hizo notar cuánto tiempo había pasado desde la última vez que nos habíamos visto. Unos quince meses, también fortuitamente. Nos preguntamos en qué momento, en el pasado, nos juntamos concientemente, concertando un punto de reunión, una propuesta de actividad, una intención. Ninguno tuvo una respuesta clara. Estimamos tres, cuatro años, pero tan solo por trazar un período de tiempo lo suficientemente largo que explicara el olvido de ciertos hechos. Y ahora –le dije- ¿dónde vas?.
En su casa no hacía tanto calor como en la mía. Sus padres estaban triunfando, sus hermanos igual. Los dueños de un almacén ahora tenían una especie de supermercado, los que eran estudiantes se habían vuelto profesionales y se empezaban a multiplicar. Una niña que apenas balbuceaba un par de frases sin sentido trató de alcanzarme con los dedos. Soy yo, le dije, y el hermano me reconoció. Si no me hubieras dicho –dijo- quien eras nunca lo hubiera sabido, estás muy cambiado. Creo que me reí, por cortesía. Le pregunté a ella, cuando estuvimos solos, si pensaba que yo había cambiado. Claro que sí, todo el mundo cambia, es lo normal. Si no cambiaras –remató- la cosa estaría mal. Me preguntó si seguía leyendo, le dije que sí, que estaba leyendo a Goethe. Tengo una edición de Centro Gráfico, horrible. He estado a punto de abandonar la lectura. La lectura de Goethe, no la general. Eso está bien, hay que conservar algunas cosas buenas –acotó-.
Hicimos, al par de días, una lista de cuántos compañeros de generación habían tenido hijos, se habían casado o estaban en vías de. El número sumaba a medida que recuperábamos, con ayuda de anécdotas que funcionaban como cadenas, nombres y rostros. El resultado fue aterrador. Nos quedamos en silencio mirando la lista, un rato, que, iluminada por lo que la sombra no alcanzaba a ocultar, nos pegaba un golpe en las costillas. Al menos ninguno ha muerto aun –me dijo ella-. Bueno, eso no lo sabíamos realmente, pero lo creímos así y nos reímos mientras abandonábamos la alameda.
Me contó qué pasó con W, con X, sus novios. Yo le conté qué pasó con Y. Apenas sabía de Y, me dijo. Me quedé en el tiempo en que salías con Z.
Hablábamos durante largos períodos, cuando el sol se volvía débil. De a poco fui configurando una nueva imagen de su persona, los rasgos novedosos de su personalidad complementaban la imagen que guardé de años atrás. Una imagen que el tiempo amoldó para bien, dejando lo más significativo que, dada la relación que mantuvimos, se reducía, entre otras cosas, a su buen humor y simpatía. Al largo de sus piernas y al tono castaño rojizo de su cabello.
Un día nos acercamos más. Al otro estábamos como si fuéramos uno. Un día no dejamos de mirarnos y luego fuimos a bailar. Yo no bailo, le dije. Esa es la mejor parte, dijo ella.
Un día estuvimos juntos y después no nos vimos más. Estuvimos en silencio, alegres, mirando las cortinas mecidas por la brisa, tratando de recordar por qué nos habíamos distanciado la última vez.

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