Z
quedó embarazada y no me lo dijo. Cuando ya resultaba evidente me anunció que
quizás tendríamos un hijo, ante mi falta de respuesta cambió el tono dubitativo
por uno de afirmación absoluta. Creo que la abracé. Hablamos del tema durante
la tarde, sentados en el sillón de su casa. Cuando su papá llegó nos quedó
mirando, preguntó si pasaba algo y caminó hasta su pieza. Tomamos once.
Contamos unos chistes. Parecíamos alegres y completos esa tarde. En la noche
cada cual reflexionó al respecto en su habitación, atrapado en la oscuridad del
encierro.
Al
par de semanas Z perdió a nuestro hijo, sin alcanzar a contarle a su familia ni
a nadie más. De su círculo cercano, del grupo de personas que tienen una incidencia
considerable en su vida, nadie supo ni sabe nada, solamente yo y, claro, los
que ahora leen esto.
La
vida se volvió en apariencia simple luego de eso. Nos distanciamos
emocionalmente a una velocidad impresionante. Al par de meses terminamos
nuestra relación y empezamos a caminar por veredas diferentes hasta llegar a
una esquina donde ella se fue hacia la derecha y yo a la izquierda. Un par de
veces me di vuelta para ver como se perdía su silueta en la inmensa ciudad, hasta
que no pude distinguir ninguna parte de su cuerpo y seguí caminando. A veces me
imagino como hubiera sido. Quizás hubiera tenido tu pelo, mis ojos. Tu simpatía,
tu alegría, tus ganas de hacer algo. Tal vez hubiéramos sido felices cultivando
una rutina que girara en torno a él. Viéndolo crecer y notando como los años
pasaban en un suspiro.
Hace
dos días te vi, después de tantos años. Ella me dijo que estabas en la ciudad,
pero no le tomé el peso. La ciudad se hizo pequeña o nosotros grandes, era
inevitable que te viera en un momento u otro. Y cuando finalmente pasó me quedé
helado. La fatalidad se apoderó de ti, está en tu cuerpo y envenena todos los
lugares donde te mueves. Un perro murió cuando tus labios tocaron mi mejilla, y
su cadáver está pudriéndose.
Buenísimo.
ResponderEliminar