martes, 19 de junio de 2012

Para qué, le respondí, si ya está claro.


Íbamos en auto. Yo en el asiento de atrás con Marcos. Marcos iba tras Germán, que era el copiloto. Paulina conducía, solo conducía, no hacía nada más, no nos miraba, no se reía de nuestros chistes ni sacaba el brazo por la ventana. Nos llevaba a casa a una buena velocidad, concentrada en su labor, sin mirarnos.
La noche se acababa con los primeros fulgores que asomaban del cielo. A pesar del frío llevábamos una ventana abierta, la que estaba al lado de Germán. Este silbaba una tonada pegajosa que me costó recordar cuando ya habían pasado unos días. De fondo, complementando la canción, solo se podían oír los neumáticos atravesando el campo desierto, saltando a través de los terrenos pedregosos que llevaban a mi casa. Y los grillos, tan intermitentes como atinados. Uno de nosotros contó un chiste, para añadir algo a la historia. Otro se sonrió. Yo miré por la ventana y descubrí unas luces que se asomaban por la colina. Un auto seguía a otro y daban la impresión de ser un solo objeto, una línea delgada de luz que viajaba lentamente por los sinuosos caminos que estaban más allá de los potreros. Le hice una señal a Marcos, que por tratar de rematar un segundo chiste ni siquiera se dio cuenta del movimiento de mi mano, de cómo mi dedo índice apuntó hacia fuera del auto.
Llegamos, dijo Paulina cuando llegamos. Estamos en casa, pueden bajarse, chiquilines. Obedientes nos bajamos y caminamos. Pocas estrellas quedaban. La tierra estaba húmeda y las matas de pasto que alcanzaban a darle un toque menos uniforme al patio dejaban marcas de rocío en nuestras zapatillas, zapatos o chalas, según fuera el caso. Pasen, les dije yo. Dicho y hecho. Sentados cada cual en una parte del salón. Un sillón de tres cuerpo, dos sillones de un cuerpo. Paulina estirada en el más grande. Marcos acomodándose en uno pequeño, tal como Germán, que modificaba su tonada a una que intentaba ser canción de cuna. Le dije que se sentara y durmiera. O que se acostara y se quedara callado. Cualquiera de las cuatro estaría bien, supongo.
Prende la luz, dijo Paulina, que no encuentro mi bolso. Lo dejaste en el auto, dijo Marcos. Prende la luz, repitió Paulina. Para qué, le respondí, si ya está claro.

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