Íbamos
en auto. Yo en el asiento de atrás con Marcos. Marcos iba tras Germán, que era
el copiloto. Paulina conducía, solo conducía, no hacía nada más, no nos miraba,
no se reía de nuestros chistes ni sacaba el brazo por la ventana. Nos llevaba a
casa a una buena velocidad, concentrada en su labor, sin mirarnos.
La
noche se acababa con los primeros fulgores que asomaban del cielo. A pesar del
frío llevábamos una ventana abierta, la que estaba al lado de Germán. Este
silbaba una tonada pegajosa que me costó recordar cuando ya habían pasado unos
días. De fondo, complementando la canción, solo se podían oír los neumáticos
atravesando el campo desierto, saltando a través de los terrenos pedregosos que
llevaban a mi casa. Y los grillos, tan intermitentes como atinados. Uno de
nosotros contó un chiste, para añadir algo a la historia. Otro se sonrió. Yo
miré por la ventana y descubrí unas luces que se asomaban por la colina. Un
auto seguía a otro y daban la impresión de ser un solo objeto, una línea
delgada de luz que viajaba lentamente por los sinuosos caminos que estaban más
allá de los potreros. Le hice una señal a Marcos, que por tratar de rematar un
segundo chiste ni siquiera se dio cuenta del movimiento de mi mano, de cómo mi
dedo índice apuntó hacia fuera del auto.
Llegamos,
dijo Paulina cuando llegamos. Estamos en casa, pueden bajarse, chiquilines. Obedientes
nos bajamos y caminamos. Pocas estrellas quedaban. La tierra estaba húmeda y
las matas de pasto que alcanzaban a darle un toque menos uniforme al patio
dejaban marcas de rocío en nuestras zapatillas, zapatos o chalas, según fuera
el caso. Pasen, les dije yo. Dicho y hecho. Sentados cada cual en una parte del
salón. Un sillón de tres cuerpo, dos sillones de un cuerpo. Paulina estirada
en el más grande. Marcos acomodándose en uno pequeño, tal como Germán, que
modificaba su tonada a una que intentaba ser canción de cuna. Le dije que se
sentara y durmiera. O que se acostara y se quedara callado. Cualquiera de las
cuatro estaría bien, supongo.
Prende
la luz, dijo Paulina, que no encuentro mi bolso. Lo dejaste en el auto, dijo
Marcos. Prende la luz, repitió Paulina. Para qué, le respondí, si ya está
claro.
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