A
veces me dispongo a hacer algo. Hago planes. Pienso que puedo salir a caminar y
tomar algunas fotos con mi celular, sobretodo cuando voy de la universidad a la
casa. Pues la gente que pasa junto a mi, más allá, dentro de las micros mirando
por la ventana, acomodándose los audífonos, parece sacada de una película vieja
y con harta carga emocional. Sacada de una película que inesperadamente me
llega al corazón. Lo que me genera un deseo subterráneo irrefrenable que solo
podría satisfacer tomándoles una foto con mi celular, porque mi cámara se echó
a perder cuando fuimos a Villarrica. Y mi celular viejo, su cámara charrita, le
da un toque ideal a la situación. Como si mis problemas de vista quedarán
impresos en la representación digital que termina pariendo mi celular cuando lo
conecto al computador y paso las fotos a la carpeta Concepción. Eso, supongo, es hacer algo. A veces lo hago y otras
veces me ánimo a hacerlo. Animado me pongo un abrigo y salgo de la casa,
dispuesto a retratar lo que va quedando del mundo. Pero entonces el viento
comienza a correr a cien kilómetros por hora, la lluvia azota y los techos de
zinc, como las moscas, vuelan sobre mi cabeza.
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