—Una
vez, en Azcapotzalco, en un garito dedicado al asunto, hicieron un reventón de
mamadas y había una ruca de por ahí que
las ganaba todas. No había ninguna pulga que pudiera tragarse enteras las
vergas que la ruca aquella se tragaba. Entonces Alberto se levantó de la mesa
en donde estábamos y dijo espérenme un momentito, que voy a solucionar un
negocio. Los que estaban en nuestra mesa le dijeron ya rugiste, Alberto, se ve que lo conocían. Yo mentalmente
supe que la pobre ruca ya estaba
derrotada. Alberto se plantó en medio de la pista, se sacó el vergajo, lo puso
en acción con un par de golpecitos y se lo metió en la boca a la campeona. Ésta
era dura de verdad y le hizo el esfuerzo. Poquito a poco empezó a tragarse la
verga entre las exclamaciones de asombro. Entonces Alberto la cogió de las
orejas y se la metió entera. Para luego es tarde, dijo y todos se rieron. Hasta
yo me reí aunque la verdad es que también sentía algo de vergüenza y algo de
celos. En los primeros segundos la ruca pareció
que aguantaba, pero luego se atragantó y empezó a ahogarse...
—Carajo,
qué bestia es tu Alberto —dije.
—Pero
sigue contando, ¿qué pasó? —dijo María.
—Pues
nada. La ruca empezó a golpear a Alberto, a intentar separarse de él, y Alberto
empezó a reírse y a decirle so, yegua, so, yegua, como si estuviera montando
una yegua brava, ¿me entiendes, no?
—Claro,
como si estuviera en un rodeo —dije.
—A
mí eso no me gustó nada y le grité
déjala, Alberto, que la vas a desgraciar. Pero yo creo que él ni me oyó.
Mientras tanto la cara de la ruca cada vez estaba más congestionada, roja, con
los ojos muy abiertos (cuando hacía los guagüis los cerraba) y empujaba a
Alberto por las ingles, lo tironeaba desde los bolsillos hasta el cinturón,
digamos. Inútilmente, claro, porque a cada tirón que ella daba para separarse
Alberto le daba otro de las orejas para
impedírselo. Y él llevaba todas las de ganar, eso se veía enseguida.
—¿Y
por qué no le mordió el aparato? —dijo María.
—Porque
era un reventón de amigos. Si lo llega a hacer, Alberto la hubiera matado.
—Tú
estás loca, Lupe —dijo María.
—Tú
también, todas estamos locas, ¿no?
María
y Lupe se rieron. Yo quise saber el final de la historia.
—No
pasó nada —dijo Lupe—. La vieja no pudo más y se puso a vomitar.
—¿Y
Alberto?
—Él
se retiró un poco antes, ¿no? Se dio cuenta de lo que venía y no quiso que le
manchara los pantalones. Así que dio un salto como de tigre, pero para atrás, y
no le cayó encima ni una gotita. La gente del reventón lo aplaudió a rabiar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario