miércoles, 23 de mayo de 2012

Roberto Bolaño


—Una vez, en Azcapotzalco, en un garito dedicado al asunto, hicieron un reventón de mamadas y había una ruca  de por ahí que las ganaba todas. No había ninguna pulga que pudiera tragarse enteras las vergas que la ruca aquella se tragaba. Entonces Alberto se levantó de la mesa en donde estábamos y dijo espérenme un momentito, que voy a solucionar un negocio. Los que estaban en nuestra mesa le dijeron ya rugiste,  Alberto, se ve que lo conocían. Yo mentalmente supe que  la pobre ruca ya estaba derrotada. Alberto se plantó en medio de la pista, se sacó el vergajo, lo puso en acción con un par de golpecitos y se lo metió en la boca a la campeona. Ésta era dura de verdad y le hizo el esfuerzo. Poquito a poco empezó a tragarse la verga entre las exclamaciones de asombro. Entonces Alberto la cogió de las orejas y se la metió entera. Para luego es tarde, dijo y todos se rieron. Hasta yo me reí aunque la verdad es que también sentía algo de vergüenza y algo de celos.  En los primeros segundos la ruca pareció que aguantaba, pero luego se atragantó y empezó a ahogarse...
—Carajo, qué bestia es tu Alberto —dije.
—Pero sigue contando, ¿qué pasó? —dijo María.
—Pues nada. La ruca empezó a golpear a Alberto, a intentar separarse de él, y Alberto empezó a reírse y a decirle so, yegua, so, yegua, como si estuviera montando una yegua brava, ¿me entiendes, no?
—Claro, como si estuviera en un rodeo —dije.
—A mí eso no me gustó nada y le  grité déjala, Alberto, que la vas a desgraciar. Pero yo creo que él ni me oyó. Mientras tanto la cara de la ruca cada vez estaba más congestionada, roja, con los ojos muy abiertos (cuando hacía los guagüis los cerraba) y empujaba a Alberto por las ingles, lo tironeaba desde los bolsillos hasta el cinturón, digamos. Inútilmente, claro, porque a cada tirón que ella daba para separarse Alberto le daba otro  de las orejas para impedírselo. Y él llevaba todas las de ganar, eso se veía enseguida.
—¿Y por qué no le mordió el aparato? —dijo María.
—Porque era un reventón de amigos. Si lo llega a hacer, Alberto la hubiera matado.
—Tú estás loca, Lupe —dijo María.
—Tú también, todas estamos locas, ¿no?
María y Lupe se rieron. Yo quise saber el final de la historia.
—No pasó nada —dijo Lupe—. La vieja no pudo más y se puso a vomitar.
—¿Y Alberto?
—Él se retiró un poco antes, ¿no? Se dio cuenta de lo que venía y no quiso que le manchara los pantalones. Así que dio un salto como de tigre, pero para atrás, y no le cayó encima ni una gotita. La gente del reventón lo aplaudió a rabiar.

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