miércoles, 21 de septiembre de 2011

Digüeñes

Había leído un cuento de Kafka esa mañana, una frase de este le rondó por entre los pensamientos intermitentemente toda esa tarde, hasta que se durmió y, entre sueños, la olvidó.
Trabajó toda la tarde. El otoño se empezaba a confundir con el verano. Había llovido y el frío era, algunos días, intratable. Se dedicó a cortar leña para tener la cabaña temperada durante la noche. Para que su mujer no sufriera tanto. Ella decía que cuando hacía mucho frío le dolían los huesos. Se quedaba todo el día en cama, con el cuerpo inmóvil, tratando de encontrar el sueño para no tener que sufrir esos dolores que tanto la perseguían. Así que el viejo tomó el hacha y salió a dar vueltas por las praderas, buscando leños secos.
Recordó esa frase. La había leído en la mañana. Uno de sus hijos lo había venido a ver esos días y, de casualidad, había olvidado un tomo de las obras completas de Kafka. El viejo lo comenzó a hojear. Tenía muchas anotaciones, papeles en medio. La letra de su hijo, tal como lo era la suya, era totalmente incomprensible. Pasajes subrayados. Hojas sucias de tanto manosearlas. Y un cuento, uno corto. El viejo lo leyó y se sintió tremendamente feliz.
La madera estaba seca. Como todos los veranos llegaba el momento de juntar leña para el invierno. Este, eso sí, había dilatado la fecha. Las razones eran varias, era una libertad que se daba un viejo que había pasado tantos años viviendo entre las faldas de la cordillera. Caminó varios kilómetros sin muy buenos resultados. Miró como la suela de su bota dejaba una marca en la tierra húmeda, volvió la vista y una seguidilla de huellas se perdía tras de sí, luego el prado aparecía hermoso y en constante movimiento, borrando cualquier posibilidad de registro.
Tocó el tronco de un árbol. Vio sus manos con ciertas marcas de tierra y las ínfimas partes de la corteza que se le habían adherido. Tomó el hacha y comenzó a pegarle a las ramas más grandes de este. Era un tronco grande que tenía brazos por doquier, un roble que alguna primavera atrás le había proveído de digüeñes, los cuales su mujer preparaba como ensalada la mayor parte de las veces. Estimó que, por el tamaño de este, podría conseguir suficiente leña, pero tardaría gran parte del día, tal vez hasta que empezara a atardecer.
A mitad de la faena se sentó un rato. Los músculos ya no le respondían como antes. Sacó un pedazo de pan que traía guardado entre las ropas y lo mordió con ganas. Sus manos sucias dejaron el pan marcado con mugre. Mordió otra vez. El sudor de su rostro se mezcló con la tierra. Miró al cielo con la idea de una lluvia cercana, pero solo alivio sintió su corazón en ese momento. Los frágiles rayos de sol se metían forzosamente entre las copas de los árboles como si buscaran al viejo.
Por la tarde, silbando una tonada antigua, caminó a su cabaña. Su mujer estaba dormida. Estaba helando. Dejó los leños en la bodega, ya tendría tiempo más tarde para ordenarlos. Arrugó unos diarios y prendió fuego. Lo avivó con unas astillas que habían quedado de otras temporadas. Su mujer sintió el sonido del fuego que empieza a vivir, de las chispas que saltan, por decirlo de alguna forma, bien prendidas. Se levantó y se quedó al lado del fuego mirándolo, dejando que el calor se metiera por entre la ropa vieja y sucia, expectante de las los colores que se manifestaban en su falda cuando el fuego crecía. Le echó unos palos que encontró junto a la cabaña.
El viejo, en la bodega, tomó un par de palos, hizo una pila y los llevó dentro de la casa, los dejó junto a la chimenea. Ella puso la tetera junto al fuego hasta que el agua hirvió, tomaron un té y después se fueron a dormir.

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