El mismo día que empecé a conocer a Lucía también me enteré que mi tía estaba participando en un programa de radio. También pasaron otras cosas, pero ninguna es tan importante como las dos primeras.
Yo iba caminando por alguna calle que todavía no pavimentaban, o que tal vez ni siquiera estaba en los planes del alcalde, o del sujeto encargado de la mantención de las calles, pavimentar. La tierra, entonces, junto a las piedras, se había transformado en una masa lodosa debido a la intensa lluvia de los días anteriores, y en medio, intermitentes pozas de agua café. Como andaba con botas no sentía ni el agua ni el barro en los calcetines. Pero el barro y el agua dejaban su huella en las botas negras que de seguro, una vez en mi destino, tendría que limpiar. Tendría que mojar un trapito viejo y pasarlo por donde estuviera sucio.
Así, varias cuadras de tormentosos caminos. Una que otra gota caía de las nubes que grises amenazaban con mojar todo otra vez. Con alegrar a los árboles y enfadar a los perros vagos que no encontrarían más refugio que una que otra banca de la plaza, la cual a fin de cuentas no aguantaría el chaparrón. Vaya, pensé. Y caminé. Y mientras caminaba escuché el auto que se acercaba a buena velocidad, pero que a medida que estaba cerca más se ralentizaba. Ya junto a mi casi se detuvo.
Estando delante mío se detuvo. De la ventana salió una cabeza que me pareció familiar. Los lentes que traía esa cabeza no eran familiares. El pelo tal vez, el peinado no. La cara era familiar, pero no tanto como para distorsionar el ritmo de mi corazón. Me preguntó si yo era ####. ¿Eres ####?, me preguntó. Y yo le dije que sí. Al decirlo reconocí quien era. El sí hizo todo más claro, como si fuera magia, como si existiera la magia en este perdido pueblo que da la apariencia de arcaico, pero que carga con los males más comunes del mundo. Era Lucía. Hacía meses que no la veía. Tal vez un año o más, no lo sabía. Ya hacía buen tiempo había dejado de tomar la cuenta de los días y semanas que pasaban, para evitar la depresión.
Me subí. No quise ser cortés y decirle mira mujer, ando con botas y te voy a embarrar el auto. Pues pensaba que en cualquier minuto se ponía a llover, y qué mejor que un techo para evitar la humedad, más cuando me faltaban tantas cuadras para llegar a mi destino.
Nos dimos los golpes correspondientes. Cómo estábamos. Qué habíamos hecho. Has sabido de x e y, de z, de r. En fin. Pasamos de las preguntas de reconocimiento rápidamente, aprovechando el tiempo, para ver si sacábamos algo bueno del casual encuentro. Comenzamos a comentar ideas que si bien no tenían mayor fin que el de gastar un poco de saliva y evitar que mirara como el barro de mis botas afeaba su bonito auto, se volvían agradables a medida que progresábamos en ellas.
¿Eres de acá?, le pregunté. ¿Eres de pueblo Paleta? Habíamos sido compañeros de universidad durante cinco años y hasta donde yo sabía ella no era coterránea mía. Aún cuando durante todo ese tiempo nunca habíamos hablado lo suficiente como para conocernos siquiera de manera ínfima, uno, de tanta lesera que habla con tanta gente en todo ese tiempo termina sabiendo si alguno de los compañeros es del mismo pueblo. Y hasta donde yo sabía, repito, ella no era de pueblo Paleta. ¿Qué hacía conduciendo por las horribles calles sin pavimentar?
No, claro que no. No era de pueblo Paleta. Era de ciudad Verde, pero andaba visitando a una tía. Justamente el auto era de esa tía, por lo que no le preocupaba que yo embarrara el lindo tapizado de los asientos, me dijo mientras me sonrojaba de pura vergüenza. Aprovechaba, prosiguió, las vacaciones que se tomó en el trabajo, para conocer lugares nuevos. Nunca había estado por aquí y le pareció, tuvo la idea, que sería un bonito lugar para visitar en invierno, idea que basaba en imágenes alguna vez vistas en fotografías, en historias familiares y claro, en toda la mística que tiene el pueblo por la serie de televisión.
Me preguntó si había conseguido trabajo. No, le respondí seco. Luego de unos segundos pensé en contarle también que con suerte había leído la sección de avisos clasificados del diario local una vez desde que recibí el título, pero al final concluí que era mejor dejar hasta ahí no más el tema. Seguimos la conversación por otros caminos. Le pregunté si había conocido las cosas lindas del pueblo, imaginando que el pueblo tuviera cosas lindas a ojos de otras personas. Respondió que no. Le pregunté si había ido a visitar el volcán. Dijo que no. Es lindo, le dije. Está a unos setenta kilómetros de acá. Es lo mejor que tiene este pueblito, le dije tras pensarlo un buen rato.
Llegamos a la casa de mi papá. Al final no había llovido. De hecho en todo el día no llovió. En la noche sí, pero para entonces ya estaba en casa, sin posibilidad de que el tiempo inclemente me achaque sus penas. Lucía me propuso que nos viéramos al día siguiente, y le dije que sí, sin entender por qué quería volver a verme. Mi papá me dijo que la trabajara, que usara mi encanto natural para engatusarla y así, algún día, me consiguiera trabajo. Ahí me empecé a dar cuenta que, tal vez, mi papá todavía creía que yo algún día iba a ejercer, idea tan errada como la de que yo tengo encantos naturales. Nos reímos un buen rato. Mi madre apareció, pero no le conté nada. Le hice unos gestos a mi padre para que guardara silencio igual. Ella era más sensible y pensaba que si seguía con mi idea de vida terminaría caminando por el centro con una escopeta al hombro, dispuesto a dispararle al que me pusiera mala cara. También pensaba que mi única posibilidad de sobrevivir, no en la cárcel, era trabajando.
Tomamos once y en eso llegó mi tía. Contó algunas historias de sus mascotas. Nos reímos, pero no tanto. Entonces le preguntó a mi mamá si se sabía algún chiste nuevo. Mi madre le dijo que no. Le preguntó a mi papá y él le respondió igual. Me preguntó si acaso me sabía algún chiste nuevo, y yo le respondí que no tenía idea de que se estaban creando chistes nuevos. Lo que, a fin de cuentas, es un chiste. Pero nadie se rió. Entonces conversó con mis padres de tal forma que al par de minutos comprendí que mi tía estaba en un programa de radio de la tercera edad.
La idea era tremenda. Se juntaban cinco mujeres de alta edad y conversaban sobre la contingencia nacional, sobre asuntos domésticos y sobre la teleserie. Todo en uno. Cada una tenía alguna característica especial. Una era la crítica, la que veía todo mal. Otra era la fanática religiosa. Otra la juvenil, la que estaba al tanto de las modas y tendencias. Otra empezaba a padecer de alzheimer (y altos directivos de la emisora cuestionaban su continuidad, tanto en el programa como en la vida) Y otra, mi tía, era la que contaba chistes.
En cierta parte del programa la anciana juvenil sacaba su frase maestra: Ya pue Irmita, cuéntese un chiste. Y en ese momento mi tía tenía que contar un chiste. De primeras todo iba bien, muchas risas y el agrado de la audiencia, pero el hecho de estar en un programa que se transmite tres veces a la semana, durante tantas semanas, le empezó a pasar la cuenta y tuvo que buscar chistes nuevos, pues los que conocía ya los había contado todos. Su búsqueda era a través de libros de chistes, condoritos y personas. Personas como mi papá o mi mamá. Pero cuando uno frecuenta los mismos círculos durante tantos años, los chistes se mantienen dentro de ese círculo, y siempre son los mismos chistes, así que por eso mi tía, cuando buscaba material, preguntaba si acaso habíamos aprendido algún chiste nuevo.
Había estado gastando sus fuentes a tal punto que en los últimos programas había tenido que inventar sus propios chistes. Nos contó uno. Se trataba de un perro que se encontraba con otro perro, con una perra en realidad, su novia, y se empezaban a besar. Luego, en medio de esa animal demostración de amor, el macho empezaba a alejarse, a lo que la hembra, asustada, respondía con la pregunta: ¿qué pasa?, ¿por qué te alejas? (más un par de onomatopeyas caninas) No soy yo, respondía el can, ¡son las pulgas!
Mi mamá se rió, levemente. Mi padre hizo un gesto con la boca que puede ser interpretado como una sonrisa. Yo me quedé impactado y durante mucho rato pensé que era el peor chiste que había escuchado en toda mi vida. O tal vez el más incomprensible chiste que había escuchado en toda mi vida. Se lo conté al día siguiente a Lucía, y ella se rió. Pero su risa era debido a que conocía la historia que antecedía a ese chiste, que era harto más cómica. Y todas las historias, en cierta forma, son un chiste al final de cuentas. O dan risa al menos.
Su tía le había prestado el auto nuevamente. Las manchas de barro permanecían donde nacieron, pero más secas. Ahora yo andaba con bototos, y me había limpiado los pies antes de subir. Conversamos un rato mientras nos dirigíamos al centro del pueblo. Ella quería ver la estatua famosa que hay acá, y bueno, dijo, ya en el centro podemos pensar donde ir. Tenemos el auto, tenemos algo de bencina, algo podremos hacer.
Nos sentamos en una banca que aparentaba estar más seca que las otras. Menos húmeda quizá. Ambos andábamos con parka. Hacía bastante frío, pero eso indicaba, según dicen los viejos, que ese día no iba a llover. Ella había visto la estatua antes, pero en fotos o películas. En la serie incluso la mostraban algunas veces. Tenía de ella una idea que la hacía parecer bella, y verla, bajo el cielo blanco y con la carga emocional que tenía, la defraudó mucho. Todo el mundo está feo, Lucía. Divagamos un rato sobre el tema. Ella estaba en un proceso donde muchas personas la habían decepcionado y, en consecuencia, el mundo era a sus ojos un lugar asqueroso. Cuales son las partes lindas, preguntó.
Le conté sobre mi situación, el por qué no estaba trabajando. Nos subimos al auto y permanecimos inmóviles mucho rato. Igual esperaba, dijo, tener algún momento agradable acá. Le pregunté si yo tenía algo que ver con esa idea. Obvio que sí, me dijo. Me explicó que yo era alguien tan ajeno a ella que no podía hacerle más que bien. Que la mejor etapa de dos personas es aquella en que se están conociendo más superficialmente. Es una apuesta arriesgada, le dije. Sí, me dijo ella. Sentí como si me pusiera una mochila llena de enciclopedias enormes que nunca iba siquiera a revisar. Suspiré.
Arranca el auto, le dije. Vamos al volcán. Empezamos a pistear por la carretera. Puse la radio y sintonicé el programa de mi tía. Tras escuchar como la fanática religiosa trataba de hacer entender a la que comenzaba a padecer de alzheimer algo que, según ella, nunca le habían dicho, la juvenil soltó la frase de oro. Lucía me miró, cómplice. Me rasqué la cabeza y mi tía contó un chiste aún más malo que el del día anterior. Tras unos segundos de silencio incómodo pusieron en el estudio de radio unas risas grabadas. Cosa que no escuchamos, pues habíamos reventado de risa apenas mi tía había rematado el chiste.
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