viernes, 16 de diciembre de 2011

Suave adicción

A Stephanie la conocí cuando ya nadie la llamaba así. Yo sabía quien era, la había visto montones de veces en los noticieros y programas de espectáculos, además de un par en youtube. También la había oído más veces de las que me gustaría asumir, en muchos lados, porque para entonces todos, así como dejaron de llamarla por su nombre, juzgaban su música como novedosa y espectacular. Si bien gustaba de algunas de sus canciones nunca me pude, ni ahora menos, declarar fanático de su música. Ni siquiera admirador, no así de su obra, que era algo mucho más complejo de lo que aparentaba y en realidad, en todo el mundo, pocos pudieron entender a cabalidad hasta hace apenas unos días.

Mi novia de seis años, Amanda Löw, compró un pasaje de ida a Londres un par de días después que nuestra relación terminó. La imaginé entonces llorando mientras sobrevolaba el atlántico, mirando por la ventanilla del avión la inmensa bastedad del océano. La uniformidad de las olas grises que parecen no dirigirse a ninguna parte. Luego se dormía y despertaba cuando se anunciaba por los parlantes que el arribo era casi inminente. Yo lloraba también, la extrañaba. Así durante un par de meses.

Tres años después de ese viaje me llamó. Yo estaba en un hotel en Buenos Aires, llevaba tres días ahí fotografiando unas protestas que encabezaban los sectores más marginales de la república hermana (respaldados en silencio por la extrema izquierda trasandina). Parecía cercana una revolución popular y me enviaron apenas pudieron, argumentando que después posiblemente bloquearían las fronteras e impedirían trabajar a los periodistas libremente. Entre comillas. La calle sudaba, las huellas del agitado día anterior se empezaban a sentir en la gente, en el ánimo de las personas. Hacía calor y no quería salir a trabajar. Revisé en el computador las fotos sacadas y estaban horribles. Con suerte podría enviar un par a Santiago, de las cuales me terminaría más temprano que tarde avergonzando hasta el rubor. Miré por la ventana. Ya se había perdido la vergüenza en el mundo. Si a alguien le quedaba era a los que votaron por tal o cual régimen, gobierno, lo que sea, quienes además de sentirse estafados pensaban en las señales e indicios que tuvieron de lo que iba a pasar. Claro, todo es obvio cuando uno conoce el resultado final. Cuando se analiza algo completo. Me gustaría decir que era solo así en América, pero mentiría mucho si lo hiciera. Entonces sonó el teléfono de la habitación y una voz me dijo que tenía una llamada, que esperara en línea.

Saludé, pregunté quien es, aún cuando había reconocido ciertos rasgos de la voz de Amanda que eran únicos. Para mí. Es Amanda Löw, me dijo. Guardamos silencio un momento y comenzamos a hablar. Estaba en Turquía. Dijo que me había conseguido un trabajo. Le habían encargado conseguir un fotógrafo americano y pensó, casi de inmediato, en mí. Había seguido mi trabajo por Internet, había comprado mis libros en librerías electrónicas (lo que me pareció tremendo, pues mi obra, en cierto sentido, estaba en todo el mundo), había visto revistas que le llevaban amigos chilenos, en las cuales yo trabajaba. En consecuencia conocía bien mi obra, y se encargó de que otros la conocieran, y así siguió la cadena hasta que llegó a Stephanie, quien le encomendó mi contacto.

Toma el primer avión que puedas a Sidney. Le dije que estaba trabajando, que tenía que cubrir lo que pasaba en Argentina, etcétera. Me respondió que no era de importancia. Le dije que no acostumbraba a fotografiar celebridades. Me respondió que este trabajo iba más allá de eso. Le dije que no tenía dinero para viajar, por el momento. Me respondió a gritos, me exigió que dejara de mentir y tomara el primer puto avión. Te espero en el aeropuerto, dijo y colgó.

Hasta donde sabía la sequía en Australia había derivado, hacía semanas, en un racionamiento del agua que produjo una fuerte revuelta popular. Consecuencia: plazas quemadas, edificios pintados con mensajes subversivos, políticos huyendo del país, caos total. Mientras volaba me pregunté en qué estado se encontraría el aeropuerto. La ciudad en general. La información que uno conseguía a través de los informativos era bien superficial, según noté después. Definir el estado del mundo como caótico era poco. Mi jefe dijo que aprovechara de sacar fotos y escribir una nota sobre la sequía y sus consecuencias, debía enviarla tan pronto como fuera posible si quería mantener el empleo.

Amanda me esperaba junto a unos ventanales rotos, para sofocar un poco el calor que se acumulaba en el recinto. Sin el aire acondicionado funcionando y con el mínimo de empleados era todo un reto manejarse en ese lugar. De igual forma la encontré. No pude evitar mostrarme sorprendido al ver su rostro. Parecía como si hubieran pasado quince o cincuenta años. Se veía cansada, vieja, casi cercana a la muerte. Y no tenía más edad de la que yo, que no parecía un lolo, pero me conservaba, según decían, bien. Ella no. No supe entonces qué le había pasado en ese tiempo que estaba tan desgastada. Llegué ayer, me dijo, esto es horrible. No hay lugar en el mundo que sea diferente, le dije. Nos abrazamos y caminamos a los estacionamientos.

Puede que sí, me dijo ella. Las montañas, el campo, lugares así. Con cascadas, prado, tierra para cultivar. Lugares para vivir, más tranquilamente. En Chile, por ejemplo, abundan sitios así. Especialmente en el sur.

Eso es una fantasía, le dije.

Conducimos por una carretera despejada. Tomé cuatro fotos. En la primera se apreciaba la aridez hasta el horizonte, y la carretera perdiéndose tras nosotros. En la segunda salía Amanda y su perfil de vieja que intentaba ocultar tras las gafas, conduciendo, con el sol pegando fuerte en el manubrio. Sus dedos tiesos lo sujetaban y se perdían entre los haces de luz. En la tercera aparecía el aeropuerto, medio en pie medio caído. En la cuarta la ciudad, el auto estacionado y la gente que se agrupaba en las esquinas, unos pidiendo dinero, otros conversando, todos parecían desinteresados.

Le pregunté cómo había conocido a Stephanie. Contó una historia confusa y llena de mentiras. Dejaba entrever que habían tenido una relación en algún momento, una relación corta, pero intensa. Esa fue la primera vez que escuché a alguien referirse a ella como Stephanie. ¿Qué trabajo tengo que hacer? Ella te lo dirá entonces.

Antes de viajar, mi última noche en el hotel de Buenos Aires, me puse a buscar información de Stephanie en Internet. Tenía seis discos, todos éxitos de venta, salvo el primero, que no tuvo mucha acogida por parte del público en un principio, pero pasados los años se volvió un éxito. Vi algunos de sus videos en youtube, todos tenían millones de visitas. Bajé su último disco por mediafire. Lo guardé en el mp3 y salí a caminar mientras lo escuchaba. Reconocí algunas canciones. Las otras no. Caminé varias cuadras hasta llegar a una plazuela que parecía un desierto, donde me senté en un banco y dejé que los niños correteándose fueran el videoclip de los temas que restaban por escuchar.

Le dije a Amanda: Leí que ella estaba medio desaparecida. O recluida, algo así. De hecho, Stephanie había sacado su último disco hacía casi un año y durante todo ese tiempo no había ofrecido ninguna presentación en vivo. Según la crítica objetiva, si es que existe, era uno de sus mejores discos a la fecha. Según la crítica subjetiva negativa era un disco regular con ciertos puntos altos que el tiempo y el paso de ciertas modas fulminarían. Según la crítica subjetiva positiva era un disco que quedaría como uno de los puntos más altos de la historia del pop. ¿Y según tú?, me preguntó. Es un disco, respondí, perturbadoramente bueno.

Claro, dijo ella. No ha tocado en vivo y era poca gente la que sabía en qué estaba realmente. Ha habido mucha especulación, imagínate. Rumores, mentiras. Bueno. Yo la conocí así, mientras la tenían recluida. De repente, prosiguió, hubiera preferido no haberla conocido nunca. Las otras veces me siento alegre por haber estado con ella.

Entramos en un edificio enorme. Stephanie estaba en una habitación del piso once, mirando un

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