Hace
unos años sacamos una revista de literatura. Nos quedamos con la opción de
quemar las copias que sacamos –no más de diez- en vez de venderlas o
abandonarlas en alguna parte de la universidad. Tiramos las cenizas sobre el
campus un día de viento. Míseras cenizas, volaron sobre los infelices que
caminaban por el lugar y se posaron sobre los menos afortunados, quienes ni
cuenta se dieron pues, en la inmensidad de sus pensamientos no hacía lugar una
mugrosa revista literaria. Menos quemada. Por ahí iba la poesía que tratábamos
de realizar. Para entonces era una buena idea. Hoy nos avergüenza, es algo de
lo que no se habla mucho y que, dado el caso que el tema surgiera, termina
reducido a una cuestión de edad. Por supuesto, en ese tiempo, habíamos
terminado de leer Los detectives salvajes hacía poco. Todos nosotros.
Siento
un poco de pena y dolor. Hoy llovió un poco y me mojé. Hace años que no tengo
un paraguas. No me importó mucho, como tampoco lo hizo ver el cielo y quedarse
con la impresión irreemplazable de que toda la semana llovería. Me molestó
caminar y que no hubiera nadie, respirar y que las personas se hayan sacudido
las cenizas para siempre, en un acto que no tuvo ninguna importancia para
nadie. En un mundo donde todo corre a la destrucción.
No hay comentarios:
Publicar un comentario