sábado, 29 de diciembre de 2012

Agamenón


Unas veces pienso que no puedo enfrentar a la muerte y otras que sí, porque veo las plumas y el pecho reventado de un pájaro en la calle, los autos que le hacen el quite o lo terminan de aplastar, y pienso mientras no dejo de apartar la mirada en composiciones melosas de piano. Después en música de ascensor. Ya de vuelta, con los restos del ave en la distancia, me hago la idea de que es una forma tan lejana de la muerte y tan blanda que me da pena evaluar la clase de pensamientos que están guiando mi conducta últimamente.
No nos hemos vuelto a ver, ni lo haremos en el futuro. Considerar la idea, el absoluto y la certeza de este, es desgarrador. Apenas me da para terminar el cuento, aun cuando lo tengo todo planeado, cada imagen, cada movimiento y rasgo de cada personaje. Se me acobardan los dedos y supongo que todo está en la cabeza, no bastaría más que estrellarla contra un muro de mi pieza para darle algo más de pinta, y de paso dormir un rato. Prefiero no soñar. Sobre las aventuras en terrenos llenos de árboles prefiero un cuadro negro, la seguridad de que estoy suspendido en un espacio completamente vacío de estímulos. Y así también yo por dentro.
Fue una pena que todo se supiera.
Es una lástima nuestra posición actual, expectantes de ese minuto en que un solo movimiento desate los nudos que mantuvimos amarrados, a punta de mentiras, durante años. Tengo un miedo terrible. No podré mantener los ojos abiertos cuando ocurra.

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