Unas
veces pienso que no puedo enfrentar a la muerte y otras que sí, porque veo las
plumas y el pecho reventado de un pájaro en la calle, los autos que le hacen el
quite o lo terminan de aplastar, y pienso mientras no dejo de apartar la mirada
en composiciones melosas de piano. Después en música de ascensor. Ya de vuelta,
con los restos del ave en la distancia, me hago la idea de que es una forma tan lejana de
la muerte y tan blanda que me da pena evaluar la clase de pensamientos que están
guiando mi conducta últimamente.
No
nos hemos vuelto a ver, ni lo haremos en el futuro. Considerar la idea, el
absoluto y la certeza de este, es desgarrador. Apenas me da para terminar el
cuento, aun cuando lo tengo todo planeado, cada imagen, cada movimiento y
rasgo de cada personaje. Se me acobardan los dedos y supongo que todo está en
la cabeza, no bastaría más que estrellarla contra un muro de mi pieza para
darle algo más de pinta, y de paso dormir un rato. Prefiero no soñar. Sobre las
aventuras en terrenos llenos de árboles prefiero un cuadro negro, la seguridad
de que estoy suspendido en un espacio completamente vacío de estímulos. Y así
también yo por dentro.
Fue
una pena que todo se supiera.
Es
una lástima nuestra posición actual, expectantes de ese minuto en que un solo
movimiento desate los nudos que mantuvimos amarrados, a punta de mentiras,
durante años. Tengo un miedo terrible. No podré mantener los ojos abiertos
cuando ocurra.
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